
Carísimos, en estos días santos que hemos vivido, conviene al alma fiel apartarse del ruido del mundo y alzar los ojos a la Santa Cruz donde pende Nuestro Señor Jesucristo, no es de una sola semana al año, hay que tener una vida penitente hasta que el Señor nos llame ante su presencia. Allí no hay engaño ni apariencia: todo es Verdad desnuda, Justicia consumada y Amor verdadero llevado hasta el extremo; quien contempla la Cruz con rectitud de corazón, comienza a entender el misterio de su propia vida.
Porque la Cruz no es ornamento ni memoria lejana, sino tribunal vivo donde se manifiesta la gravedad del pecado. Allí se nos muestra cuánto cuesta la ofensa a Dios: no palabras, sino Sangre; no teorías, sino el Sacrificio del Inocente. Y así, el alma que trivializa su culpa, que rehúsa el arrepentimiento, se aparta de esta fuente de salvación y se endurece en su miseria.
Mas en ese mismo leño, brota también la palabra que vence toda desesperación: “Padre, perdónalos”; he aquí la caridad perfecta, que no excusa el mal, mas lo redime con misericordia. Contemplar la Cruz es aprender a perdonar, no con debilidad, sino con fortaleza sobrenatural, sabiendo que el rencor esclaviza y que sólo el amor libera.
No pocos experimentan, en lo profundo de su espíritu, el silencio de Dios. Como si el Cielo se hubiese cerrado y la oración cayese en vacío. Mas la Cruz enseña que ese silencio es misterio, no abandono. El mismo Señor clamó en la aparente ausencia del Padre. Y sin embargo, era en ese instante cuando se obraba la redención. Así también el alma, cuando se ve sumida en tinieblas, debe examinarse: no es Dios quien se aleja, sino el hombre quien, por el pecado, se distancia. Sin conversión, sin reconciliación sincera, no hay oído para la gracia, recordemos que Dios no escucha la oración si uno no se ha reconocido.
A los pies de la Cruz permanece la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Madre Dolorosa y firme. En aquel momento supremo nos fue entregada como Madre de nuestras almas. Su presencia no es adorno, sino enseñanza: perseverar en el dolor, guardar la fe cuando todo parece perdido, amar sin reservas al Hijo incluso en su agonía. Quien rehúsa a esta Madre, se priva de consuelo y de guía en el camino estrecho, pues la vía más rápido y concreta para llegar a Jesús es tomandonos de las manos de nuestra Buena Madre.
Contemplemos también el momento en que el costado de Cristo es traspasado, y de Él brotan sangre y agua. No es hecho vano, sino signo altísimo: de ese costado nace la Iglesia, como Eva fue formada del costado de Adán; allí se abren los sacramentos, allí se derrama la gracia que vivifica las almas. Quien se acerca con fe, halla vida; quien desprecia esta fuente, permanece en la muerte eterna.
Cada hombre tiene su cruz, medida por la Providencia, como dijo alguna vez San Pío de Pietrelcina: "Jesús no te pide que lleves con Él la pesada Cruz, sino un solo troso de ella"; no es carga inútil, sino camino de salvación. Las angustias, las pruebas, las humillaciones, todo puede ser redimido si se une al sacrificio de Cristo. No se trata de huir del dolor, sino de abrazarlo con amor, transformándolo en ofrenda.
Y no olvidemos: la Cruz es victoria; no según los ojos del mundo, sino en la verdad eterna. Allí fue vencido el pecado, allí fue derrotada la muerte, allí fue aplastado satanas. Por eso, quien abraza su cruz con fidelidad y amor, no camina hacia la derrota, sino hacia la Vida Eterna.
Así, el alma que contempla la Cruz con humildad, aprende a morir al pecado y a vivir para Dios. Y en ese morir, halla la verdadera libertad que el mundo no puede dar ni quitar; Memento Mori.