
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Reconocer la vida y obra de quienes, con entrega humilde y corazón generoso, transformaron la realidad de su comunidad, es un deber que ennoblece la memoria colectiva. En esa tarea se enmarca la crónica de un hombre nacido en la tierra chica y llamado por un destino misionero: Héctor Villalba Arroyo “Toto”, su personalidad, serena y vigorosa a la vez, conserva el eco de una existencia consagrada a los demás, su recuerdo, late con particular intensidad en la comunidad de Santa Rosalía de Cuevas, donde llegó al mundo un 12 de julio de 1935 en la simplicidad y calidez de una casa rural; desde el primer respiro, la vida de Villalba estuvo marcada por la modestia y la ternura, nacido en manos de la partera del pueblo, creció entre labores de campo y gestos cotidianos que forjaron su carácter afable, disciplinado y profundamente sensible.
La infancia de aquel niño alto y de porte afable, transcurrió entre canicas, trompo y partidos de básquetbol, pero también estuvo poblada de pequeñas resoluciones éticas, la piedad discreta, la inclinación a servir en la iglesia local, y la atención constante hacia quienes necesitaban una mano amiga. Ese temperamento humilde, devoto y alegre, se convirtió con los años en rasgo definitorio de su ministerio; su tránsito formativo, comenzó en la escuela primaria Adolfo López Mateos, y continuó en estudios secundarios locales, más tarde, su vocación inicial por el trabajo de la tierra, lo llevaría a cursar la carrera de agronomía en la Escuela de Agricultura Hermanos Escobar, de la que egresó en 1956 como ingeniero agrónomo. No obstante, la vida le habría de ofrecer un giro inesperado, el encuentro con sacerdotes en la capilla de Iglesia de San Lorenzo, despertó en él, la inquietud espiritual que terminaría por conducirlo al camino sacerdotal. De ese período, Villalba recordaba con reconocimiento al padre José Martínez Nájera, cuya amistad y consejo abrieron una nueva posibilidad para su existencia, la entrega total al servicio de Dios y de los pobres.
Convencido por un llamado que él describía como “señal del cielo”, ingresó al preseminario y más tarde al seminario local, su formación, sin embargo, fue también internacional, cursó años de filosofía, latín y humanidades, estudiando teología en Roma y profundizándose en idiomas y liturgia en contextos diversos. Esa osadía formativa, le permitió dominar varias lenguas, y adquirir una sensibilidad intercultural que sería fundamental en su vida misionera, ya que, para 1965, tuvo el honor como él solía narrarlo, con humilde orgullo, de ser ordenado sacerdote en una ceremonia solemne presidida por el entonces Pablo VI, experiencia que marcó su espíritu con una mezcla de recogimiento y compromiso universal, pues el deseo de Villalba de llevar la palabra, y la acción pastoral más allá de las fronteras, lo llevó a unirse a los “Misioneros Combonianos”, congregación en la que, encontró el cauce ideal para desplegar su sensibilidad compasiva, su disciplina austera y su fe tenaz.
Fue en el continente africano donde su vocación adquirió la mayor intensidad y fecundidad: Nigeria, El Congo, Uganda, lugares donde ejerció una pastoral encarnada, atenta a las necesidades materiales y espirituales de comunidades marginadas. Allí, su estilo pastoral, a la vez enérgico y sereno, firme y empático, le granjeó el aprecio tanto de los fieles como de quienes, sin compartir su credo, reconocían en él, un aliado leal y un trabajador incansable por la dignidad humana. Quienes convivieron con él, recuerdan a un hombre de disciplina sencilla, austero en lo personal, alegre en la celebración, dogmático en la fidelidad a sus principios, pero, flexible en la aproximación a las personas; su carisma no era estridente, más bien se imponía por la coherencia entre palabra y gesto; para los niños de las aldeas, fue maestro y compañero de juegos; para las mujeres que sostenían hogares, fue consuelo y gestor de recursos; para los agricultores, fue colega y formador. En cada tarea, su mirada generosa hallaba razones para edificar; organizó escuelas, participó en la implementación de proyectos agrícolas, mediaba en conflictos, y concedía tiempo a la escucha. Su estilo pastoral se definió por la cercanía, la paciencia y un humor cálido que suavizaba la dureza cotidiana; su formación académica, y la experiencia ministerial, se complementaron con relaciones personales significativas, entre las autoridades eclesiásticas que marcaron su trayectoria, Villalba conservó siempre gratitud hacia figuras como Antonio Guízar y Valencia, monseñor Manuel Talamás Comandari y don Adalberto Almeida y Merino, cuyas orientaciones, en distintos momentos, contribuyeron a consolidar su convicción misionera, también mantuvo lazos perdurables con amigos y compañeros de formación, entre ellos, aquellos que compartieron con él los años de estudio y servicio en México y en el extranjero.
