
En estos tiempos recios, donde la confusión se disfraza de piedad y el error se reviste de aparente luz, es menester hablar con claridad evangélica y rigor Doctrinal. No pocos fieles, bautizados en la verdad de Cristo, han vuelto sus ojos —y peor aún, su esperanza— hacia prácticas ocultistas: tarot, adivinación, esoterismo y la mal llamada “magia blanca”; yerran gravemente, pues lo que llaman luz no es sino sombra sutil.
Como ex satanista converso, proveniente de tales tinieblas, puedo sostener que no existe magia buena; toda invocación de fuerzas ajenas a Dios, aunque se oculte bajo imágenes de santos o fórmulas piadosas, participa de un mismo origen torcido. La Iglesia, desde antiguo, ha condenado tales prácticas no por capricho, sino por conocer su raíz: la soberbia humana que pretende dominar lo que sólo a Dios pertenece.
¿De dónde nace esta inclinación? De una fe sacrilega, debilitada, que no busca la voluntad Divina sino suplantarla. El hombre moderno, incluso el que se dice católico, desea resultados inmediatos: salud sin conversión, prosperidad sin sacrificio, amor sin virtud. Y en esa impaciencia, abre la puerta a lo preternatural, creyendo que puede servirse de ello sin consecuencias. ¡Ilusos!
El maligno espíritu, astuto como antiguo adversario, no siempre se presenta con rostro terrible. A menudo se disfraza de benefactor, concediendo pequeños favores para encadenar almas. Hace creer que sus “dones” provienen de Dios, cuando en realidad siembran dependencia, orgullo y alejamiento de la gracia; aquellos que piensan dominar tales fuerzas ignoran una verdad elemental: quien no obedeció a Dios, no puede mandar sobre los demonios.
En el ámbito social, esta desviación no es menor. La proliferación de estos cultos revela una crisis espiritual profunda, pero también un vacío en la acción pastoral y formativa. Cuando el fiel no es instruido en la Doctrina ni acompañado en su vida espiritual, buscará respuestas donde las haya, aunque sean falsas. Aquí recae una responsabilidad no sólo personal, sino también comunitaria.
Conviene, pues, hablar con firmeza y caridad: quien practica la magia, de cualquier color, pone en riesgo su salvación. No se trata de metáforas ni exageraciones piadosas, es una advertencia seria, sostenida por siglos de enseñanza. Dios aborrece estas prácticas porque apartan al hombre de la verdad y lo entregan al engaño.
La solución no reside en el miedo, sino en la conversión. Es urgente volver a los sacramentos, a la oración humilde, a la formación Doctrinal sólida. Nuestros Sagrados Pastores deben predicar sin ambigüedad, y los fieles, examinar su conciencia con honestidad. Renunciar al ocultismo no es perder poder, sino recuperar la libertad de los hijos de Dios.
Quien ha caminado en esas sombras y ha salido de ellas da testimonio de su falsedad, no hay atajos hacia la gracia, no hay poder fuera de Dios que no termine esclavizando; y no hay luz verdadera que no nazca de la Cruz.
Por, Sergio Bolio.