
Por, Jael Argüelles
Maru Campos salió a exigir “respeto”, pero terminó revelando algo mucho más profundo, incómodo y políticamente perturbador, la dependencia ideológica de una parte de la derecha mexicana frente a los discursos más anacrónicos y reaccionarios de la ultraderecha europea. Porque resulta imposible invocar respeto mientras se le extiende la alfombra roja, entre sonrisas ceremoniales y reverencias implícitas, a Isabel Díaz Ayuso, una política española que ha construido buena parte de su capital simbólico romantizando la “hispanidad”, trivializando el colonialismo y hablando de América Latina como si España conservara todavía alguna autoridad moral sobre este continente. Eso no es diplomacia ni intercambio cultural. Es una expresión de subordinación intelectual y de servidumbre ideológica.
Y lo verdaderamente penoso es que ni siquiera se trató de una visita particularmente seria o intelectualmente sofisticada. Díaz Ayuso vino a México a provocar, a exportar el mismo repertorio identitario con el que cierta derecha europea intenta reciclar nostalgias imperiales, y terminó abandonando el país entre cancelaciones, pretextos victimistas y acusaciones de un supuesto “boicot”. Pero la ficción se desplomó rápidamente. Los propios organizadores y hasta el Grupo Xcaret dejaron claro que la cancelación no obedeció a persecuciones políticas, sino al rechazo generado por sus declaraciones colonialistas y profundamente ofensivas. Es decir, no fue censurada. Simplemente la realidad terminó perforando la burbuja propagandística en la que pretendía instalarse.
Y aun así, ahí estaba Maru Campos, posando orgullosa junto a ella, como si se encontrara frente a una estadista de talla universal y no ante una operadora política cuya influencia fuera de determinados círculos conservadores españoles resulta francamente limitada. La escena posee una carga simbólica difícil de ignorar. Una derecha mexicana incapaz de construir una narrativa propia, mendigando legitimidad cultural en figuras extranjeras que ni comprenden la complejidad histórica de México ni muestran auténtico respeto por ella.
Pero el problema adquiere una dimensión todavía más delicada cuando quien normaliza ese discurso no es una opinadora de redes sociales ni una dirigente partidista marginal, sino la gobernadora constitucional de Chihuahua. Porque Chihuahua no es únicamente un estado fronterizo. Es también un territorio atravesado por la memoria histórica y la resistencia de los pueblos originarios. Aquí viven comunidades de rarámuris, tepehuanes del norte, guarijíos y pimas que durante siglos han padecido despojo, marginación estructural y abandono institucional derivados, precisamente, de las mismas lógicas coloniales que ciertos discursos europeos todavía pretenden embellecer bajo el disfraz de la “civilización”.
Por eso resulta particularmente agravio que una gobernadora de Chihuahua aparezca legitimando narrativas que minimizan o maquillan el colonialismo español. No se trata de una discusión arqueológica sobre el pasado. Se trata de comprender que detrás de esa “hispanidad” celebrada por la ultraderecha europea existe también una historia de imposición cultural, explotación económica y devastación de identidades indígenas cuyas secuelas continúan siendo visibles en México.
Y ahí emerge la contradicción más obscena de todas. Mientras miles de personas indígenas en Chihuahua siguen disputando acceso digno al agua, a la tierra, a la justicia y al reconocimiento efectivo de sus derechos, la gobernadora decide fotografiarse sonriente junto a quienes reivindican la versión más paternalista, arrogante y eurocéntrica de la relación entre España y América Latina.
Un gobierno no comunica únicamente mediante decretos, presupuestos o políticas públicas. También comunica a través de las figuras que legitima. Y cuando una gobernadora se coloca del lado de discursos que romantizan el colonialismo, envía un mensaje profundamente desafortunado en un estado donde los pueblos originarios continúan siendo sistemáticamente invisibilizados. Más aún en el contexto geopolítico contemporáneo, donde distintas regiones del mundo experimentan el resurgimiento de movimientos ultraconservadores empeñados en reconstruir identidades nacionales excluyentes, atacar políticas de diversidad y reinterpretar la historia colonial desde una lógica de “superioridad cultural”. Lo que hace apenas algunos años parecía una extravagancia marginal, hoy forma parte de una ofensiva ideológica transnacional cuidadosamente articulada.
Aquí existe algo que el panismo difícilmente se atreve a reconocer. La fascinación de ciertos sectores de la derecha mexicana con España no es cultural, sino profundamente ideológica. Les incomoda cualquier proyecto político que reivindique soberanía, identidad latinoamericana o autonomía frente a las élites occidentales tradicionales. Por eso terminan aplaudiendo a personajes que describen la conquista como una empresa civilizatoria y continúan observando a América Latina desde una lógica de tutela.
Y luego apareció el reclamo indignado contra Claudia Sheinbaum por señalar lo evidente. Pero claro, dentro del catecismo discursivo del PAN cuestionar la sumisión constituye una “falta de respeto”, mientras rendir pleitesía ante discursos colonialistas se presenta como “pluralidad democrática”.
Nadie obligó a Maru Campos ni al PAN a convertirse en un círculo de admiradores de la ultraderecha española. Lo hicieron voluntariamente. Y ahora intentan victimizarse porque alguien se atrevió a decir en voz alta lo que resulta evidente para cualquiera con un mínimo de honestidad intelectual, que detrás del lenguaje de la “institucionalidad” y la “civilidad” se esconde una profunda precariedad de dignidad política. Porque una cosa es dialogar con actores internacionales y otra muy distinta actuar como sucursal ideológica de quienes todavía creen que América Latina debería agradecer la conquista.
Y todo esto, además, encaja con precisión quirúrgica en esa nueva derecha mexicana que pretende disfrazar de “libertad” un discurso profundamente banal, elitista y desvinculado de la realidad histórica del país. Ahí está Ricardo Salinas Pliego, convertido en una suerte de gurú libertario de sobremesa, repitiendo consignas de internet sobre meritocracia y “libertad individual” mientras desprecia cualquier discusión seria sobre desigualdad, pueblos indígenas o responsabilidad social. Y junto a él desfila toda esta constelación de personajes como Zunzunegui, influencers de la “hispanidad”, pseudo intelectuales conservadores y opinadores obsesionados con reivindicar el virreinato como si México hubiese sido una concesión civilizatoria de Europa.
Es una derecha sin proyecto nacional, sin profundidad histórica y profundamente acomplejada, que en vez de mirar hacia el porvenir continúa buscando legitimidad cultural en fantasías coloniales recicladas.