
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
La casa parecía sostenerse únicamente por la costumbre, por esa fuerza silenciosa que tienen las cosas cuando han sido tocadas durante años por las mismas manos; en la cocina, sobre la mesa de madera ya gastada, había un plato servido con la disciplina de quien todavía espera un milagro: frijoles recién puestos, tortillas envueltas en un paño, una taza de café ya frío, y una silla vacía frente a la ventana. Doña Tina, con el rebozo sobre los hombros y la espalda vencida por el peso de tantos días, miraba la calle como quien mira el borde de un abismo en el que alguna vez dejó caer todo su amor.
Siempre esperaba, esperaba el sonido de unos pasos conocidos, el golpe de una puerta, la voz de un hijo que prometió volver temprano, la visita de una hija que dijo “paso al rato”, el abrazo que se fue retrasando hasta convertirse en una deuda imposible, sin embargo, cada tarde volvía a poner la comida sobre la mesa, no porque no supiera que tal vez nadie llegaría, sino porque una madre, incluso cuando el mundo le enseña la renuncia, sigue actuando como si el amor pudiera vencer la distancia, la ingratitud y el tiempo.
Hay en la vida de una madre sola, una batalla que nadie ve completa, una guerra sin trompetas ni banderas, librada en silencio entre el cansancio y la dignidad; nadie aplaude cuando se levanta antes del amanecer a lavar ropa ajena, a coser, a vender dulces, a limpiar casas, a cargar cubetas, a estirar el dinero como quien estira un pedazo de pan para que alcance a todos. Nadie ve sus manos agrietadas por el jabón, por el sol, por la tierra, por la necesidad; nadie cuenta cuántas veces tragó el llanto para que sus hijos no aprendieran a llorar sobre su miedo; nadie escribe el nombre de esas mujeres que criaron solas, con el corazón partido y la frente alta a los hijos que fueron su único patrimonio y su más grande promesa. Porque una madre sola no solo alimenta, inventa, inventa recursos donde no hay, paciencia donde ya no queda, ternura donde la vida dejó golpes. Aprieta los dientes para que los niños no escuchen la desesperación, se enferma en silencio, se desvela calculando cómo pagar la luz, cómo comprar los cuadernos, cómo esconder la tristeza debajo de una sonrisa que a veces apenas alcanza para sostener el día.
Y aun así sigue, sigue porque la madre no se permite el derrumbe mientras haya un hijo que necesite comer, estudiar, calzarse, levantarse, vivir; sigue incluso cuando la sociedad la juzga, incluso cuando el abandono del hombre dejó una casa quebrada, incluso cuando tuvo que aprender a ser dos, a multiplicarse, a convertirse en escudo, en techo, en mesa, en abrazo, en advertencia, en consuelo, en ley y en refugio. Pero hay una herida todavía más honda, una que no siempre nace del abandono del marido, sino del abandono de los hijos; esa herida no sangra en público, se pudre adentro, lentamente, como una fruta olvidada en la sombra; es el dolor de la madre que dio todo y, al final, recibe la distancia. La madre que cuidó fiebre tras fiebre, que desveló noches enteras al lado de una cama infantil, que vendió lo poco que tenía para comprar medicinas, que dejó de comer para que sus hijos comieran, que aguantó la humillación, el frío, la pobreza, el cansancio, la soledad, y que ahora, cuando el tiempo ha doblado sus espaldas y blanqueado su cabello, escucha cómo la vida de los suyos se llena de prisas, de compromisos, de esposas, de maridos, de trabajos, de viajes, de excusas.
Primero es una semana, luego dos, después un mes, y de pronto la madre entiende, con esa claridad cruel que solo da la vejez, que ya no la están dejando en pausa, la están dejando atrás, entonces se vuelve costumbre sentarse junto a la puerta, no porque espere lo imposible, sino porque la esperanza también envejece y necesita un sitio donde sentarse. Allí la encuentra la tarde, allí la encuentra el polvo, allí la encuentra el silencio, ella mira el camino, como si el camino todavía le debiera algo. Mira las nubes, mira la calle, mira la luz del farol que se enciende cuando cae la noche, y en cada sonido cree reconocer el paso del hijo. A veces incluso sonríe al escuchar una motocicleta, un perro, un coche que frena. Pero no es él, nunca es él, y aun así, la comida sigue caliente, aunque el plato se enfríe, aunque el pan se endurezca, aunque los frijoles se resequen.
Porque una madre, no deja de poner la mesa solo porque el mundo se haya olvidado de sentarse con ella, hay algo profundamente desgarrador en esas casas donde la anciana conversa con los objetos como si fueran familia; les habla a las ollas, a la pared, a la foto descolorida de los hijos en la sala, a un rosario que ha pasado tantas veces entre sus dedos que ya parece una extensión de su piel. “Hoy no vinieron”, dice sin decirlo, y la frase flota sobre la casa como un pájaro herido. Hay madres que viven de ese pequeño ritual de la espera, del mismo modo en que otras viven del pan o del agua; esperar se convierte en su modo de resistir al olvido, porque lo que duele no es solo la ausencia, duele la sustitución. Duele saber que el hijo al que ella enseñó a caminar, ahora corre hacia otros brazos; duele ver cómo el hombre o la mujer que creció bajo su techo, en su abrigo, en su sacrificio, se vuelve extraño, ocupado, inaccesible, como si el amor que recibió se hubiera consumido en el momento en que dejó de ser necesario. Sin embargo, aun en esa orilla amarga, hay madres que no reclaman, no por falta de dolor, sino por exceso de amor.
