
El régimen creyó que bastaría una orden burocrática para que los ciudadanos entregaran su rostro, sus huellas y su identidad al gobierno. Creyó que el miedo sería suficiente. Pero se equivocaron. Hoy, pese a chantajes y amenazas, millones de mexicanos se están negando a someterse a la ley espía.
Frente al intento del régimen por imponer un sistema de vigilancia masiva mediante el registro obligatorio de datos biométricos y de líneas celulares, millones de mexicanos han decidido resistir y esa resistencia está dando resultados.
Pese a los chantajes, las amenazas y la propaganda oficial, la gran mayoría de los ciudadanos se ha negado a entregar sus datos biométricos al gobierno. No se trata de un simple trámite administrativo, como pretenden hacerlo creer desde el poder. Se trata de algo mucho más grave: la construcción de una arquitectura de control que permitiría al Estado saber permanentemente quién eres, dónde estás, con quién te comunicas y qué haces.
Ese es el verdadero rostro de la llamada “ley espía”.
El régimen ha apostado a gobernar mediante el miedo. Primero intentaron vender el registro biométrico como una herramienta contra el crimen. Después comenzaron las presiones burocráticas. Y ahora vemos cómo avanzan hacia el chantaje abierto: amenazas de suspender pensiones, condicionamientos para recibir atención médica o advertencias veladas desde distintas dependencias públicas.
Es una estrategia brutal: convertir derechos en monedas de cambio para someter a los ciudadanos.
Pero el pueblo de México, y particularmente el pueblo de Chihuahua, ha demostrado que la libertad no se negocia. Miles de ciudadanos han decidido no someterse a esta maquinaria de vigilancia. Han entendido que entregar sus datos biométricos no es un simple trámite, sino abrir la puerta a una tecnodictadura donde el gobierno tendría un control sin precedentes sobre la vida de las personas.
Hemos emprendido una ruta jurídica, legislativa y política para frenar esta deriva autoritaria, para que los ciudadanos se blinden contra esta tecnodictadutra de la CURP biométrica, del registro de líneas celulares y de cualquier intento de construir un sistema de control masivo sobre los ciudadanos.
Y lo decimos con claridad: pese a los chantajes y las amenazas, esta batalla la están ganando los ciudadanos de bien. Porque cuando un gobierno necesita recurrir al miedo para imponer sus políticas, es señal de que ha perdido la legitimidad moral para hacerlo.
Es previsible que el régimen arrecie en los próximos meses. Intentarán nuevas formas de presión. Habrá más chantajes burocráticos, más campañas de intimidación y más intentos de disfrazar la vigilancia como seguridad.
Pero la historia también enseña algo fundamental: cuando los ciudadanos defienden su libertad con firmeza, ningún régimen logra someterlos.
El régimen puede multiplicar las amenazas, endurecer los chantajes y utilizar todo el aparato del Estado para intimidar a los ciudadanos. Pero hay algo que no puede controlar: la voluntad de un pueblo que ha decidido no entregar su libertad. Y cuando esa voluntad se mantiene firme, ninguna tecnodictadura puede imponerse.