
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
En el corazón de la ciudad, donde el pulso de las horas solía escucharse en las campanas y en el crujir de los adoquines, el paisaje ahora tiene la voz apagada de lo que se deja morir: el Centro Histórico de Chihuahua, se deshace con una lentitud que no conmueve a nadie y, sin embargo, hiere a todos. Los límites, esos marcos que una vez definieron la vida del centro, desde la Pacheco, la 20 de noviembre, la Díaz Ordaz, hasta el Canal Teófilo Borunda, parecen más bien, los restos de una cartografía abandonada, punteada por edificios que han quedado solos, con ventanas como ojos que ya no miran a nadie; calles que fueron arterias comerciales, ahora son venas obstruidas, negocios cerrados, vidrieras cubiertas de polvo, y en ciertos rincones, nombres que suenan a eco de lo que fue, “Los Vitrales”, el que fuera faro de vitrinas y luces, aquel edificio que prometió sol en su nombre, y que, hoy tiene la fachada deslucida, como maquillaje corrido por la lluvia.
El mítico Palacio del Sol, las antiguas zonas comerciales donde aún se lee, casi en un susurro, la palabra "Almacenes" y junto a ella, el apellido que resume el abandono, Almacenes García, son monumentos de una prosperidad que se fue deshilachando y que ahora, quedan como prótesis que se oxidan. Las casas antiguas, esas con balcones de hierro forjado y escalinatas que sabían a historias, han empezado a inclinarse, a cuartearse, a soltar tejas como si fueran escamas; en algunos corredores, los muros muestran la escritura de la humedad y la grafía de la desidia. La basura, se apila en puntos que antes fueron encuentros, esquinas donde se vendía el periódico, plazas donde se cruzaban miradas, ahora son parterres de bolsas rotas, de envases que la lluvia convierte en brillo triste; las calles, están llenas de baches que funcionan como pequeños cráteres urbanos, pues al caminar por ellas, se siente la atención ausente del mantenimiento, la falta de asfalto como una herida que se infecta.
Las banquetas, cuando existen, están fragmentadas, muchas veces invadidas por raíces de árboles que se han hecho fuertes como un ejército vegetal; las raíces levantan losa, fragmentan la travesía peatonal, y convierten el trayecto en un ejercicio de equilibrio para, quien no quiera acabar con los zapatos llenos de barro. En muchas de esas aceras, han brotado puestos ambulantes, casi siempre improvisados, a veces ingeniosos, otras veces invasivos que, invaden el espacio público, y dan un aspecto de mercado desordenado que no dialoga con la arquitectura histórica, sino que, la ensombrece. La señalización vial brilla por su ausencia; semáforos desajustados, letreros faltantes y cruces donde el peatón y el automóvil, negocian la prioridad en la ley de la fuerza y la incertidumbre. Es un cuadro pintado con grises, pero los grises aquí no son neutros, son el color de la indiferencia municipal; hay una indiferencia oficial que se percibe, en la ausencia de proyectos coherentes, en los plazos incumplidos, en el silencio administrativo.
No es simplemente la falta de dinero (que también), es la ausencia de voluntad, de un plan que contemple la conservación patrimonial con dignidad, y con la participación de la comunidad. En el trazado del abandono, se vislumbran heridas en los cuatro puntos cardinales del centro, por la Aldama, por la Juárez, por la Colonia Centro y en barrios que, hasta hace pocas décadas, latían con comercios y talleres, hoy silencian las máquinas y cierran las cortinas. Los parques, prácticamente abandonados, pues cuando camino por estos espacios, todo parece más visible, los cristales rotos, los rótulos que se descuelgan, las fachadas con grafitis que no son arte, sino marcas de paso; las vigas que se pudren, y las paredes que se humedecen. Hay un olor que combina humedad y polvo, y a veces a comida que se vende en puestos que han elegido la calle como cocina; hay, también, voces que se quejan en voz baja, y otras que todavía sueñan en alto; comerciantes que recuerdan tiempos de feria, ciudadanos que proponen mercados culturales, artistas que ven potencial en los patios interiores, y se preguntan por qué no hay incentivos para que vuelvan a habitar estos inmuebles.