Prefieren decir que están bien, que entienden, que “tienen mucho trabajo”, que “luego vienen”, que “seguro andan ocupados”. La dignidad de una madre abandonada es una de las cosas más grandes y más tristes que existen, sostiene el mundo sin quejarse, se desmorona por dentro sin hacer ruido, aprende a vivir con una silla menos en la mesa y un abrazo menos en el cuerpo. En la vejez, esa entrega se vuelve más visible y más cruel, ya no tiene las fuerzas de antes, la cintura se ha encorvado, las rodillas ya no responden igual, la vista falla, las manos tiemblan un poco al servir la sopa, pero el corazón, ese órgano invisible de la maternidad, sigue funcionando como cuando eran niños; sigue preguntándose si comieron, si llegaron bien, si están sanos, si necesitan dinero, si están contentos, si todavía se acuerdan del sabor de las tortillas hechas por ella, de la forma en que les acomodaba la cobija, del modo en que curaba una herida con saliva, con agua tibia, con fe.
Qué terrible debe ser para una madre darse cuenta de que educó a un hijo para el mundo, pero no para la gratitud; que le enseñó a hablar, a leer, a trabajar, a caminar con rectitud, a ser hombre o mujer de bien, y que, al crecer, ese hijo se volvió incapaz de mirar hacia atrás. Hay abandonos que dejan la casa vacía, y hay otros que dejan la casa habitada por un fantasma, ese fantasma de lo que fue, de lo que pudo ser, de lo que nunca se dijo. La madre, entonces, guarda en su interior las palabras que no quiere pronunciar para no parecer reclamo, y esas palabras se van endureciendo como piedras dentro del pecho. “No me olvides”, quisiera decir. “No te hice para el olvido.” “Yo estuve ahí cuando nada tenías.” “Yo te vi dar tus primeros pasos, yo te limpié la sangre de las rodillas, yo te cuidé cuando no sabías ni tu nombre.” Pero calla, calla porque el amor de madre, por extraño que parezca, muchas veces se parece más al perdón que a la justicia, y entonces el reloj avanza, llega la noche, la casa se llena de sombras y el plato en la mesa sigue intacto. La mujer recoge despacio la comida, la cubre, la guarda, la vuelve a calentar al día siguiente, y al otro, y al otro, ya no por certeza, sino por costumbre, ya no por ilusión, sino por terquedad del alma, y en esa repetición, está la tragedia completa de tantas madres, vivir para otros y terminar acompañadas por el eco de una espera interminable.
Hay hijos que regresan cuando necesitan algo, cuando la salud se quiebra, cuando la memoria de la infancia los golpea, cuando una culpa vieja les muerde el pecho, pero no siempre regresan para quedarse, traen visitas breves, promesas limpias, regalos envueltos en papel brillante, y después vuelven a marcharse, dejando a la madre con una sonrisa débil y una tristeza más honda que antes, porque la esperanza renovada también puede doler, a veces, la llevan a vivir con ellos, como si al fin fueran a recompensarla, pero la convierten en una presencia de esquina, en un mueble silencioso, en una sombra respetable que no debe incomodar. La ponen cerca, pero no dentro, la contemplan, pero no la escuchan. Le dicen “mamá” con ternura de calendario, y luego siguen con su vida. Y ella, que no sabe exigir lo que dio sin medida, acepta migajas de afecto, como quien acepta pan duro para no morir de hambre, sin embargo, en medio de tanta oscuridad, la figura de la madre no se apaga, al contrario, arde más.
Porque hay una grandeza que ningún abandono consigue destruir, la de aquellas mujeres que, aun olvidadas, continúan amando; que, aun traicionadas, continúan esperando; que, aun rotas, continúan poniendo la mesa, esa imagen, la de la madre anciana junto a la ventana, no es solo tristeza; es una lección feroz sobre la condición humana, nos recuerda de dónde venimos, cuánto debemos, cuánta ingratitud puede caber en un solo corazón, y cuánta misericordia en otro. Nos recuerda que una madre no pide monumentos ni discursos, solo presencia. Una visita sin prisa, una llamada en el día; una silla ocupada, un “aquí estoy” que llegue antes de que la ausencia se vuelva costumbre, y el recuerdo se vuelva polvo. Porque cuando una madre muere sin haber sido mirada de verdad por sus hijos, algo se rompe también en la casa del mundo. Se apaga una luz que no se reemplaza; se pierde un centro. Se cierra una puerta que siempre estuvo abierta, y entonces, ya tarde, los hijos comprenden que la prosperidad no sirve de nada si se construye sobre el olvido de quien les enseñó a vivir. Pero para entonces ella quizá ya no esté, o quizá siga ahí, en su silla, con las manos sobre el regazo, mirando la calle, esperando todavía, con la comida hecha, con el corazón encendido, con esa dignidad triste y enorme de las madres que amaron demasiado para aprender a dejar de esperar. ¡Feliz Dia de las Madres! ¡Felicidades mi Tina, amén!