Callejón Uranga: crónica de sombras, deseo y olvido en el viejo Chihuahua (Segunda parte)

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com 

 

El Callejón Uranga formó parte de ese tejido urbano de la ciudad de Chihuahua, ese que estaba desgastado, y su nombre quedó asociado a una zona que, según testimonios recogidos en estudios posteriores, albergaba prostitutas, borrachos y familias humildes en un mismo espacio áspero y degradado. Una vecina recordaba, ya en 1972, que para entrar a aquellas viviendas era necesario descender por un desnivel incómodo; dentro, los cuartos carecían a menudo de ventanas o incluso de puertas, la ventilación era casi inexistente, y el olor a humedad se imponía como una presencia amarga y persistente. En ese escenario, la vida no solo era dura, era frágil, expuesta, casi siempre silenciosa. El Callejón Uranga no aparecía como un simple “sitio de vicio”, sino como el resultado de una ciudad que había dejado crecer sus bordes oscuros, mientras reservaba las calles principales para la respetabilidad, el comercio formal y el discurso del progreso.

La crónica de aquel lugar no puede entenderse sin el clima moral que lo rodeaba; en otros barrios cercanos, como la Plazuela Perea y San Pedro, los vecinos denunciaban la invasión de cantinas disfrazadas de cafés, el ruido nocturno, las riñas y la presencia de “mujeres de mala nota”, expresión común de la época para señalar al sexo servidoras. El Callejón Uranga, por su parte, era recordado como un espacio más sombrío todavía, donde la frontera entre residencia y prostitución se volvía difusa, y donde la pobreza no tenía ya un rostro digno, sino una máscara de cansancio. La ciudad, empeñada en mostrarse limpia y moderna, observaba esos rincones como manchas que debían ser borradas. Sin embargo, mientras el poder redactaba bandos, planeaba pavimentaciones y hablaba de saneamiento, la vida seguía allí, obstinada, encendida a medias entre la miseria y la supervivencia. 

El Callejón Uranga, era un corredor de penumbras donde el alcohol, la necesidad económica y el abandono administrativo se daban la mano; las voces recogidas por la investigación histórica no lo describen con nostalgia, sino con una mezcla de temor, pena y resignación; se trataba de un mundo áspero, decadente, pero todavía habitado por personas concretas, con nombres, parentescos y heridas, no solo por la leyenda moral que más tarde lo envolvería. En ese sentido, el Callejón Uranga representa una escena urbana de dolor social, una pieza donde convergieron el hacinamiento, la vigilancia y el estigma, mientras la ciudad alrededor aprendía a mirar hacia otro lado. La modernización de Chihuahua, impulsada con más fuerza entre las décadas de 1950 y 1970, terminó por volver aún más vulnerable a espacios como ese; las políticas estatales de urbanización y reurbanización del periodo de 1956 a 1971, privilegiaron obras públicas, pavimentación, ampliación de calles y demolición de viejas construcciones, con el argumento de que la ciudad debía ofrecer un rostro más limpio, ordenado y funcional. En ese proceso, muchas vecindades fueron destruidas o desplazadas, y con ellas se fue deshaciendo también el Callejón Uranga, lo que antes había sido una hendidura poblada por marginados y mujeres de mala fama, comenzó a desaparecer físicamente bajo el peso de la maquinaria urbana. 

Los testimonios y estudios consultados indican que hacía comienzos de los años setenta el lugar ya estaba prácticamente en retirada, y que más tarde el terreno fue transformado hasta perder por completo su fisonomía original, hoy se identifica con un estacionamiento comercial en el área de Pacheco y Juárez, aunque el nombre también persiste, reutilizado en otros puntos de la ciudad, como la colonia Che Guevara y la colonia Del Bajo. Esa sobrevivencia del topónimo tiene algo de fantasma, el callejón fue borrado como espacio habitado, pero siguió apareciendo en accidentes, notas policiacas y referencias urbanas recientes, como si la ciudad no pudiera desprenderse del todo de ese nombre áspero que alguna vez nombró una zona de exclusión. En 2021, por ejemplo, la prensa registró la muerte de un adulto mayor por hipotermia en un Callejón Uranga de la colonia Che Guevara, y en 2022 se reportó el derrumbe de una barda, y parte del techo de una bodega en el cruce de Jesús García y Callejón Uranga, en el barrio Del Bajo; ambos casos muestran que el apelativo sigue vivo en la cartografía popular y periodística de Chihuahua.

