
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
En esta segunda parte, continuamos con la crónica del majestuoso Hotel Del Real, donde los hermanos Luis y Pedro Siqueiros, empresarios de cepa, con una visión que se adelantaba a su tiempo, fueron los dueños que apostaron su capital y prestigio por este gigante, entendiendo que, Chihuahua necesitaba un espacio que pudiera albergar, no solo a los viajeros de negocios que llegaban atraídos por el auge industrial y ganadero, sino también, el orgullo de una sociedad en franca expansión. Al construir el hotel, los hermanos Siqueiros, no solo buscaban rentabilidad, sino dejar una huella indeleble en la fisonomía de su tierra; sin embargo, esta transición fue audaz, pasando de vender remedios y artículos de primera necesidad, a ofrecer la "experiencia de la altura" y la modernidad absoluta.
El Hotel Del Real, se convirtió así en la culminación de un linaje empresarial, que supo resurcar los rumbos de la economía local, moviendo sus capitales de la venta al detalle, a la industria de los servicios de alta gama. La importancia de los Siqueiros en esta obra radica en que no fueron inversionistas foráneos, sino locales, que decidieron arriesgar su capital en un proyecto que muchos consideraban excesivo para la época; su fortaleza como dueños, permitió que el hotel sobreviviera a las crisis económicas de sus primeros años, y se mantuviera como el estandarte de la elegancia hasta que el cambio en la dinámica urbana del centro los obligó, décadas después, a ceder ante el inevitable ocaso. Al final, la historia de Luis y Pedro Siqueiros, es la de una familia que tuvo la fuerza de derrumbar su presente, para cimentar un futuro que, aunque hoy tiene funciones administrativas, sigue siendo el monumento más visible de su audacia empresarial.
Cuando finalmente se inauguró en 1957, el Hotel Del Real, se erigió como el epicentro absoluto de la sofisticación en el norte de México; sus habitaciones, que sumaban cerca de un centenar, y estaban distribuidas con una eficiencia moderna envidiable, fueron diseñadas con la sobriedad y el lujo del modernismo de mediados de siglo, ofreciendo una experiencia con la que, ninguna otra posada u hotel de la región o la ciudad, podía competir. El evento de su inauguración, representó mucho más que la apertura de un negocio, fue el bautismo de fuego de la modernidad chihuahuense, un evento de gala que logró congregar en un solo espacio a las figuras más influyentes del poder político, y la aristocracia empresarial del norte de México.
Aquella noche de gala, cuando el centro de la ciudad se vistió de luces para recibir a la comitiva oficial encabezada por el Gobernador del estado de Chihuahua, don Teófilo Borunda, con su característica presencia imponente, simbolizaba el impulso transformador de su administración, el cual, era acompañado al corte del listón por el alcalde de Chihuahua, el señor Jesús Olmos, quien como autoridad municipal, había otorgado el respaldo institucional para que, esta mole de concreto, pudiera cimentar su destino frente a la histórica Plaza de Armas, rompiendo para siempre la fisonomía chata de la capital. Los anfitriones de la velada, los hermanos Luis y Pedro Siqueiros, personificaban la fuerza de la iniciativa privada, que no temía al sacrificio de los viejos moldes para abrazar el progreso; en el vestíbulo, los Siqueiros recibían con beneplácito a una selecta lista de invitados, donde figuraban nombres de estirpes económicas legendarias, como representantes de las familias Terrazas y Creel, así como, influyentes políticos de la talla de Eugenio Prado Proaño, quien para entonces, era una pieza clave en el andamiaje del poder estatal. No faltaron, por supuesto, los arquitectos, Salvador y Gilberto de la Torre, quienes caminaban entre los invitados, explicando los retos técnicos que tuvieron que doblegar para elevar la estructura más alta de la ciudad en aquel entonces, recibiendo el reconocimiento por haber dotado a Chihuahua de un edificio capaz de competir con el diseño internacional.
El momento cumbre de la ceremonia, ocurrió cuando la comitiva ascendió al último piso para inaugurar el emblemático “Sky Room”, bajo los candiles que comenzaban a iluminar el cielo nocturno, el gobernador Borunda, tomó la palabra para ofrecer un brindis que, resonaría en la memoria social de la época; en su discurso, resaltó que el Hotel Del Real, no solo era una propiedad privada, sino un orgullo público que demostraba la fortaleza de un pueblo que sabía rescatar su vocación de grandeza. Mientras el licor brillaba en las copas de cristal, los empresarios y políticos presentes, observaban desde las alturas una ciudad que, gracias a esa obra, se sentía por primera vez, capaz de alcanzar la modernidad absoluta. Aquella noche, entre los murmullos de felicitación a los Siqueiros, y la música que impregnaba el aire, quedó sellada una alianza de progreso que vería en el Hotel Del Real, su monumento más tangible durante las décadas por venir.
El hotel no era solo un lugar de paso, sino un destino en sí mismo, donde la elegancia no admitía sacrificio alguno, su característica más emblemática y recordada, el legendario "Sky Room", ubicado en la planta alta, se convirtió rápidamente en el punto de reunión obligado de la élite política, social y empresarial. Desde sus amplios ventanales, se podía contemplar la Catedral Metropolitana, desde una perspectiva aérea antes reservada solo para las aves, permitiendo que los comensales, sintieran que tenían la ciudad entera a sus pies, mientras la música y el tintineo de las copas, impregnaban las paredes de un aura de exclusividad; esta importancia social, no fue efímera, durante décadas, el hotel fue el corazón palpitante del centro, un lugar donde se cerraban tratos que definían el rumbo económico del estado, y donde la fisonomía de la ciudad, encontraba su punto más alto de prestigio. Sin embargo, la gloria de los edificios, suele estar atada a los caprichos de la planificación urbana y el tiempo, arquitecto cruel de todas las construcciones que se están haciendo viejas.
Para los habitantes de Chihuahua, la noche de la inauguración del Hotel del Real en 1957, no fue solo un evento social de élite, fue un choque visual que alteró para siempre su percepción de lo que era posible en el desierto, ya que, mientras los políticos y empresarios celebraban en las alturas, miles de ciudadanos comunes se congregaron en la Plaza de Armas con los cuellos estirados hacia atrás, para ser testigos del momento en que el gigante cobrara vida, así, por primera vez en la historia de la capital, el cielo no pertenecía únicamente a las torres de la Catedral, sino a una estructura de concreto que parecía desafiar las leyes de la gravedad y la tradición.
“El Renacer de un Gigante: Fuerza y Sacrificio que Forjaron la Fisonomía del Hotel Del Real (Parte dos), forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos de Chihuahua.