El Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT) es un proyecto ambicioso que busca retomar y consolidar esfuerzos históricos para convertir esta región en un motor del comercio internacional. Su objetivo es aprovechar la posición estratégica para atraer inversiones y fortalecer la competitividad logística del país.
No obstante, en los últimos años, el proyecto ha sido más conocido por noticias sobre accidentes, retrasos y presuntos malos manejos que por sus avances. Iniciado en 2020 y comprometido a concluirse hacia finales del primer semestre de 2026, el CIIT por sus siglas enfrenta un escrutinio constante. La intención de esta opinión no es descalificarlo, sino reconocer que, bien ejecutado, podría convertirse en una ventaja adicional para México en el comercio internacional.
La idea de un corredor en el Istmo no es nueva. Desde el Porfiriato se impulsó la construcción del Ferrocarril del Istmo de Tehuantepec, aunque se vio afectado por la apertura del Canal de Panamá en 1914. Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas se buscó modernizar puertos y ferrocarriles, pero los avances fueron limitados por la escasez de recursos. Más adelante, en el marco del TLCAN, se planteó nuevamente la modernización del Istmo como corredor industrial y logístico; aunque se realizaron estudios, nada se concretó. Con Vicente Fox surgió el Plan Puebla-Panamá, que enfrentó grandes críticas y no logró consolidarse.
El Corredor Interoceánico se presenta desde hace varios años como uno de los proyectos estratégicos más relevantes del país, con la meta de convertirse en una alternativa logística al Canal de Panamá. El corredor ofrece la conexión entre los océanos Atlántico y Pacífico a través del Ferrocarril del Istmo y los puertos de altura de Coatzacoalcos y Salina Cruz, ambos con acceso a mercados clave como Estados Unidos, Europa y Asia. También contempla el desarrollo de diez Polos del bienestar, donde las empresas instaladas recibirán incentivos fiscales, facilidades aduaneras y exenciones en impuestos al comercio exterior.
Es innegable la gran oportunidad que se presenta: se podrá crear un hub logístico, atraer inversiones, generar empleo y detonar derrama económica a nivel local y nacional. Pero precisamente por su magnitud, resulta necesario aprender de experiencias recientes como Mexicana de Aviación, Pemex, el Tren Maya y el AIFA, las cuales han generado inquietudes, objeciones sobre la capacidad del Estado para ejecutar iniciativas complejas de forma eficiente. Para mitigar riesgos y asegurar el éxito, es crucial priorizar la activa participación de la iniciativa privada y organismos empresariales en la definición y ejecución del proyecto; quienes pueden aportar conocimiento y experiencia, así como eficiencia y certidumbre al desarrollo del proyecto.
El Corredor Interoceánico es una oportunidad única para México, que no puede darse el lujo de desaprovechar. Para lograrlo, habrá que aprender de experiencias previas y fortalecer la confianza y colaboración entre gobierno y sector privado; así y solo así, lograremos beneficios reales y duraderos para nuestra nación.
Por: César de la Garza Licón / cesardelagarzalicon@gmail.com