
El despido de Marx Arriaga Navarro como director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública representa mucho más que un simple ajuste administrativo en el gabinete educativo. Es el reconocimiento tácito de que el experimento de ingeniería social más ambicioso y peligroso de la Cuarta Transformación, el intento de capturar las mentes de millones de niños mexicanos a través de libros de texto ideologizados, fracasó estrepitosamente ante la resistencia de padres de familia y de algunos actores politicos de nivel como nuestra gobernadora Maru Campos, que se negaron a entregar los manuales de ideología que pretenden llamar libros de texto y de esta forma negarse a entregar a sus hijos y sus gobernados al altar del adoctrinamiento progresista.
Arriaga no era simplemente un burócrata educativo. Era un ideólogo confeso, un militante de izquierda cuya visión pedagógica estaba subordinada por completo a un proyecto político: transformar a las nuevas generaciones de mexicanos en soldados del progresismo, despojándolos de pensamiento crítico genuino y reemplazándolo con catecismo marxista adaptado al siglo XXI. Los libros de texto que produjo bajo su dirección no eran herramientas educativas sino manuales de propaganda diseñados para moldear conciencias vulnerables conforme a una cosmovisión totalitaria que no admite disidencia.
El contenido de esos libros reveló la verdadera agenda: relativismo moral presentado como "pensamiento crítico", ideología de género disfrazada de "inclusión", victimización constante presentada como "justicia social", y desprecio sistemático por la familia tradicional, la propiedad privada y la libertad individual. Donde debía haber matemáticas sólidas, hubo propaganda sobre "comunalidad". Donde debía haber historia objetiva, hubo revisionismo que pintaba a México como víctima perpetua del capitalismo malvado. Donde debía haber ciencia, hubo constructivismo posmoderno que niega verdades objetivas.
Lo más siniestro de la estrategia de Arriaga fue su cinismo pedagógico. Envolvió el adoctrinamiento en lenguaje técnico educativo—"aprendizaje situado", "comunidades de aprendizaje", "pedagogía crítica"—que sonaba progresista y moderno, pero que en realidad ocultaba un proyecto de ingeniería social que cualquier régimen totalitario del siglo XX habría envidiado. La diferencia es que Arriaga no contaba con que los padres mexicanos habían aprendido las lecciones de la historia y reconocerían el totalitarismo aunque viniera disfrazado de innovación pedagógica.
La resistencia de padres de familia no fue, como pretendió presentarla el establishment educativo progresista, producto de ignorancia o fanatismo. Fue una respuesta inteligente y articulada de ciudadanos que entendieron perfectamente que estaban siendo despojados del derecho fundamental a educar a sus hijos conforme a sus valores. Estos padres no se opusieron a que sus hijos aprendieran; se opusieron a que fueran adoctrinados. No rechazaron la educación; rechazaron la manipulación ideológica sistemática.
Los padres de familia debemos entender que esta batalla es apenas un capítulo en una guerra cultural de largo plazo. La izquierda progresista ha identificado correctamente que quien controla la educación de los niños controla el futuro de la sociedad. Por eso seguirán intentando, con nuevas estrategias y nuevos rostros, capturar el sistema educativo para moldear generaciones futuras conforme a su visión única de sociedad.
Nuestra defensa debe ser integral y sostenida. Primero, vigilancia constante sobre contenidos educativos, no solo en primaria sino en todos los niveles. Segundo, participación activa en consejos escolares y organismos de toma de decisiones educativas. Tercero, construcción de alternativas: escuelas privadas con pedagogías sólidas, educación en casa cuando sea posible, materiales educativos complementarios que contrarresten el sesgo ideológico. Cuarto, formación de nuestros hijos en pensamiento crítico genuino, no el pseudopensamiento crítico que es solo catecismo progresista, para que puedan identificar y resistir adoctrinamiento.
No podemos delegar en el Estado la formación intelectual y moral de nuestros hijos y luego sorprendernos cuando ese Estado intenta transformarlos en militantes de su ideología. La educación es demasiado importante para dejarla en manos de ideólogos y personas con fanatismos en extremo. Veremos si los contenidos de los libros se modifican, o si persiste el adoctrinamiento, la lucha por la libertad de los padres de familia a educar a sus hijos en los valores que así consideren apenas ha comenzado. Al tiempo.