“¡Papa amigo, Chihuahua está contigo!”: la jornada que marcó a toda una ciudad (10 de mayo de 1990) (Última parte)

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com 

 

En ambos lados del trayecto, la multitud se apretujaba tras vallas improvisadas como si temiera que el instante se le escapara entre los dedos; había manos alzadas, pañuelos blancos agitados con furia dulce, banderas ondeando bajo el sol y retratos del Pontífice sostenidos con una devoción que parecía vencer al cansancio, al calor y al polvo. En los rostros, había algo más que emoción, había una especie de esperanza encendida, un temblor silencioso, una certeza íntima de estar presenciando algo que no volvería a repetirse. Juan Pablo II avanzaba despacio en el papamóvil, saludando, bendiciendo, tocando manos que se estiraban hacia él como ramas sedientas de consuelo. 

Se inclinaba hacia los niños, sonreía a los ancianos, levantaba la mano con una ternura que parecía aliviar por un momento el peso de la jornada; cada rostro que alcanzaba a ver le devolvía una energía nueva, como si el cansancio del viaje se disolviera en la cercanía del pueblo; algunos testimonios de la época, hablaron de aquella travesía como de una procesión al mismo tiempo religiosa y humana, una ciudad entera acompañando a su visitante como se acompaña a un padre largamente esperado, y mientras el vehículo avanzaba, Chihuahua dejaba de ser solamente geografía, se iba volviendo emoción, memoria, latido colectivo. 

En las banquetas, en los camellones, sobre las bardas, en los techos y en los extremos más improbables de las calles, la gente se apretujaba para no perder ni un gesto, ni una bendición, ni el sonido de aquella voz que llegaba envuelta en promesa; el calor del desierto empezaba a caer con todo su peso sobre los hombros, pero nadie parecía dispuesto a ceder; nadie quería moverse, porque moverse era perder, y ese día, todos querían quedarse dentro del milagro. La llegada a los “Campos Limas”, alrededor de las 10:30 de la mañana, ofrecía una imagen desbordada, una multitud inmensa, extendida como un mar vivo bajo la luz abrasadora, aguardaba a Juan Pablo II con una mezcla de fiebre colectiva y recogimiento. El polvo se levantaba, el aire vibraba, la organización se tensaba al límite, y sin embargo el entusiasmo no disminuía, al contrario, se encendía más con cada minuto de espera, como una llama que no encuentra resistencia.

Cuando por fin inició la ceremonia, cerca de las 10:50, ocurrió algo casi sagrado, el murmullo de miles de voces se transformó en un silencio reverente, espeso, lleno de expectativa. Juan Pablo II celebraba una liturgia de la Palabra dirigida a las familias, y en ese gesto, el mensaje adquirió una dimensión íntima y universal al mismo tiempo. No hablaba a una multitud indiferenciada, hablaba a padres y madres, a hijos y abuelos, a jóvenes, enfermos, trabajadores, peregrinos y curiosos. Hablaba, en el fondo, a la célula más frágil y más valiosa de la sociedad, la familia. Y lo hacía con una voz pausada, serena, cargada de experiencia, como quien sabe que las palabras verdaderas no necesitan elevarse demasiado para tocar el alma; su mensaje fue, ante todo, una defensa del hogar como refugio del espíritu. Habló de la educación de los hijos, de la dignidad de la maternidad, del deber amoroso de los padres, de la necesidad de formar conciencias libres y cristianas, y de la importancia de que la fe no quedara reducida a una ceremonia exterior, sino que se hiciera carne en la vida cotidiana de las casas. 

En ese 10 de mayo, Día de las Madres, sus palabras adquirieron una fuerza casi simbólica. Era imposible no sentir en ellas una caricia espiritual para miles de mujeres que lo escuchaban con lágrimas en los ojos; algunas con sus hijos en brazos, otras recordando a las suyas, otras cargando en el pecho la dureza silenciosa de la maternidad mexicana. El Papa, no se limitó a pronunciar fórmulas solemnes, Habló con una cercanía que conmovía, con una humanidad que desarmaba, parecía entender que en Chihuahua lo escuchaban no solo creyentes, sino seres humanos necesitados de una palabra firme en medio de los cambios, las incertidumbres y las heridas de su tiempo. Y entonces ocurrió uno de los momentos más recordados de la jornada, la irrupción de las porras. “¡Papa amigo, Chihuahua está contigo!” se elevó desde la multitud con la fuerza de una ola que avanza sin freno. 

Fue un grito espontáneo, volcánico, nacido de la emoción pura que interrumpió por un instante el hilo ceremonial. Juan Pablo II respondió con la misma energía afectiva, devolviendo la frase y enlazando así a la ciudad con su visitante en una especie de abrazo verbal. Ese intercambio hizo estremecer a muchos. No era una simple consigna, era el momento exacto en que la distancia entre el pontífice y el pueblo se desvanecía. Chihuahua no estaba frente al Papa, Chihuahua estaba con el Papa, y el Papa, a su vez, estaba con Chihuahua. Esa reciprocidad quedó grabada como una de las escenas más vibrantes del encuentro; hubo quienes aseguraron después que en ese instante se sintió un temblor colectivo, no por miedo, sino por la intensidad de la comunión. La voz del pontífice, el rumor de la multitud, los aplausos, los cantos y el calor del mediodía se mezclaron en una sola atmósfera de exaltación compartida.

