
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Caminar hoy por las calles del centro de Chihuahua, es invocar a los fantasmas de una arquitectura que alguna vez prometió modernidad inquebrantable, y entre esos ecos de cantera y asfalto, destaca con una luz melancólica, la figura del desaparecido “Hotel Pacífico” y para entender la magnitud de este coloso, debemos situarnos en el año de 1961, época en la que la ciudad de Chihuahua despertaba a un ritmo vertiginoso, debatiéndose entre su pasado porfiriano, y la urgencia de un futuro cosmopolita. En aquel entonces, el corazón de la urbe latía con una fuerza distinta en la intersección de las calles Aldama y las numeradas 19ª y 21ª, un sector que hoy guarda el silencio de lo que fue y ya no es.
Fue precisamente ahí donde don Felizardo Pérez R., empresario hotelero de una distinción natural, y una energía que parecía emanar directamente de las entrañas de la Sierra Tarahumara, decidió levantar un monumento a la hospitalidad que cambiaría para siempre la fisonomía del barrio del Centro. El Hotel Pacífico, no nació del capricho, sino de una necesidad imperiosa y casi humanitaria, pues Chihuahua, en esa transición hacia la década de los sesenta, padecía una carencia crónica de alojamientos dignos. Los viajeros que descendían de las majestuosas y gélidas cumbres de la Sierra Madre, tras días de travesía, llegaban a la capital, solo para enfrentarse a un viacrucis de posadas lúgubres, dormitorios sin servicios, y establecimientos donde la apatía de los gerentes era el único plato del día. Esta falta de confort, obligaba a los visitantes serranos a realizar sus trámites médicos o comerciales en una estampida frenética, huyendo de regreso a sus comunidades apenas el sol se ponía, pues no encontraban en la ciudad un lugar que se sintiera como el hogar propio.
Don Felizardo, un hombre cuya estatura física guardaba una proporción perfecta con su robustez de trabajador incansable, comprendía este dolor y a sus 43 años, rebosante de una vitalidad que contagiaba a quien se acercara a su escritorio, recordaba con una nitidez asombrosa, el origen del predio donde hoy solo queda el recuerdo. Contemplaba con ojos críticos, aquella antigua "casa de piedritas" que había adquirido, una mole de piedra ruinosa y decrépita, marcada por cuarteaduras tan profundas y amenazadoras que parecían advertir sobre la fragilidad del tiempo. El edificio original, tenía una fama oscura, una reputación que don Felizardo calificaba como "no apta para pruebas de ácido", y tras intentar en vano rescatar la estructura invirtiendo sumas respetables, el peligro de que la mole se desplomara sobre los automóviles de un garaje vecino, lo obligó a tomar una decisión radical. Cerró los ojos, aspiró una bocanada de ese aire seco y transparente de Chihuahua, y dio la orden de derrumbarlo todo para edificar desde los cimientos una nueva esperanza.
No fue una tarea sencilla, el suelo, traicionero e inestable, desafió a los ingenieros de la época, obligándolos a enterrar enormes zapatas de concreto, anclas ciclópeas que buscaron la solidez en el subsuelo para sostener los sueños de modernidad de Pérez R. Así, tras suspensiones y costos crecientes, en octubre de 1961, el magnífico Hotel Pacífico abrió sus puertas, justo frente al entonces vibrante Cine Estrella, ese palacio de celuloide que años más tarde, sería devorado por un incendio feroz y devastador, dejando al hotel como el único vigía de la calle Aldama. La entrada al Pacífico era una experiencia sensorial completa, el aire olía a una mezcla embriagadora de cera para madera fina, y a ese aroma metálico de la modernidad tecnológica, don Felizardo no escatimó en detalles, amuebló las treinta habitaciones con un estilo arquitectónico moderno, funcional y profundamente cómodo, instalando lámparas de diseño vanguardista, cortinas de telas pesadas y elegantes, y algo que para la época era un lujo reservado a la aristocracia: teléfono y televisión en cada cuarto. Este despliegue de tecnología solo era comparable con el del Hotel Victoria o el recién erigido Hotel Presidente o Fermont, pero el Pacífico tenía algo que los demás no tenían, el alma de la sierra.
