
En México se nos ha dicho durante mucho tiempo que somos una República Federal. Pero, ¿realmente lo somos? Ante el “Plan B” que mandó la presidenta al Congreso, el debate se abrió de nuevo. Sale la oposición argumentando que este vulnera el pacto federal. Y de aquí surge una duda fundamental en la vida pública de este país, ¿realmente se cumple este pacto en esencia?
Un poquito de historia. El pacto federal se lo inventan los gringos. Nace con la independencia de las 13 colonias de Inglaterra. Eran 13 excolonias recién independizadas, con nula experiencia para gobernarse a sí mismas, y que fácilmente podían ser invadidas y tomadas por los ingleses. Deciden formar una confederación, es decir, se reunían esos Estados independientes a platicar de temas en común y en su propio beneficio. Posteriormente, crean una federación en la cual estos entregaban facultades expresas a un gobierno que se iba a encargar solamente de estas. Facultades como la moneda, el ejército, relaciones exteriores, etc. Para poder protegerse mejor de futuros ataques de otros países. Suena muy bonito.
Les gustó mucho a los independentistas. Nunca fuimos una confederación y tampoco hubo estados libres y soberanos —salvo algunas excepciones—, pero les atrajo este modelo. Cuando se disuelve el primer Imperio Mexicano, consagran a Guadalupe Victoria como el primer presidente de la República Federal. Hubo tirones y jalones todo el siglo XIX sobre cuál era el régimen que se debía adoptar en el país. Ya sabemos quiénes ganaron; hasta nuestros días la Constitución marca que tenemos un pacto federal.
¿Realmente se vive esto? No. Desde luego que hay legisladores que velan por el bienestar de su distrito o estado, pero la mayoría no lo hace. Si nos ponemos a analizar el número de iniciativas presentadas por legislador, los que más presentan son los coordinadores parlamentarios. ¿Y los otros qué hacen? Platican entre ellos de una forma muy amena; hasta el cafecito se han de tomar.
El dilema parte de que muchos de ellos no le deben la candidatura a su distrito, o a los militantes de su partido de ese territorio. Sino que las decisiones de estas candidaturas se toman desde la capital. Otro dilema: no solamente las candidaturas se deciden desde el centro del país; las reformas regresivas del oficialismo han ido acotando el margen de soberanía que los estados tenían. Y así, no solamente se controla desde la Ciudad de México las decisiones parlamentarias, se controla todo: presupuesto, políticas públicas, salud, seguridad y más. Decisiones recientes de este tipo llegan a invadir competencias comprendidas en el pacto.
Con esta nueva iniciativa presidencial se alega que sí hay un pacto federal, cuando muchos de estos interlocutores han sido parte para debilitarlo en los últimos años. El poder sí se debe ejercer desde la capital, pero no todo. Y sería un gusto para la ciudadanía que los gobernadores volvieran a tener iniciativa propia y capacidad de toma de decisiones. Esto, que no parta solamente de la vía política, sino también de la ley, algo que, como ya hemos dicho, ha sido debilitado en los últimos años.
Tiempos aquellos cuando los gobernadores eran capaces de decirle sus verdades al presidente, manteniendo su autonomía y distancia del poder ejecutivo. La consolidación de la democracia en el 2000 nos trajo un avance en el pacto federal que hoy se ha perdido. Por lo que será imperativo en los próximos años la lucha para consolidarlo de nuevo.
Esperando acabar con la ficción que tanto se nos quiere hacer ver como cierta.