
Por, Sergio Bolio
En estos tiempos de confusión doctrinal, muchos católicos contemplan con indiferencia las profundas diferencias que separan a la Iglesia Católica de las comunidades nacidas de la Reforma. Tal indiferencia no favorece la caridad, sino que oscurece la verdad; si el Espíritu Santo es Espíritu de verdad, conviene preguntar si la fragmentación doctrinal, las contradicciones entre denominaciones y el rechazo de enseñanzas sostenidas desde los albores del cristianismo pueden considerarse frutos de su acción.
Desde la perspectiva católica, la fe no es una colección de opiniones privadas, sino un depósito Sagrado confiado por Cristo a los Apóstoles y transmitido por sucesión legítima a través de los siglos, por ello, cuando se niega la presencia real de Nuestro Señor en la Eucaristía, cuando se rechaza el honor singular debido a la Santísima Virgen María como Madre de Dios o cuando se prescinde de la autoridad apostólica, surge una cuestión inevitable: ¿puede subsistir íntegra la fe cristiana separada de los elementos que durante siglos fueron considerados esenciales por la Iglesia universal?
No se trata de despreciar a las personas ni de negar la sinceridad de quienes profesan otras confesiones, muchos protestantes buscan a Dios con rectitud de conciencia y procuran vivir conforme al Evangelio; mas la buena intención no resuelve por sí sola los problemas doctrinales. La historia muestra que la multiplicación de interpretaciones privadas ha producido innumerables divisiones, cada una reclamando fundamento bíblico para sostener posiciones frecuentemente incompatibles entre sí.
El católico tiene derecho y deber de preguntarse si el llamado ecumenismo mal entendido ha terminado por diluir la claridad doctrinal; la verdadera caridad jamás exige silenciar la verdad. Dialogar no significa renunciar a las convicciones ni fingir que las diferencias son irrelevantes, la unidad auténtica solo puede edificarse sobre la verdad revelada, no sobre compromisos ambiguos.
La solución no consiste en la hostilidad ni en la burla, sino en el testimonio firme de la fe católica; hace falta redescubrir la riqueza de los Sacramentos, el valor de la Tradición apostólica, la centralidad de la Eucaristía y la profunda misión de María en la historia de la salvación; hace falta también orar por la unidad de todos los que creen en Cristo, para que dicha unidad se funde en la plenitud de la verdad y no en fórmulas pasajeras.
Cuando los católicos conocen su fe, la viven con coherencia y la anuncian sin temor, la confusión retrocede. El Espíritu Santo no es autor de división ni de contradicción; conduce siempre hacia la verdad, la fidelidad y la comunión querida por Cristo para su Iglesia.