
En estos días sacratísimos en que la Cristiandad rememora los dolores y glorias de Nuestro Señor Jesucristo, conviene hablar con claridad meridiana: no hay verdadera vida católica sin piedad fervorosa ni sin penitencia sincera. Y, sin embargo, en nuestra patria se ha extendido una peligrosa languidez espiritual, una suerte de cristianismo cómodo que rehúye la Cruz y abraza la tibieza.
Diré, como quien ha visto el pulso de la sociedad por décadas, que esta indiferencia no es inocente. Ha sido alimentada por un ambiente público que privilegia lo inmediato sobre lo eterno, lo placentero sobre lo verdadero. Así, muchos fieles reducen la Semana Mayor a días de asueto, turismo o tradición folclórica, olvidando que en ella se juega el misterio central de la Redención.
Santo varón fue quien afirmó que “no se puede servir a dos señores”; hoy, no pocos intentan servir a Cristo y al mundo al mismo tiempo, resultando en una fe mutilada. La penitencia, lejos de ser despreciada, es medicina del alma; la piedad, lejos de ser mero sentimentalismo, es acto de justicia hacia Dios. Negarlas es, en el fondo, negar la seriedad del pecado y la magnitud del sacrificio del Calvario.
No faltan voces, aun dentro de ambientes eclesiales, que presentan un cristianismo sin exigencia, donde el sufrimiento es visto como anomalía y no como camino de santificación. Tal discurso, aunque seductor, es falaz; el demonio, padre de la mentira, susurra que la Cruz es innecesaria, que basta una religiosidad superficial para alcanzar la salvación. Mas la historia y la Doctrina enseñan lo contrario: quien no carga su cruz, no sigue verdaderamente al Señor.
En el orden político y social, esta tibieza espiritual tiene consecuencias palpables. Un pueblo sin disciplina interior es presa fácil de la corrupción, del desorden y de la manipulación. La falta de virtud privada termina por erosionar el bien común. Por ello, la llamada a la conversión en Semana Santa no es sólo asunto individual, sino también acto de responsabilidad cívica, aún con el pretexto de los enemigos de Dios y su Iglesia de que vivimos en un Estado "laico".
¿Qué hacer, pues? Ante todo, recuperar el sentido del sacrificio; ayuno, abstinencia, oración constante y participación consciente en los oficios litúrgicos no son reliquias del pasado, sino armas vigentes contra la mediocridad espiritual. Es menester apagar los ruidos del mundo: pantallas, excesos, banalidades; y disponerse al silencio fecundo donde Dios habla al corazón.
Asimismo, urge formar la inteligencia en la verdad. La fe no puede reducirse a emoción pasajera; debe estar cimentada en Doctrina sólida. Sólo así resistirá las pruebas y no claudicará ante las seducciones de la comodidad.
Finalmente, que cada católico se mire a sí mismo con honestidad: ¿vive conforme al Evangelio o conforme a la conveniencia? La Semana Mayor no admite simulaciones. Es tiempo de decidir si se camina con Cristo hacia el Calvario, o si se le abandona en la hora decisiva.
Quien abrace la Cruz con amor, hallará en la Resurrección no sólo un signo, sino una realidad viva que transforma el alma y renueva la sociedad.