
En las últimas décadas, no pocas naciones de nuestra América han sido cautivadas por el canto de sirena de los revolucionarios. Se presentan como redentores del pobre y arquitectos de justicia; mas, cuando el humo de su retórica se disipa, hallamos instituciones debilitadas, erarios exhaustos y una libertad cada vez más vigilada. No es juicio temerario: basta observar cómo, en distintos tiempos y geografías, los proyectos que prometieron igualdad absoluta terminaron erosionando la seguridad, la inversión y la confianza cívica. El fervor ideológico, cuando suplanta a la prudencia, suele devorar aquello que decía proteger.
El católico, sin embargo, ha caído en un doble error: o la ingenuidad crédula o la tibieza silenciosa. Algunos han puesto sus esperanzas en quienes desprecian la ley natural y relativizan la dignidad humana; otros, desencantados, se han retirado de la fe, creyendo que la política es fango indigno del alma y por ese fango dejan de creer en la única Esperanza, nuestro Señor Jesucristo. Ambas posturas son faltas de sabiduría, la ciudad terrena, aunque imperfecta, es ámbito de caridad. Desentenderse de ella es dejar el timón a quien navega sin brújula moral.
Los revolucionarios, hijos de una tradición que exalta la ruptura como método, suelen identificar como enemigo a todo límite: la familia, la tradición cristiana, la iniciativa privada, la fe pública. Con lenguaje de inclusión, promueven uniformidad; con bandera de derechos, multiplican dependencias; con promesa de pueblo, concentran poder; y cuando la crítica asoma, la tachan de traición. Tal dinámica no es nueva: la historia de los siglos recientes muestra cómo la revolución permanente termina por devorar a sus propios hijos.
No se trata de nostalgia estéril ni de defensa acrítica del pasado; también hubo injusticias que clamaban reforma, pero reforma no es demolición; la auténtica política, enseñada por la recta razón y por el tradicionalismo, busca armonizar libertad y responsabilidad, autoridad y subsidiariedad, justicia y misericordia, devolver a Dios lo que le pertenece, el Poder Civil. Allí donde el Estado suplanta a la persona y asfixia la iniciativa, la pobreza no disminuye: se administra.
Es menester, pues, abandonar la ilusión de que la izquierda será la salvación de la Patria. La única salvación es Cristo Rey; y de esa certeza brota una acción política concreta; para edificar una democracia con alma, donde la ley respete la vida, fortalezca la familia y promueva el trabajo digno. El seglar católico no puede contentarse con indignarse en sobremesa ni con replicar consignas en redes; debe formarse, votar con conciencia, vigilar el poder y, si es llamado, asumir responsabilidad pública.
La tibieza es cómoda, mas costosa. Cuando los hombres de fe se retiran, otros ocupan el vacío con proyectos que, aunque revestidos de justicia social, socavan los fundamentos morales de la nación. Participar no es traicionar el Evangelio; es prolongar su luz en la plaza pública. Si los revolucionarios han tomado el control, no es sólo por su astucia, sino por nuestra omisión.
Urge, entonces, despertar del letargo y recordar que la Patria no es botín ideológico, sino comunidad de destino. Defenderla exige valentía serena, inteligencia estratégica y caridad política. No para odiar al adversario, sino para disputar legítimamente el rumbo de la nación y restituirle un orden que reconozca a Dios como fuente de dignidad y a la persona como fin del Estado.