
La pregunta surge inevitablemente después de lo sucedido la semana pasada con la salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación del grupo parlamentario de Morena en el Senado de la República. Un movimiento que, aunque oficialmente se presentó como una decisión personal para dedicarse al trabajo territorial rumbo a los procesos políticos de los próximos años, ocurre en medio de un ambiente turbulento que el senador había venido arrastrando desde hace meses.
Su paso por la coordinación no fue sencillo. A lo largo del último periodo legislativo, López Hernández enfrentó cuestionamientos por su desempeño político, críticas por la falta de acuerdos en reformas importantes y señalamientos derivados de polémicas relacionadas con su etapa como gobernador de Tabasco, además de constantes señalamientos en torno a presuntos vínculos de personajes cercanos con redes de contrabando de combustibles y a dudas públicas sobre la transparencia de su patrimonio e ingresos. En varias ocasiones, durante comparecencias y declaraciones públicas, surgieron inconsistencias que alimentaron la percepción de desgaste político.
A ello se sumaron tensiones internas dentro de Morena, particularmente por la dificultad para construir consensos con partidos aliados en el Senado. Algunas reformas impulsadas desde el Ejecutivo comenzaron a enfrentar retrasos y resistencia incluso dentro del propio bloque oficialista, lo cual generó molestia y cuestionamientos sobre la conducción política de la bancada. Aunque públicamente se habló de una salida voluntaria, resulta difícil ignorar que el relevo llegó en un momento políticamente conveniente para recomponer equilibrios internos.
Entonces surge la pregunta obligada: ¿algo cambió realmente?
La primera respuesta podría ser que no. En el escenario legislativo poco o nada se modifica. Morena continúa manteniendo la mayoría en el Senado y las prioridades del Ejecutivo federal siguen transitando prácticamente sin contrapesos efectivos. Cambian los nombres, pero no las dinámicas. Ignacio Mier, quien ahora toma la coordinación, ya fue figura central en la Cámara de Diputados durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, mientras que Ricardo Monreal, quien antes coordinaba a los senadores, hoy encabeza la bancada morenista en San Lázaro. En otras palabras, se trata más de un reacomodo interno que de un cambio de fondo.
El funcionamiento legislativo no parece alterarse. Las iniciativas continúan avanzando sin revisiones profundas, sin debates que realmente modifiquen el contenido de las reformas y, sobre todo, sin que se refleje un beneficio palpable para la ciudadanía. La crítica hacia un Congreso que opera más como oficialía de partes que como auténtico poder de contrapeso sigue vigente. En ese sentido, la salida de un coordinador y la llegada de otro no modifican la esencia del problema: la concentración de poder y la ausencia de una deliberación parlamentaria robusta.
Sin embargo, existe una segunda lectura que merece atención. Aunque institucionalmente poco cambia, políticamente sí se mueven cosas dentro de Morena. No es un movimiento menor que un coordinador parlamentario deje el cargo en medio de tensiones internas. Las decisiones de esta naturaleza suelen responder a equilibrios de poder que se ajustan conforme se acercan nuevos procesos electorales y nuevas disputas por espacios de liderazgo.
La salida de López Hernández y los respaldos públicos hacia nuevos liderazgos (amplaimente ya comentados) dejan ver que Morena comienza a acomodar sus piezas rumbo a las batallas políticas que vienen, especialmente en estados donde la competencia electoral será intensa.
Las disputas internas ya no solo evidencian diferencias, sino también rupturas dentro del partido gobernante. Existen corrientes, intereses y proyectos que compiten abiertamente por posicionarse. El movimiento ha dejado de mostrarse como un bloque homogéneo y las decisiones estratégicas responden a negociaciones y tensiones internas que rara vez se hacen públicas, pero cuyos efectos terminan reflejándose en cambios como el que hoy se observa en el Senado
Por ello, la respuesta final quizá no sea tan sencilla. En términos legislativos, la salida de Adán Augusto López no cambia el rumbo del Congreso ni modifica la relación de fuerzas. Pero en el ámbito político interno, sí revela ajustes y tensiones que podrían influir en la configuración de candidaturas, liderazgos y alianzas rumbo a los siguientes procesos electorales.
Al final, la pregunta sigue abierta: ¿algo cambió?
Tal vez no para la ciudadanía que espera resultados concretos del Congreso. Pero dentro del partido en el poder, el tablero comienza a moverse, y cuando eso ocurre, inevitablemente alguien gana espacio y alguien más paga el costo político.