Carta abierta a César Jáuregui Moreno

Una reflexión personal/Luis Villegas
luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

Querido César:

No sabes cómo lamento no poder acompañarte en este lance y limitarme a ser testigo; pero ya ves, de nuevo, me hallo en una de esas encrucijadas en las que —yo digo— la vida me pone; y tú, con tu pragmatismo implacable, dirás que no, que me meto yo solito.

Pensé mucho en a quién dirigirle esta misiva y, en honor a la verdad, tendría que habérsela escrito a Angélica. Con toda seguridad tú no lo sabes: pero después de 2010, en alguna plática informal, me reprochó el no haberte acompañado en tu aventura de ese año; mi única disculpa fue que no pude estar aquí. Debía mantener una familia y, casualmente, era el coordinador jurídico general en una campaña estatal a la gubernatura, en Oaxaca, donde ganamos, pero fue como si no, porque el perro que ganó, un expriísta, Gabino Cué, a los dos minutos se rajó y no mandó a todos al carajo.

¿Entonces?, “¿para qué te escribo?”, te podrás preguntar. Te escribo, me repito, para dejar testimonio. Para que sepas que aunque no esté, estoy. En este trance donde, como panista, estoy más solo que un pingüino en la Plaza de Armas —no falta quien, si me ve venir de lejos, se cambia de acera (cosa a la que estoy acostumbrado, pues me ha pasado más de una vez en los últimos veinte años)— poco puedo hacer por tus aspiraciones; pero, sábete, que si te haces con la candidatura externa, tienes desde ya mi voto —y no sólo el mío—: el de mi familia entera, el de muchos de mis alumnos y exalumnos, el de mis conocidos, el de muchos de mis compañeros rotarios, el de colegas, amigos empresarios, emprendedores y, en general, el del modesto círculo donde me desenvuelvo.

Te escribo porque en verdad me aflige no poder estar ahí, contigo en primera fila, porque recuerdo, intactos, muchos de los momentos que vivimos hace más de cuarenta años y, por fuerza, el pasado siempre nos trae al presente. Éramos jóvenes y —porque te conozco— sé que no lo recuerdas: yo había estado en el movimiento del ’85 y, a mis veintipocos, tenía en mi haber una experiencia que a ti y a Memo Saucedo les hacía falta en su propio movimiento.

El primer recuerdo nítido que tengo de ti es el de una noche borrascosa en la que los acompañé, a ti y a Memo, al palacio de gobierno, donde se les ofreció la mafiosa alternativa porfiriana —en su versión priísta de “zanahoria o palo”—, que ustedes declinaron. Ahí estaban, jovencísimos ambos, hijos de familia sin abolengo, abriéndose paso por la vida y mandando al carajo al gobierno —y a un futuro promisorio de rodillas— para mantenerse de pie, erguidos frente a la intemperie. Ahí nos hicimos amigos. Su ejemplo de integridad me ganó para su causa.

No sé tú, pero yo recuerdo cómo alguna vez, cómo Memo y tú me reclamaron porque, lector ávido como era (y sigo siendo), no había leído a Mario Benedetti. Lo leí y a ustedes dos les debo una de las novelas más importantes y queridas que he leído en mi vida: La tregua. Y si me sigo por ahí, a ti te debo otras dos de las lecturas más reveladoras de mi existencia, aunque por distintos motivos: Presidente interino, de Rafael Loret de Mola —publicado en 1993 y que anticipó el asesinato de un candidato presidencial en México (libro que todavía conservo)— y a quien leí, inútilmente, durante diez años (el tipo es malísimo y ése fue su único acierto editorial); y La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. Ese libro que también me regalaste no lo conservo; en alguna charla le platiqué de él a don Luis Herrera González (secretario de Obras de Pancho Barrio) y le obsequié mi ejemplar. Nunca tuvimos oportunidad de comentarlo, pero siempre que puedo lo recompro, en la edición de Cal y Arena, y lo he regalado (junto con La tregua) un montón de veces. Para mí, ésa es la mejor novela mexicana del siglo XX. Recuerdo, ¡cómo no!, tu entusiasmo por leer la novela que anunció —y nunca publicó— el gran Octavio Paz; y recuerdo también que la noche que asesinaron a Luis Donaldo Colosio estábamos juntos, en una fiesta, y gastamos la madrugada entera discutiendo sobre sus posibles implicaciones y fumando como chacuacos.

Hablando de libros, por cierto, no sabes cómo me pudo, hace unos años, llevarte a regalar uno —La octava vida (para Brilka), de Nino Haratischwili, una de las mejores novelas que he leído— y que me dijeras que ya leías más bien poco, ocupado como estabas en los asuntos de Estado (te confieso que sentí una ligera envidia por ese montón de libros que te regalan a diario y que, sospecho, se van a quedar sin leer). Me quedo con el Jáuregui —y con el Memo Saucedo— que a los veintitantos leían como locos y que me enseñaron tantas cosas, aunque yo también haya contribuido con mi sabiduría fútil. Recuerdo que alguna vez, camino a no sé dónde, refiriéndote a Julio César, empleaste esa frase tan famosa de que fue “la mujer de todos los hombres y el hombre de todas las mujeres”; te dije que me gustaba y te pregunté de dónde la habías sacado; tú te volviste y me respondiste: “de ti”.