No es la primera vez que la ciudad se enfrenta a la necesidad de rescatar su centro, hubo momentos en que la mano pública invirtió en reordenamientos, en rehabilitaciones, en acciones que buscaban devolverle al centro, su función cívica y económica, por ello, es necesario recordar que las ciudades son organismos, y que las intervenciones pasadas, aun imperfectas, permitieron la llegada de luz a ciertas calles. Por eso, cuando hoy digo que urge un plan, no hablo desde el lamento exclusivamente, propongo memoria y proyecto. Y en esa memoria hay nombres asociados a momentos en que, se intentó cambiar el paisaje urbano, esa lista de actores públicos que en distintos tiempos intentaron alguna intervención, figuras como Patricio Martínez, Carlos Borruel, Marco Quezada, Reyes Baeza, Alejandro Cano y Luis Fuentes Molinar, menciones que no pretenden adjudicar logros ni culpas en bloque, sino recordar que la gestión pública, puede inclinar la balanza hacia la regeneración.
¿Qué hacer ahora, sin repetir errores y sin caer en soluciones cosméticas? Primero, una cartografía rigurosa y pública del estado de cada inmueble; inventariar fachadas, riesgos estructurales, propietarios, usos actuales y potenciales; Segundo, programas de incentivo fiscal para la restauración, vinculados a la obligación de mantener usos comerciales o culturales en la planta baja, y vivienda asequible en los pisos superiores; así, se recupera la mixtura que hace vibrar a un centro. Tercero, un control sensato del espacio público; ordenar puestos ambulantes mediante corredores autorizados, y diseños que respeten el patrimonio, sin criminalizar la economía popular, sino incorporándola con normas claras y dignas. Cuarto, recuperar banquetas y la movilidad peatonal, con proyectos de accesibilidad universal; reparar aceras, sanear raíces invasivas con arborización planeada, y sustitución de especies donde sea necesario. Quinto, señalamiento vial coherente, y mantenimiento constante, porque la seguridad no se improvisa. Sexto, crear un fondo público-privado, para la rehabilitación que funcione con transparencia y participación ciudadana, con plazos y metas claras y Séptimo, poner al frente del proyecto a gestores culturales y urbanistas que, trabajen con la comunidad y no en contra de ella.
Esto no es una lista técnica sin alma, cada punto implica recuperar vidas, generar empleos, devolver la dignidad a las fachadas y, sobre todo, recuperar la confianza entre vecinos y autoridades. La esperanza no es ingenuidad, es práctica; es imaginar que las plazas, vuelvan a llenarse de lectura y de música; que los patios interiores alberguen talleres, que los mercados, sean ingredientes de la vida cotidiana, y no decorados para la nostalgia, es, pensar en calles donde los niños puedan jugar, y donde los mayores encuentren bancos bajo árboles con sombra planificada, no bajo árboles que destruyen banqueta y cableado. Si algo enseñan los centros que se han recuperado en otras latitudes, es que la restauración patrimonial, puede ser también una política social.
Preservar la arquitectura, implica preservar la memoria, que puede ser la base de mejores economías locales, no se trata de embellecimiento, sino de pulso urbano, devolver la capacidad del centro, para alojar vida diversa, y eso pasa por voluntad, por recursos, por transparencia y por imaginación colectiva. Al final, el Centro Histórico no se salva con discursos ni con fotografía nostálgica; se rescata con manos que reparan, con normas que protegen, con empresarios que invierten con responsabilidad y con ciudadanos que vigilan; se rescata, sobre todo, con imaginación aplicada, proyectar usos mixtos, promover ferias culturales itinerantes, convertir inmuebles en incubadoras de oficio y arte, incentivar la vivienda para jóvenes emprendedores que, llenen de actividad los balcones. Si la indiferencia pudiera convertirse en política de Estado inversa, quizá hoy caminaríamos por calles limpias, con fachadas restauradas y comercios vivos; como no es así, toca exigir, proponer y trabajar.
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