
En otro sitio escribí: “La caída de Nicolás Maduro tiene muchas, demasiadas, lecturas que van de lo jurídico a lo político, pasando por lo diplomático o económico”; hay un aspecto adicional que quisiera explorar por esta vía; la lección que la oposición venezolana le brindó al mundo; con apenas el 80% del escrutinio, el 29 de julio Nicolás Maduro, con apenas el 80% del escrutinio, fue designado candidato electo por el Consejo Nacional Electoral (CNE). En rechazo al fraude electoral, se registraron 187 protestas en 20 de los 23 estados, incluida Caracas, la capital; mismas que giraron en torno a una serie de manifestaciones organizadas tras las elecciones presidenciales y el fraude subsiguiente denunciado por la oposición, ocurridos en el contexto de una crisis energética, económica, política y social.
En respuesta, hubo un fuerte despliegue de las fuerzas del orden. Distintas organizaciones no gubernamentales, junto a la Misión internacional de la ONU, denunciaron violencia contra los manifestantes. El saldo: se reportaron 25 asesinatos de manifestantes y más de 2,229 detenciones; entre los detenidos se encontraban 150 niños y adolescentes privados de libertad.
Esta serie de acciones constituye un ejemplo a seguir. En un país depauperado, violento, donde la esperanza parecería marchita, muerta, el pueblo —el verdadero, el que se expresa por sí, no ése que se dice encarnado por el mesías (o la mesías) tropical en turno y es acarreado en camiones a fuerza de dádivas o amenazas—, alzó la voz y se hizo oír. Y no, aunque a Maduro no lo prendieron ni se lo llevaron por el activismo de Corina Machado o del presidente legítimo (con lo que nos gustan los motes mamones en México), Edmundo González, la acreditación por parte de esa oposición del fraude electoral en que se reeligió a Maduro es un papel clave y fundamental para desenmascarar el régimen. Nadie en su sano juicio, por lo menos nadie libre e informado, puede afirmar que Venezuela no es una dictadura ni que no hubo durante casi tres décadas (desde 1999) una violación sistemática y atroz de los derechos humanos de sus ciudadanos.
En tanto, a año y medio de que se celebren las elecciones más importantes en México, donde nos jugamos todo contra un régimen que se anuncia igual, o peor, que el venezolano; que ya destruyó al Poder Judicial, a los organismos con autonomía constitucional, el sistema electoral (administrativo y jurisdiccional), en suma, la división de poderes; ¿qué está haciendo la oposición en México?
A ver, no nos vayamos tan lejos: aquí en Chihuahua, es criminal la irresponsabilidad del PAN y su inactividad, por lo menos del PAN local. Si así está el PAN chihuahuense, papando moscas, un estado donde en teoría (muy en teoría) ese partido gobierna, ¿cómo andaremos en Chiapas, Oaxaca, Sinaloa, Guerrero, Colima o Zacatecas?
Y quien pretenda contradecirme, por favor que muestre los datos; no a mí —¿quién soy yo, mísero militante que, a Dios gracias, ningún chile le embona?—, sino a la ciudadanía, a los medios de comunicación y, sobre todo, a la militancia toda. Porque en el PAN todos sumamos… o deberíamos sumar, a menos que ya también en las entrañas del partido empiece a mandar el priísmo de closet.
No puede aplazarse más la selección de candidatos. Es urgente que empiece a haber definiciones para que cada uno asuma en los hechos la responsabilidad que le atañe y empiece la movilización y el activismo tan caros en esta hora, que sustituyan la parálisis criminal, repito, en que está sumido el Partido:
En regímenes en deriva autoritaria, como el nuestro, la omisión política no es neutral: es colaboración pasiva.
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Luis Villegas Montes.
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