Tejiendo raíces: las mías

Entre sorbos y suspiros
Jéssica Valdez

La raíz no se explica

No todo empieza con una pregunta.

Algunas cosas empiezan con una certeza.

Yo no me hice sola.

No me inventé desde cero,

ni aparecí un día con carácter, valores y mirada propia.

Vengo de algo.

De alguien.

De una historia que me antecede y me sostiene.

Hay fuerzas que no se improvisan.

Se heredan.

Y entender de dónde viene esa fuerza

no es nostalgia:

es identidad.

Durante mucho tiempo creí que mi manera de estar en el mundo

era solo mía.

Mi forma de mirar,

de sostener,

de no huir cuando arde,

de saber cuándo esperar

y cuándo avanzar.

Hasta que entendí algo esencial:

esas capacidades no nacieron conmigo.

Me fueron entregadas.

Vienen de mujeres que no aprendieron a resistir

esperando que pasara la tormenta,

sino a leer el clima

y a moverse con él.

Ahí empieza mi historia.

Mi abuela materna

Manuela nace en Atatlauca, Oaxaca.

Sur profundo.

Territorio mixteco.

Un lugar donde la raíz no se explica: se vive.

Venía del sur,

de las manos que saben sin preguntar.

De la sabiduría que no necesita nombre

porque habita en el gesto.

Conocía el tiempo del fuego,

el pulso del metate,

la paciencia del mole que no se apura

porque entiende que todo llega cuando debe llegar.

Sabía curar con las manos.

Leía el cuerpo y el ánimo

como quien reconoce la tierra.

Entendía que el mal se va

cuando alguien lo enfrenta con certeza,

sin miedo

y sin duda.

Ahí el agave crece lento.

Se fortalece en el silencio.

Espera años

para entregarse al fuego

y volverse mezcal.

No se quema:

se revela.

Manuela comprendía esa alquimia.

Sabía que el fuego no destruye: ordena.

Levantaba altares como quien abre portales,

puentes entre la vida, la muerte y la memoria.

No para despedir,

sino para mantener cerca.

Su magia fue sostener lo invisible.

Hacer del recuerdo una presencia viva.

Nombrar

para que nadie se fuera del todo.

Mi abuela paterna

Marcelina viene de Tequila, Jalisco,

tierra donde el agave azul

aprende a entregarse.

El tequila no se explica:

se queda.

Como la comida sencilla

que no se nombra,

pero regresa toda la vida

a tocar la memoria.

Su magia fue la transformación precisa.

Saber cuándo cortar.

Cuándo soltar.

El agave se entrega entero

para que otros celebren.

Y Marcelina entendió ese gesto.

Su valentía fue el desprendimiento:

soltar para que otros vivieran mejor,

aunque esa ausencia

doliera generaciones después.

No fue abandono.

Fue visión.

Porque hay amores

que no se miden por la cercanía,

sino por el futuro que permiten.

Mi madre

Martha se forja en la Ciudad de México,

una ciudad que no espera,

no perdona la inmovilidad

y exige decisión.

Aquí no basta con resistir:

hay que crear.

Actualizarse.

Entender el pulso del tiempo.

Martha hizo eso sin romper el hilo.

Avanzó sin olvidar.

Fue moderna

sin dejar de ser raíz.

Aprendió todos los lenguajes necesarios

para seguir andando,

pero guardó los rituales esenciales:

la educación como acto cotidiano,

la mesa como punto de encuentro,

la familia como estructura viva.

Siempre encontró el cómo sí.

No desde la prisa,

sino desde la claridad.

Su fuerza está en la acción.

En el “sí se puede” dicho con calma.

En el movimiento continuo.

No se rindió.

Construyó.

Herencia

Y luego estoy yo.

No como centro,

sino como continuidad.

Cargo un linaje que me enseñó

a amar las raíces y las tradiciones,

a mirar con atención

la forma única de cada persona.

Aprendí el arte del cómo sí.

La negociación como puente,

no como rendición.

Cargo una inteligencia emocional.

Una que observa, escucha y sostiene.

Camino con valentía,

con raíz,

con valores.

Soy profundamente sensible.

Esa también es herencia.

Veo bondad

donde no parece haberla.

Reconozco habilidades

donde otros solo ven carencias.

No inauguro la historia:

la continúo con cuidado.

Raíz y linaje

No es casualidad que todas seamos M.

Manuela.

Marcelina.

Martha.

Miriam.

M de memoria que no se borra.

M de materia que se transforma.

M de mujer que sostiene.

Vengo de Atatlauca.

De Tequila.

De la Ciudad de México.

Del fuego.

Del tiempo.

Del movimiento.

Conocer nuestras raíces no es un gesto romántico.

Es un acto de identidad.

Saber de dónde venimos

nos permite habitar lo que somos

sin pedir permiso.

Las raíces no atan.

Sostienen.

No nos detienen:

nos orientan.

Mirar hacia atrás no es retroceder.

Es reconocer el suelo firme

desde donde damos cada paso.

No empezamos aquí.

No avanzamos solas.

Somos historia viva.

Memoria en movimiento.

Raíz que sigue creciendo.

Y eso —

aunque no siempre se diga—

se siente en el cuerpo.

Por, Jessica Valdez.

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