El apodo cariñoso “Toto” acompañó a Villalba durante gran parte de su vida, era la manera en que muchos expresaban cercanía y afecto por un sacerdote que, siendo exigente consigo mismo, se mostraba indulgente con las limitaciones ajenas. Esa humanísima mezcla de firmeza y ternura, fue la que le permitió dejar huellas profundas, no solo abrió puertas materiales, pozos, aulas, pequeñas clínicas, sino también, sembró confianza, esperanza y organización comunitaria. Su legado, por tanto, no se mide únicamente en obras tangibles, sino en la transformación de mentalidades y en la capacidad de movilizar voluntades hacia el bien común. Al retornar esporádicamente a su tierra natal, su presencia generaba solemnidad y, al mismo tiempo, una fresca complicidad, sus silencios meditativos en la iglesia, sus homilías sencillas y directas, y su risa franca al evocar anécdotas misionales, contagiaban a cuantos lo escuchaban, era frecuente hallarlo conversando con ancianos y niños por igual, atento a sus relatos y dispuesto a tender proyectos de acompañamiento. Su figura seguía siendo, en el fondo, la de aquel muchacho que gustaba del campo y del trabajo manual, pero ahora enlazada con la experiencia de quien ha visto el mundo y ha elegido volver parte de sí para servir.
La noticia de su partida en febrero de 2025, fue recibida con consternación y un sentimiento compartido de pérdida. La muerte de Héctor Villalba Arroyo mejor conocido como “Toto”, dejó un vacío que trasciende la ausencia física, se fue un ser que encarnó la vocación radical de entrega, sin embargo, el luto convive con la gratitud, pues, la comunidad que lo vio nacer, y las muchas comunidades africanas que lo cobijaron, conservan el testimonio de su persistencia, la claridad de su fe, y la nobleza de su corazón. Su fallecimiento obliga a mirar su trayectoria con la humildad de quien reconoce el valor de una vida entregada al servicio del otro. Hoy, al evocar su figura, la memoria colectiva se empeña en nombrar su legado, una vida de sacrificio que multiplicó oportunidades, una prédica encarnada que desafió indiferencias y una presencia que, en su silencio y en su trabajo cotidiano, configuró un modo de ser ministerio, discreto, eficaz y profundamente humano. Que el nombre de Héctor Villalba Arroyo, permanezca en la gratitud de quienes lo conocieron, y en las obras que impulsó, que, su ejemplo inspire a nuevas generaciones a cultivar la misericordia, la solidaridad y la entrega desinteresada. En la memoria de Santa Rosalía de Cuevas, y en los corazones que conocieron su obra, su legado perdurará como una luz serena que sigue guiando a quienes creen en el poder transformador del amor al prójimo.
Vocación que Cruzó Continentes: Vida del Misionero Héctor Villalba Arroyo “Toto”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de Mis Recuerdos. Si usted desea adquirir los libros sobre Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I al XIII, pueden llamar al cel. 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).
Fuentes de Investigación: entrevista con el padre Héctor Villalba y profesor Baldomero Olivas Miranda. Fotos: Familia Villalba.