La crónica de aquel día guarda también un episodio inesperado, de esos que el tiempo convierte en leyenda y durante la celebración, una mujer embarazada comenzó a sentir los dolores de parto entre la multitud, el hecho, lejos de quebrar la solemnidad del momento, lo volvió todavía más conmovedor, en medio de una ceremonia dedicada a la vida, nacía otra vida. Socorristas y personal médico acudieron con prontitud, y mientras Juan Pablo II seguía hablando de familia, esperanza y fe, el nacimiento se convertía en una especie de signo providencial para quienes presenciaban la escena. La madre, Rosa Elena Hernández, dio a luz a una niña que fue recibida con alegría y asombro. La prensa narró el suceso como un acontecimiento insólito, casi como una parábola viviente del propio mensaje papal, y así, en esa coincidencia, la visita dejó de ser únicamente histórica para volverse también popular, íntima, casi milagrosa, un relato que el tiempo no ha borrado, porque en Chihuahua ese día la vida se abrió paso con una fuerza luminosa entre el fervor y la multitud.

Cuando la celebración llegó a su culmen, cerca del mediodía, el cansancio físico del Papa ya era visible, pero no su agotamiento espiritual, al contrario, parecía sostenido por la fe de la gente, por el clamor que subía desde el mar humano reunido en torno a él. Antes de despedirse, dejó otra frase que los chihuahuenses conservaron con cariño: “¡Chihuahua amigo, el Papa está contigo!”. Esa despedida no sonó como una fórmula ceremonial, sino como una entrega verdadera. La gente respondió con vítores, lágrimas y manos levantadas, como si quisiera retenerlo un poco más, prolongar unos segundos la imposibilidad de separar al pastor de su rebaño. Había en el aire una urgencia de permanencia, una nostalgia anticipada, una felicidad incompleta, porque todo momento extraordinario trae consigo la tristeza de su final. Muchos habrían querido que el tiempo se detuviera, que la voz siguiera resonando, que el papamóvil continuara girando entre los Campos Limas, que la presencia del visitante permaneciera un poco más sobre aquel suelo ardiente. La partida hacia el aeropuerto Roberto Fierro fue también la despedida de un sueño. Juan Pablo II regresó al aeropuerto y desde allí continuó su gira hacia Monterrey.

Su estancia en Chihuahua fue breve, apenas de unas horas, pero su intensidad emocional la volvió inmensa, más larga, más honda, más decisiva. En la memoria popular no quedó una visita corta, sino un acontecimiento fundacional, donde las calles permanecieron tomadas por el pueblo, la madrugada de los peregrinos, el calor del desierto, el papamóvil avanzando entre manos extendidas, el beso al suelo, la homilía sobre la familia, la respuesta a las porras, el nacimiento de la niña y la despedida que parecía prometer un regreso que nunca ocurrió, pero que el corazón de la gente siguió esperando. Por eso la visita no vive solo en fotografías, notas o recuerdos sueltos, vive como un relato transmitido de boca en boca, como una memoria sentimental de Chihuahua, como una jornada en la que la ciudad se reconoció a sí misma capaz de reunirse, llorar, rezar y celebrar al mismo tiempo.

A más de tres décadas de distancia, aquel 10 de mayo de 1990 continúa brillando en la memoria colectiva como una fecha doblemente maternal, por ser el Día de las Madres y por haber recibido la bendición de un pontífice que habló precisamente del amor doméstico, de la familia y de la responsabilidad de educar con dignidad y fe. En Chihuahua, Juan Pablo II no fue solo un visitante ilustre, fue una presencia que cruzó la ciudad y dejó, junto al polvo del camino, una huella espiritual y emocional que aún hoy se recuerda con devoción, nostalgia y orgullo.

Tips al momento

Quieren hacerse virales 

A través de las redes sociales y plataformas de comunicación, como WhatsApp, usuarios pretenden hacer viral el #YoConMaru en esta polarización que se ha generado por la presencia de la CIA desmantelando un narcolaboratorio y los señalamientos de EU por narcotráfico contra el gobernador morenista de Sinaloa, Rubén Rocha Moya.

Usuarios han cambiado su perfil por un slogan en distintos colores con la leyenda #YoConMaru.

La presidenta de Morena, Ariadna Montiel convocó a marchar contra la gobernadora Maru Campos para exigir juicio político por el desmantelamiento del narcolaboratorio en Morelos, en donde hubo agentes de la CIA.

La gobernadora Maru Campos sentenció que es mejor combatir el narco que tener vínculos como se ha señalado por EU en contra de actores políticos y gobernadores de morena.

Este contexto ha generado una campaña en redes sociales y perfiles de plataformas de comunicación, donde personas que apoyan a Maru Campos buscan hacerlo viral.

 

 

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