
México, nación de hondas raíces y luchas por su identidad, presencia ahora el arribo de los llamados "therian": personas que no sólo adoptan estéticas animales, sino que afirman serlo en su fuero íntimo. Lo que en otros tiempos habría sido materia de estudio clínico o de literatura fantástica, hoy se presenta como bandera cultural y exigencia de reconocimiento público.
No es fenómeno nuevo, en países como Argentina, donde por años han imperado gobiernos de corte socialista y discursos de ingeniería social, estos movimientos florecieron al amparo de políticas identitarias expansivas. Se comenzó celebrando la “diversidad” sin límites claros; se terminó cuestionando la propia noción de naturaleza humana. La experiencia comparada muestra que cuando el Estado abdica de su deber de afirmar la realidad, surgen ficciones que reclaman presupuesto, espacios escolares y blindaje legal.
El therianismo se presenta como vivencia subjetiva, más la política no puede fundarse en subjetividades ilimitadas. El derecho, para ser justo, ha de asentarse en lo que el hombre es, no en lo que siente ser cada lunes. Si mañana alguien afirma ser lobo, ¿qué implicaciones habrá en escuelas, prisiones, competiciones deportivas o registros civiles? La ironía no debe ocultar la gravedad: estamos ante una erosión del principio de realidad que sostiene la convivencia.
Este fenómeno se enlaza con las metas anticulturales de la llamada Organización de las Naciones Unidas bajo la Agenda 2030, más allá de teorías, es evidente que ciertos foros internacionales han promovido una noción de identidad desvinculada de toda referencia estable. Cuando la identidad se convierte en arcilla infinita, la dignidad humana deja de ser roca y se vuelve arena.
No se trata de perseguir ni de humillar, toda persona merece respeto y acompañamiento prudente, pero otra cosa es legitimar como categoría social lo que contradice la evidencia biológica y la razón filosófica. El hombre no se da el ser a sí mismo; lo recibe. Y esa recepción implica límites. Sin límites, la libertad se convierte en caricatura, en libertinaje.
México enfrenta retos apremiantes: inseguridad, pobreza, crisis educativa ¿Añadiremos a la agenda pública la discusión sobre derechos “interespecie”? El erario no es laboratorio de experimentos contraculturales. Las escuelas no deben convertirse en escenarios de confusión ontológica para niños que apenas descubren el mundo.
A la Santa Madre Iglesia, la cuál pertenezco con gran devoción, y a nosotros los fieles nos corresponde una tarea ardua y serena, no con gritos, sino con formación sólida; no con burlas, sino con claridad Doctrinal. Es menester robustecer la enseñanza sobre la naturaleza humana, la unidad de cuerpo y alma, la dignidad que dimana de ser persona. Si callamos por miedo al escarnio digital, otros ocuparán el púlpito política, de por sí el poder civil desde que fue arrebatado de las manos de Dios desde la revolución francesa, no ha sido más que un circo.
El extravío no se corrige con odio, sino con verdad firme y caridad recia; pero la caridad sin verdad es sentimentalismo estéril. Si permitimos que la noción misma de humanidad se diluya en metáforas zoológicas, mañana defender la vida, la familia o la educación será empresa imposible. Urge, pues, que Sacerdotes, Obispos, Cardenales, el Sumo Pontífice y nosotros seglares trabajemos con prudencia estratégica, restaurando en la plaza pública el reconocimiento de lo que el hombre es, para que no termine celebrando su propia abdicación.