En ese entonces, además de libros, hablábamos de teatro, de cine y de futbol. No sé si para ti fue también la primera vez (para mí lo fue), pero la primera obra de teatro que vi en la Ciudad de México fue Entre Villa y una mujer desnuda (habíamos ido a la asamblea para elegir al Jefe Diego como candidato a la presidencia de la República), protagonizada por Diana Bracho y Jesús Ochoa; discutíamos apasionadamente sobre si Forrest Gump era, o no, un idiota; y el primer partido de futbol de primera división, en vivo, lo vi contigo en el Azteca; “es otro mundo”, me advertiste. Y sí. Años después, cuando viví en aquella ciudad, fui muchas veces al estadio universitario (a ver a los Pumas), al Azul y de nuevo al Azteca, a disfrutar un montón de partidos que siempre, por alguna razón, me recordaban (y me recuerdan) aquella primera vez.

En el transcurso de estos años —los últimos once, por lo menos— mi actividad partidista disminuyó en forma sensible; sin embargo, a cada llamado, cada vez que fue necesario, acudí. Te lo comento porque no falta quien cree que, durante ese lapso (e incluso durante el tiempo previo), la nuestra fue, más que una larga amistad, una connivencia compleja. De hecho, tampoco falta el o la imbécil que cree que mi pluma ha estado a tu servicio en una especie de sicariato editorial. Nada más alejado de la verdad. Tú, mejor que nadie, sabes lo indócil que suelo ser. Tú eres la única persona que me ha dicho, en serio y en mi cara, que estoy loco… a lo que no respondí; pasaron los días y me dejaste pensando. De un modo extraño, debo concederte razón, aunque sólo en forma parcial, porque, tras meditarlo con seriedad y calma, llegué a la conclusión de que la mía es sólo una forma peculiar de pensar y actuar que no obedece a patrones preestablecidos. Díganme neurodivergente.

En eso somos muy diferentes. Yo me considero en extremo ejecutivo, alguien que avanza por la vida a machetazo limpio, mientras tú eres un político en toda la regla, que sabe, en todo momento, qué hacer y cómo hacerlo. En ese plan, tú sueles irte —como Tarzán— por las ramas y de liana en liana hasta alcanzar tu cometido, sea cual sea. En este punto, recuerdo la anécdota que me contó un buen amigo: una vez, un secretario de Ayuntamiento, que no hacía distingos y atendía a quien fuera que acudiera a visitarlo, así fuera un completo desconocido, recibió la visita de una señora de la tercera edad cuyas primeras palabras, cuando llegó a su presencia, fueron trágicas: “¡Ésta no es vida!”. Alarmado, mi amigo la escuchó con el corazón en un puño: “¿por qué?”, quiso saber. La mujer le confesó que se trataba de un gallo: el gallo de la vecina, que no la dejaba dormir porque a las cinco de la mañana empezaba a cantar con un estrépito digno de mejores causas. Mi amigo, sin saber qué hacer ni qué decir, salió a fumar (él no fuma, pero esa vez hizo una excepción) y regresó con una pregunta, a la que siguió este diálogo surreal: “oiga, ¿y si mata al gallo?”, “¿usted me autoriza?”, “no, ¿pero usted le va a decir a alguien?”, “no”, “pues yo tampoco”. Vaya a saberse si el gallo pasó a mejor vida.

Así te imagino desde entonces: como ese mítico secretario. De Juárez a Delicias, de Delicias a Chihuahua, de Chihuahua al Estado, durante años, con toda la experiencia e inteligencia del mundo, resolviendo problemas ajenos; resolviendo, resolviendo, siempre resolviendo. Si yo fuera Miguel de Cervantes y tú don Quijote, te diría que desfaciendo entuertos… pero no lo somos, compadre: apenas sí somos estos dos hacedores de realidades en el perpetuo surco que don Manuel llamó “brega de eternidad”.

Y es precisamente por eso —por esa historia compartida, por lo que fuiste y por lo que sigues siendo, por un aprecio y gratitud inquebrantables— que, llegado el momento decisivo, no tengo duda: entre opciones, inercias y simulaciones, mi respaldo es para ti. Sin matices. Sin cálculos.

Que tengas mucha suerte y que Dios te bendiga, con cariño,

Luis Villegas Montes

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“Estamos echándonos unas costillas que son las mejores costillas que pueden probar aquí en Chihuahua. Vénganse, que valen la pena”.

No obstante, el video ha generado diversas interpretaciones, ya que para algunos observadores este tipo de apariciones públicas podría dejar entrever una posible intención de proyectarse como aspirante a la alcaldía de la capital.


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En Congreso del Estado, con 22 votos en contra se rechazó la propuesta del Grupo Parlamentario de Morena  para que se regresara la terna para la Comisión de Derechos Humanos a la Junta de Coordinación Política.

Con el voto de Rosana Díaz en contra se lograron los 22 sufragios para negar a Morena tal pretensión. Sólo 11 de Morena a favor fueron quienes votaron por la propuesta.

Cuauhtémoc Estrada señaló que una de las aspirantes Miriam Aguilera había omitido mencionar dentro de su curriculum que fue representante de partido en asunto electoral en 2019.

 

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