Por, la Dra. Lorena Álvarez Contreras.
Imagina el minuto 90 del partido final del Mundial 2026. El marcador está empatado, la afición contiene la respiración y un jugador recorre la banda a máxima velocidad como si el reloj fuera al revés. Lo que casi nadie ve es que, pegado a su cuerpo, viaja un laboratorio diminuto: sensores que registran cada latido, cada gota de sudor, cada cambio de ritmo… alimentados por baterías tan delgadas y flexibles que se doblan con su camiseta.
El deporte de alto rendimiento ya no se decide solo en las piernas y en la mente, también se disputa en nanómetros, milivoltios y materiales inteligentes. Mientras el mundo mira la cancha, una revolución silenciosa sucede a unos milímetros de la piel.
Durante décadas, la receta fue simple y dura: entrenar más, más fuerte, más tiempo. Hoy los equipos profesionales complementan la experiencia del entrenador con dispositivos que registran frecuencia cardiaca, distancia, velocidad y número de sprints. Esa capa “invisible” de datos permite responder preguntas clave: ¿en qué minuto empieza a caer el rendimiento?, ¿Quién se acerca a la lesión?, ¿está siendo suficiente la recuperación entre partidos?
Detrás de estas respuestas hay electrónica en miniatura y, sosteniéndolo todo, baterías recargables capaces de soportar golpes, sudor y más de 90 minutos de juego. Sin energía confiable, el mejor sensor se convierte en un accesorio apagado.
La siguiente ola va más allá de colocar un aparato sobre la piel. La frontera hoy está en los textiles inteligentes, prendas donde la propia tela integra funciones electrónicas. En lugar de coser un dispositivo al uniforme, se diseñan fibras que conducen electricidad o cambian su respuesta cuando la prenda se estira o se humedece. Así, una banda en la cabeza puede detectar pérdida excesiva de líquidos, unas calcetas registrar patrones de pisada y fatiga, y una camiseta “leer” señales químicas del sudor relacionadas con hidratación o estrés térmico.
Pero no solo el cuerpo se llena de sensores, también la cancha. Ya se desarrollan balones inteligentes capaces de medir velocidad, rotación, punto de impacto y si el esférico cruzó por completo la línea de gol. Combinados con los datos fisiológicos de las y los jugadores, permiten analizar no solo quién pateó más fuerte, sino cómo cambia la técnica cuando el cansancio se acumula o cuando el partido se decide en los últimos minutos. Cada jugada se convierte en un pequeño experimento de física y biología en tiempo real.
Convertir ropa deportiva en un sensor distribuido es un reto de ingeniería de materiales. Se combinan polímeros flexibles, fibras carbonosas y tintas conductoras para obtener telas que se sienten como cualquier prenda, pero funcionan como un sistema de medición. El sudor, que antes era solo incomodidad, se vuelve una ventana química al estado del cuerpo.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo alimentar toda esa electrónica sin colgar una pila rígida en medio de la camiseta?
Una batería, por muy delgada que parezca, es un pequeño escenario donde millones de iones se mueven de un lado a otro entre dos electrodos separados por un electrolito. Las baterías que usamos a diario, pensadas para celulares y computadoras, son rígidas y poco amigas de una prenda que se dobla, se lava y recibe golpes constantes. Por eso uno de los grandes desafíos actuales es diseñar baterías que sigan las reglas de la electroquímica… pero obedezcan al cuerpo humano.
En el Centro de Investigación en Materiales Avanzados (CIMAV) trabajamos justamente en ese punto donde la electroquímica se encuentra con el deporte y la salud. Diseñamos nuevos materiales para baterías más seguras, ligeras y, en un futuro cercano, lo bastante flexibles como para integrarse en parches y textiles inteligentes. Exploramos combinaciones de metales y óxidos metálicos con distintas formas de carbono (nanotubos, láminas tipo grafeno y estructuras macroporosas en 3D que parecen esponjas ordenadas) para que el electrolito pueda “entrar y salir” con facilidad y los iones se muevan rápido. Esa arquitectura interna es la que podría permitir que una batería recargable, como una de zinc-aire, responda tan bien a los cambios de esfuerzo como lo hace el propio atleta durante un partido.
Cuando estas tecnologías se integran al entrenamiento, la diferencia es profunda. Los datos generados por sensores, balones y textiles inteligentes permiten ajustar la carga de trabajo de cada atleta para evitar lesiones, decidir quién está realmente listo para jugar 90 o 120 minutos y detectar deshidratación o sobreesfuerzo antes de que se manifieste con un desmayo. La figura del entrenador, con experiencia, se mantiene, pero ahora se acompaña de un tablero de información que muestra, segundo a segundo, el estado del organismo.
Esta revolución también plantea retos. Si solo algunos equipos o países pueden invertir en la mejor tecnología (sensores avanzados, baterías de última generación, análisis masivo de datos) la cancha deja de ser completamente pareja. Surgen preguntas sobre equidad y ética: ¿hasta qué punto la tecnología se convierte en una forma de “doping” estructural accesible solo para quienes pueden pagarla? ¿Quién es dueño de los datos fisiológicos de las y los atletas?
Lo más inspirador es que muchas de estas innovaciones pensadas para el alto rendimiento pueden terminar beneficiando a millones de personas fuera de la cancha. Los mismos sensores que leen el sudor de un delantero pueden ayudar a detectar a tiempo el agotamiento térmico de un trabajador en un horno industrial, las mismas baterías flexibles que alimentan una playera inteligente pueden dar vida a parches médicos que monitorean enfermedades crónicas o a sistemas vestibles para personas mayores con riesgo de caídas o deshidratación.
Cuando el árbitro marca el final del partido, las cámaras se quedan con los héroes del marcador. Rara vez enfocan a los protagonistas silenciosos: los materiales que condujeron electrones, almacenaron energía, midieron señales químicas y transformaron el esfuerzo físico en información útil. La ciencia de materiales no aparece en las portadas deportivas, pero está allí, escondida en cada banda elástica, en cada chip, en cada batería flexible cosida entre capas de tela.
Hablar de energía para el minuto 90 con materiales inteligentes que están revolucionando el deporte es, en el fondo, recordar que las grandes hazañas en la cancha se apoyan en pequeñas revoluciones invisibles, nacidas en laboratorios como los del CIMAV, donde se mezclan química, física, ingeniería y mucha imaginación. Y quizá, cuando llegue el Mundial 2026, no solo valga la pena preguntar quién metió el gol decisivo, sino también qué materiales, sensores y baterías hicieron posible que ese cuerpo llegara con energía al último sprint.