
Como la gente es muy habladora y luego andan diciendo que el intrigante es uno; respecto del flamante Poder Judicial dice una nota (https://nortedigital.mx/donmirone/nepotismo-al-centro-y-trafico-de-influencias-de-postre-la-guerra-cruz-vs-pan/) que: hubo ceses fulminantes entre personal administrativo y jurisdiccional (incluso personas con carrera judicial); el recién creado Órgano de Administración Judicial ha asumido funciones casi de Robespierre; la inquietud crece al interior del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) porque los ajusticiamientos de personal se están ejecutando de manera bastante oscura; hasta ahora no se ha informado públicamente cuáles fueron los criterios para tomar esas decisiones, ni siquiera si hubo un debate real; votan despidos y nombramientos a mansalva, y los ánimos andan incendiados al interior del Poder Judicial, sobre todo entre quienes llevan años haciendo carrera.
Lo que la nota no dice es lo que está en el trasfondo.
Primero, la incompetencia brutal de la persona que fungió como presidente del TSJ, quien no pudo, no quiso o no supo, cómo negociar con la administración —entiéndase el “quitapón”, el “quítense perras que ahí voy”, “el nada más mis chicharrones truenan”, el “que no puede ser candidato a la gubernatura porque en Chihuahua está prohibida la reelección a gobernador”, el “voy derecho y no me quito aunque se atraviese el PAN… que ya es mío, de mí, solito”— (a ver, ustedes ya saben de quién estoy hablando) a fin de mantener la estabilidad dentro del Poder Judicial. Lo que está pasando estaba “cantado”, estaba “anunciado”, vista la cantidad de magistrados descastados, intrigantes y ambiciosos que se les colaron.
Segundo, prueba de ello —del trasfondo de ese turbio asunto y la pasmosa incapacidad de la persona aludida— es que nunca, jamás, se había visto que un funcionario de primerísimo nivel demandara al gobierno; y ahí tienen ustedes a la “brillante” persona expresidente del TSJ, que lo tiene demandado porque no sentó las bases de su propio despido ni, muchos menos, obvio, de la del personal del Poder Judicial al que, simple y sencillamente, dejó colgado de la brocha y le importó un pepino. ¡Qué bueno que tenía experiencia! ¡Qué bueno que quería al Tribunal! “¡Qué bueno!”, digo, porque si no ha sido así, como Nerón, incendia al Tribunal mientras toca la lira.
Conste que quiero creer que se trata de ineptitud y no de auténtica maldad; es decir, que sí lo intentó, pero le jalaron la correa y le dieron un puesto porque —decía don Porfirio Díaz—: “perro con hueso en el hocico, ni muerde ni ladra”.
Tercero, es decir, lo que estamos viendo y nadie entiende, o nadie lo quiere decir, es el desmantelamiento de un Poder que, otrora, era el único al que los cambios de administración le hacían lo que el viento a Juárez; ahora, con esta bola de castrados y descerebrados arribistas, se perdió esa útil, necesaria y pertinente estabilidad, porque alguien (el “quitapón”, etcétera) está negociando a contentillo, dándole a los magistrados lo que piden con tal de tenerlos como a la persona extitular, con un hueso en el hocico.
Cuarto: las maniobras perpetradas desde la administración, con la complacencia servil de los involucrados, su torpeza innegable o su voracidad desatada, a nadie sirve ni a nadie beneficia: ni al gobierno, ni a María Eugenia, ni muchos menos al PAN —que está quedando del carajo—; a nadie, excepto a la persona titular de un despacho jurídico que se está hinchando los bolsillos a puños y comprando futuras lealtades con dinero de los chihuahuenses, mientras destruye el único Poder que mantenía cierta, relativa dignidad, en la persona de sus servidores públicos.
Quinto: de eso es que se debería ocupar Paco Acosta: de los millones de pesos que le han costado al Erario los injustificados despidos, porque ésa sí es corrupción; en vez de andar declarando babosadas o tomándose selfies idiotas.
Ésa es la verdad y es lástima que las notitas que andan por ahí no lleguen al fondo del asunto, que lo eludan o, peor, que haya cobardes que festinan los despropósitos y desplantes del “quitapón” (etcétera) a la espera de las migajas que les arroje.
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Luis Villegas Montes.