Cuarenta años

Sin sesgo
Arq. Mario C. Contreras Figueroa

CUARENTA AÑOS

Cuarenta años, cuatrocientos ochenta meses, catorce mil seiscientos diez días (incluye diez años bisiestos). Tres vidas/perro. Media vida de una tortuga que se respete.

Como dicen -decimos- los viejitos, corría el año de 1979. Algunos de mis pocos lectores ni siquiera habían nacido. No existían los teléfonos celulares, ni los hornos de microondas. Para oír música, el radio (Canal 1280) o los casetes (esos que se adelantaban con una pluma BIC para no gastar el mecanismo de la casetera). Los discos de vinil no eran “vintage” sino de uso diario.

Tenía yo dieciocho años (todos los tuvimos alguna vez). Venía de un sistema protegido, con pocos cambios. Del jardín de niños, a la primaria, a la secundaria y a la prepa. Muchos de mis compañeros lo fueron desde el principio y no había que tomar muchas decisiones. Si tu familia tenía con qué, a la escuela privada. Si no, pues a una buena escuela pública.

Para la secundaria, el sueño de todas las mamás, pobres y ricas, era que sus hijos pasáramos el examen de admisión de la ETIC 100 (que ahora se llama EST2, aunque muchas madres retrógradas, como el peje, quieran mantenerle el estatus de ETIC). Para la prepa, los colegios de bachilleres o el nuevo Tec de Monterrey, para los menos.

Pero al salir, la decisión ya no era de los padres (bueno, la económica, sí, en todo caso).

Mi primera decisión trascendental de vida. La carrera profesional. El sueño frustrado de mi padre, que nunca pudo ser médico.

Lo lógico, en una familia de clase media limitada, era el Tecnológico o la UACH. Y las opciones, bastante restringidas: ingeniero industrial, abogado, médico, ingeniero civil o contador. Otros tiempos.

Pero no, el chamaco, desde siempre, había tenido el sueño de ser arquitecto. Para mi familia era como si les dijera que quería ser astronauta, o equilibrista de circo. Pero ¿para qué perder el tiempo estudiando “decoración de interiores”, si podía entrar a estudiar ingeniería civil? Tuvieron que llamarle a mi tío, el ingeniero (familia que se precie, tiene que tener un ingeniero, según decía mi abuela, o un médico, o un abogado), para que viniera a convencerme de mi error. Yo no iba a heredar nada de nadie, ni teníamos rancho, ni siquiera una pared donde colgar un título inútil. Aclaro que mi tío era ingeniero en minas y metalurgista, por lo que tampoco era una gran referencia. Arquitectura, como Diseño de Interiores, era una carrera MMC (“mientras me caso”).

Total, no me convencieron, porque mi vocación era más que clara pero, considerando las circunstancias, decidí aplicar para Contabilidad, con la consiguiente extrañeza de toda la sagrada familia (¿pues no que quería ser arquitecto? ¿Por qué no presenta el examen de ingeniería civil?).

Un día antes del examen de admisión, mi padre, que tenía más sentido común que recursos, me ofreció un trato, él sabía que solo estaba obedeciendo y atendiendo a nuestra situación económica, no a mis deseos (para los que no lo sabían, así eran antes las cosas, a los padres se les obedecía). Pues el trato era muy sencillo, podía estudiar arquitectura, pero solo me podían pagar un año y el resto de la carrera dependía de mí. Donde fuera, incluso privada, pero sólo un año. De las pocas opciones, la UNAM no me interesaba -no tengo alma de porro- y el Tecnológico de Monterrey implicaba no solo el gasto de la colegiatura (igual podía conseguir una beca), sino mantenerme fuera de casa por casi cuatro años. A los dieciocho años era como lanzarse al vacío. Ciudad Juárez no era opción por lo mismo, sin contar que los chihuahuitas no tomábamos esa clase de decisiones.

Y de la nada me entero que había una escuelita, que tenía ya diez años de existencia, formada por un grupo de arquitectos visionarios, que ya tenía cinco generaciones graduadas y que estaba incorporada a la Universidad pública. Era como una balsa en el océano, más que en el océano, en pleno llano, en Nombre de Dios, entre los nopales y los magueyes, donde se respiraba aire…… contaminado, de la cercana planta de Maseca.

La primera sorpresa, no se trataba de un experimento o una comuna hippie. Era una escuela perfectamente estructurada, con planes de estudio, si no muy actualizados, por lo menos completos y congruentes y muy buenos docentes.

Algunos de mis compañeros de preparatoria también iban a aplicar para entrar.

Consulté con un buen amigo y su consejo lo sigo, hasta la fecha: “piensa tu decisión, ponla en manos de Dios y no mires para atrás”.

Han pasado cuarenta años y nunca lo he hecho, es más, nunca he querido hacerlo.

Conocí amigos que lo han sido para toda la vida, a veces compañeros de trabajo, a veces socios, pero siempre amigos.

Tuve maestros que todavía marcan mi vida: Luis Aguilera, Gilberto Cedano, Angelita Calderón, Judith Ángeles de Bermúdez, Guillermo Soto (nuestro primer maestro, recién egresado de la carrera), Guillermo Díaz Greene, quien me enseñó a calcular estructuras, después de haberme titulado porque, como buen arquitecto, durante los estudios me negué a aprender.

Algunos de mis excompañeros son investigadores, empresarios de todos los tamaños, políticos, docentes. Yo mismo, por ejemplo de mis maestros, me he dedicado a la academia, entre otras cosas.

Sobre todo, somos personas de bien.

Una larga y duradera relación de amistad y más que eso, de fraternidad.

Este fin de semana nos hemos reunido para celebrar nuestros primeros cuarenta años de amistad y compañerismo.

La Morena, Manita, Mariví, Liz, Betty, Patty, Coco, Chago, Chayito, Emma, José, Benja, Rafa, el Primo, Javier, Roberto, Pepe, el Wilbur, Capiro, Rubén, Pepe, Raúl, Roberto y yo. Casi la mitad de todos, extrañamos a los demás. Sobre todo a los que viven fuera: Gela en Guadalajara, Gerardo en Caracas, pero también a los demás.

Cuarenta años no es nada, cincuenta tampoco lo serán. Espero que estemos dejando huella como generación.

¡Felicidades!

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