Don Felizardo solía decir, con una sonrisa de satisfacción que iluminaba su rostro robusto, que la gente de la Tarahumara ya tenía un hogar en Chihuahua, donde podían estrechar la mano de los amigos y conversar bajo la sombra proyectada por las torres de Catedral, a tan solo unas cuadras de distancia. La ubicación era estratégica, un epicentro donde convergían los poderes políticos, los establecimientos médicos, y los grandes almacenes de maquinaria, convirtiendo al hotel en el puerto seguro para los navegantes del desierto y la montaña. Para comprender la vida que bullía en sus pasillos, es necesario invocar los testimonios de quienes habitaron sus alcobas, don Silverio, un veterano ganadero de Guachochi, recordaba con nostalgia cómo el Pacífico fue el primer lugar, donde no se sintió un extraño en la gran ciudad, para él, el hotel era una extensión de la hospitalidad serrana, donde el agua caliente fluía con una generosidad que parecía un milagro, y las sábanas blancas, siempre impecables y frescas, le permitían un descanso reparador después de días de negociar el precio de la res.
Por otro lado, doña Elena, una mujer que visitó Chihuahua en 1964 para la graduación de su hijo, mencionaba con deleite el restaurante del hotel, donde una cocinera, seleccionada con requisitos casi sagrados, preparaba platillos que eran verdaderas obras de arte culinario, servidos con una cortesía que hacía sentir a cualquier huésped como un miembro de la alta sociedad. Ella recordaba especialmente la luz que entraba por los ventanales al atardecer, bañando el lobby en un tono ocre y dorado, que hacía que las lámparas de diseño parecieran joyas suspendidas en el tiempo. Incluso, los niños encontraban en el Pacífico, un mundo de maravillas. Javier, quien entonces tenía apenas siete años, recordaba el hotel como un laberinto de fascinación, para él, el teléfono en la habitación era un artefacto mágico que lo conectaba con un mundo invisible, y la televisión, con su pantalla parpadeante, era una ventana a realidades lejanas que solo el hotel de don Felizardo podía ofrecer en pleno centro de la ciudad.
Mientras tanto, viajeros comerciales como Arturo, un agente de ventas que recorría el estado de punta a punta, valoraba por encima de todo el estacionamiento privado, un lote seguro que le permitía dormir sin la preocupación de que su mercancía fuera víctima de la noche chihuahuense. Arturo solía decir que la diferencia del Pacífico, radicaba en su personal, desde el último botón hasta el gerente, todos estaban imbuidos de una mística de servicio que garantizaba no solo una cama, sino una experiencia de dignidad y respeto. La cronología del hotel estuvo íntimamente ligada a los grandes hitos de la región, Su inauguración coincidió con la víspera de la apertura del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico, una obra de ingeniería monumental que conectaría el desierto con el mar de Sinaloa, así, don Felizardo, con una visión que trascendía su tiempo, entendía que su hotel sería el primer saludo para los turistas que vendrían del lejano Oriente, de Sonora y de Baja California.
Él visualizaba a los chihuahuenses provincianos, observando con ojos atónitos la grandeza de su propia sierra desde el tren, para luego, descender en la capital y encontrar en el Hotel Pacífico un refugio moderno que no envidiaba nada a los establecimientos de las grandes metrópolis. Era un puente entre la tradición artística de Chihuahua, y la pujanza de una industria que apenas comenzaba a despuntar. El hotel, se erigía así cerca de los lugares más sagrados de la historia patria; el sitio donde don Miguel Hidalgo y Costilla exhaló su último suspiro, y el palacio donde el Benemérito Benito Juárez, estableció los Supremos Poderes de la República en 1864, protegiendo la soberanía nacional en medio de la intervención francesa. En los años setenta, el hotel vivió su madurez dorada, un joven estudiante de medicina llamado a don Roberto recordaba que, aunque su presupuesto era limitado, ahorraba lo suficiente para hospedarse en el Pacífico cuando tenía exámenes importantes, pues el silencio de sus pasillos, y la calidad de su iluminación, le permitían concentrarse como en ningún otro lugar. Para Roberto, el hotel era un santuario de orden en medio del caos del crecimiento urbano.
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Fuente: Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.