La memoria del sitio, sin embargo, no ha sobrevivido solo por la prensa contemporánea, también ha permanecido en estudios académicos y en el eco de antiguos reglamentos, planos y relatos orales, por ejemplo, un mapa de 1922, ayuda a situarlo dentro del centro de la ciudad; el reglamento de 1876, permite comprender la mirada oficial sobre la prostitución, y los testimonios recogidos décadas después revelan la textura íntima del lugar, esa mezcla de humedad, desnivel, ausencia de puertas, ventilación deficiente, y vida apretada que convierte a una vecindad en un escenario casi trágico. El Callejón Uranga fue, al mismo tiempo, espacio físico y categoría moral, fue una dirección y una condena; para algunos representó la vergüenza pública, para otros, el último refugio antes de la intemperie; su historia, muestra cómo las ciudades construyen sus márgenes y luego se apresuran a borrarlos, como si el olvido pudiera resolver lo que el abandono produjo.  Pero no lo resuelve, lo que hace es dejar fragmentos, una referencia en un expediente, una nota en hemeroteca, una frase dicha por una vecina, una dirección que aún aparece en una esquina moderna, una memoria que se niega a desaparecer del todo. 

Por eso el Callejón Uranga, más que una simple anécdota urbana, es una crónica de la desigualdad chihuahuense, una narración hecha de sombras, de cuerpos cansados, de deseos escondidos y de una ciudad empeñada en parecer decente, mientras ocultaba sus costuras más rotas. Su antigua fama de zona de vicio y prostitución, no lo reduce a un escándalo pintoresco; lo convierte en testimonio de una época donde la miseria era administrada con reglamentos, corregida con pavimento y borrada con progreso, pero jamás totalmente vencida. Al final, el Callejón Uranga permanece como una cicatriz de la ciudad antigua, un lugar donde la noche tuvo siempre demasiada presencia, donde el sufrimiento se mezcló con la necesidad, y donde la moral pública intentó imponer orden sobre una realidad mucho más amarga y compleja. Su historia, reconstruida a partir de documentos escasos y voces dispersas, permite mirar el viejo Chihuahua, no como postal de nostalgia, sino como territorio de contrastes, el de los centros que brillaban y los callejones que se hundían; el de las campañas higienistas, y los cuartos sin puertas; el de la autoridad que quería corregir, y la gente que apenas podía sobrevivir. En esa tensión, se cifra el verdadero significado del Callejón Uranga, no solo fue un sitio de tolerancia o prostitución, sino una expresión cruda de cómo la ciudad trató a sus desposeídos, cómo los nombró, los escondió y finalmente los dejó caer en el silencio.

El Callejón Uranga no era solamente un pasaje estrecho del antiguo Chihuahua, era, en realidad, el corazón oscuro de una geografía moral que latía al margen de la ciudad respetable. Hacia sus entrañas convergían, como ríos silenciosos, los pasos de quienes venían de lejos y de quienes, aun siendo locales, buscaban perderse en una noche sin nombre. No se llegaba al callejón por casualidad, se llegaba siguiendo un rastro, una intuición, una necesidad que comenzaba muchas cuadras antes, en lugares que parecían ajenos pero que, en realidad, formaban parte del mismo tejido invisible. En la memoria oral de aquella zona, el Hotel Napoleón aparecía como uno de esos primeros umbrales, allí, entre paredes gastadas y habitaciones estrechas que guardaban el eco de viajeros antiguos, se hospedaban hombres de paso, comerciantes cansados y forasteros que traían el polvo del camino adherido a la piel. 

Pero el descanso era apenas una ilusión breve. Más de uno, al cerrar la maleta, sentía cómo la noche lo llamaba con una insistencia difícil de ignorar, bajaban entonces las escaleras con cautela, salían a la calle y, casi sin darse cuenta, comenzaban a caminar en dirección al Callejón Uranga. Sabían —aunque no lo confesaran— que en ese rincón olvidado podían encontrar una copa, una voz, una caricia comprada que no exigiera explicaciones. Allí, decían los viejos, nadie preguntaba demasiado; bastaba con pagar y guardar silencio para que la noche hiciera su trabajo…esta crónica continuará.

“Callejón Uranga: crónica de sombras, deseo y olvido en el viejo Chihuahua”, forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea participar aportando información y fotografías para esta sección, será bienvenida ofreciendo el crédito de su aportación. Así mismo, si desea adquirir los libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas”, tomos del I al XIII, lo puede hacer en la Librería Kosmos o solicitarlos por Whatsapp 614148-85-03.

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