
Por Lucía Elía Salmón Reyes
lucysalmn@yahoo.com
Licenciada en Psicología-Universidad de Estudios Avanzados (UNEA)
Vivimos en la era de la hiperconectividad, donde un video de quince segundos puede revelar más sobre nuestra estructura social, que un tratado de sociología. Hace poco, navegando por las redes sociales, me detuve ante un contenido que se ha vuelto viral bajo la etiqueta del "humor", mujeres que graban a sus parejas de forma escondida para luego provocar un susto repentino. En las imágenes, ellas gritan o corren despavoridas sin motivo aparente, ellos, sin importar la edad, reaccionan con un instinto primario de alerta. Corren tras ellas, buscan protegerlas, se tensan ante una amenaza invisible.
Lo que para miles de espectadores resultó en una mofa digital, para una mirada observadora se convirtió en una radiografía de la condición humana. No hay motivo de burla en el miedo de un hombre, pues el susto y la alarma no tienen género, son mecanismos de supervivencia universales. Sin embargo, la risa del video escondía una verdad más profunda, la sociedad todavía se sorprende, y a veces se burla, cuando el hombre muestra vulnerabilidad o reacciones que escapan al control absoluto. Este incidente fue la chispa que encendió una reflexión necesaria sobre qué significa "ser hombre" hoy, y cómo esa definición, a menudo, actúa como una cárcel silenciosa.
Las masculinidades no son rasgos biológicos inamovibles, sino construcciones sociales, culturales e históricas, ya que, durante siglos, el modelo imperante ha sido la masculinidad hegemónica. Esta se erige sobre pilares de acero: la superioridad jerárquica, la fuerza física inagotable, la ausencia de miedos y el control emocional absoluto. Bajo este esquema, el éxito se mide por la capacidad de proveer y proteger, a menudo a costa del propio bienestar. Simone de Beauvoir, revolucionó el pensamiento moderno con su célebre frase: "No se nace mujer, se llega a serlo". Argumentaba que el género, es una construcción moldeada por la cultura, pero es vital reconocer que esta premisa, es un espejo que también refleja la realidad del varón; tampoco se nace hombre, bajo los términos de la sociedad, se llega a serlo, a través de un proceso de renuncia, así, desde la infancia, el niño es instruido en la omisión. "Los niños no lloran", "no seas sensible porque eso no les gusta a las mujeres", o "tú eres el responsable absoluto del destino de tu familia". Estas frases, no son solo consejos, son ladrillos con los que, se construye una identidad que prohíbe el miedo y castiga la duda.
Esta presión por ser un pilar inquebrantable, tiene consecuencias devastadoras que pocas veces aparecen en las estadísticas de salud de forma contextualizada, al hombre, se le ha enseñado a olvidarse de sí mismo, reprimir las emociones, no es un acto gratuito, el cuerpo siempre pasa factura. La depresión masculina, a menudo camuflada tras la ira o el aislamiento, las adicciones como mecanismo de escape, y el desgaste físico extremo son las cicatrices de este mandato. Un ejemplo claro y alarmante es, la relación del hombre con su propia salud, la masculinidad tradicional, dicta que ir al médico es un signo de debilidad. Hace unas semanas, conversando con un padre de familia, escuché una frase que resuena con dolorosa frecuencia: "Con que mi familia tenga lo necesario, no importa si yo desayuno un pan de dulce y un refresco". Este aparente acto de heroísmo cotidiano es, en realidad, una negligencia inducida por el sistema; es el resultado de una epidemia silenciosa de diabetes, enfermedades cardiovasculares y muertes prematuras. Por ello, el tabú, se vuelve especialmente crítico en temas como el cáncer de próstata y la resistencia a realizarse revisiones médicas continuas, o el miedo a procedimientos de exploración, vistos erróneamente como una amenaza a su virilidad, lo que, impide la detección temprana de riesgos, por lo anterior, el hombre prefiere enfrentar la enfermedad en silencio que "comprometer" su imagen de fortaleza.
Para entender el peso de este sacrificio, a veces debemos mirar hacia atrás, en mi propia memoria, habita un recuerdo que hoy, con la madurez de los años, cobra un significado distinto, puedo evocar las manos de mi padre: ásperas, marcadas por el trabajo rudo e incansable, eran las manos de un hombre que se entregó a la labor diaria para que a los suyos no les faltara nada, cumpliendo al pie de la letra el manual del proveedor. A pesar de que han pasado varios años, todavía veo su mirada cansada y ese paso tambaleante al regresar a casa después de jornadas que iban más allá de sus fuerzas. Hoy honro su memoria, pues gracias a su compromiso, soy la mujer que escribe estas líneas. Sin embargo, la reflexión es inevitable, ¿cuántos momentos relevantes del crecimiento de sus hijos se perdió por esa carga? Quizás, si el mundo le hubiera permitido darse el tiempo de cuidar su salud y entender que su valor no residía solo en su capacidad de producir, el destino nos habría regalado su presencia por mucho más tiempo. Su historia es la de millones de hombres que ven la vida pasar desde la trinchera del deber, olvidando que también tienen derecho al descanso y al cuidado.
El objetivo de poner este tema "bajo la luz" no es señalar, sino transformar, la propuesta de las “Nuevas Masculinidades o Masculinidades Positivas” no busca debilitar al hombre, sino liberarlo; se trata de desaprender conductas machistas para construir formas de ser basadas en la igualdad, la corresponsabilidad en el hogar y, sobre todo, el autocuidado. Para lograr un cambio real, debemos trabajar en tres frentes fundamentales: la Crianza, primera trinchera es el hogar, debemos permitir que nuestros hijos vivan una masculinidad donde la expresión de emociones no sea un tabú, sino una herramienta de salud mental. Un niño que puede decir "tengo miedo" o "me siento triste", será un adulto con menor riesgo de caer en conductas autodestructivas; la Salud Integral, es urgente desmitificar el cuidado personal, la salud física, emocional y espiritual, no debe ser un privilegio femenino ni una opción secundaria, pues, una vida saludable, es el requisito indispensable para disfrutar realmente de la familia que tanto se esfuerzan por proteger; la Redefinición del Éxito, debemos transitar hacia un modelo donde el éxito de un hombre, no se mida solo por su cuenta bancaria o su resistencia al dolor, sino por su capacidad de ser asertivo, de estar presente en los momentos importantes y de cultivar vínculos afectivos profundos.
En conclusión, la construcción del varón en la actualidad requiere una nueva ingeniería social; necesitamos hombres que se atrevan a soltar la armadura, que entiendan que su vulnerabilidad los hace humanos, no débiles. Solo así podrán alcanzar vidas plenas, disfrutar de sus familias con calidad de tiempo y, sobre todo, asegurarse de estar presentes en el futuro de quienes aman. Es tiempo de que el hombre deje de ser solo un proveedor de recursos, para convertirse en un proveedor de presencia, empezando por la presencia en su propia vida.
"La mayor fortaleza de un hombre no está en la dureza de su armadura, sino en la valentía de soltarla para descubrir su plenitud."
Lucía Salmón.