
Semanas revueltas. Los últimos días hemos visto de todo. Un suceso que movió a todo México y a la comunidad internacional: el reporte de personas desaparecidas por parte de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. La información acerca de esto no ha faltado, por lo que no le compete a esta columna comentar los claroscuros de esta situación. Lo que parece interesante y da origen a una reflexión trascendental es voltear atrás para saber donde nos encontramos. En el sexenio de Felipe Calderón sucedieron cosas a nivel artístico que siguen teniendo relevancia hoy en día. Una artista en específico.
Teresa Margolles, nacida en Culiacán, Sinaloa, encabezó un movimiento que retumbó la percepción de nuestro país en el extranjero. Ante la guerra contra el narco encabezada por el gobierno en ese momento, las malas lenguas dicen que el presidente dio la orden de que todos los artistas no movieran el avispero con creaciones a modo de queja. Es decir, callar ante el miedo colectivo que se hacía presente.
A Teresa le tocó dirigir el pabellón de México en la Bienal de Venecia titulado “¿De qué otra cosa podríamos hablar?”. Esto tuvo lugar en el Palazzo Rota Ivancich, un palacio histórico en el centro de la ciudad. En este lugar, se trapeaba con agua contaminada de sangre, cortinas remojadas con este mismo líquido, “vapores de la morgue”, que consistían en aire acondicionado con el agua que se había usado para limpiar cuerpos, y más. Una cosa tremenda; indigerible para muchos. En ese espacio en donde se hacían presentes esos vapores, había una banca. Esta banca había sido concebida con una mezcla de concreto combinada con fluidos de una persona asesinada.
Solo imaginar el entrar a una sala con un clima agradable y una banca sola. ¿Qué podría representar? Sin caer en cuenta de que estás respirando y viendo a la muerte en ese preciso instante. De pensarlo.
La recrudescencia de este mensaje no tuvo madre para Calderón. Para la época no existía la difusión digital que tenemos hoy en día. Aparece Margolles tomando todos los reflectores internacionales para ella y su lucha de vida, acompañada por el curador Cuauhtémoc Medina. El mensaje era claro. El paraíso tropical o playero que el turista disfruta, sus tacos, el tequila, los mozos mexicanos que lo atienden ganando el mínimo, la tienen difícil. Gritando a todo pulmón el hartazgo y la lloradera que tomó protagonismo en los hogares. ¿La causa? Una guerra sin estructura y viciada desde el principio.
El callar o la omisión por parte del gremio artístico representa la pura complicidad. El arte ha sido usado como un medio de pensamiento, oposición, aceptación, protesta, meditación, todo aquello que le evoque sentimientos y conecte con el alma. El poder de esta herramienta es valiosísimo, depende del uso que se le dé. Los regímenes han utilizado a figuras de autoridad y renombre para legitimarse. De recordar al grupo de intelectuales y pensadores que acompañaron a Carlos Salinas durante su campaña.
Es por ello, que la valentía de Teresa significó el deber de un artista ante la tragedia y la incertidumbre. Cuando muchos callaron, ella alzó la voz, a lo largo y ancho del mundo. Y vaya que se hizo escuchar.
La actualidad de esta obra artística es la misma que hace 17 años. Ante la crisis que vive el país, sería pecado ciudadano el callar, aceptar y actuar como si nada grave estuviera pasando. Es por ello, que hoy es necesario reflexionar, para mañana exclamar por el cambio anhelado.
Por, Patricio Deandar Solís.