Desde niños es normal que juguemos a la pelota, a las muñecas, a los carritos, al trompo o cualquier cantidad de pasatiempos recreativos. A la niñez le gusta, le apasiona y le divierte. Los más populares entre los niños suelen ser los deportes.
El deporte desde luego que es una actividad sumamente positiva para las infancias. Desde los beneficios psicológicos, sociales, lo que ya sabemos. Por lo que es normal que los padres opten por que sus pequeños practiquen y se apasionen por uno o varios deportes. ¿Y cuál es el más popular en México? Sin duda alguna el fútbol. No hace falta una métrica que lo compruebe, es evidente.
Su servidor nunca fue fanático de dicho deporte, pero conoce de cerca la afición que levanta en todo el mundo. Y cuando pensamos en un partido de fútbol, con contadas excepciones, nos imaginamos un rato agradable y ameno. Por naturaleza los niños suelen anhelar el salir a la calle a jugar. Y sería delito divino el privarlos de esto.
Hace unos días los periódicos de todo el país sacudieron con una nota desgarradora. El 25 de enero hubo una masacre en un partido de fútbol con 11 muertos y 12 heridos. ¿Cuál fue la respuesta de la Presidenta? Indiferente. No hace falta otra palabra para describir su reacción ante lo sucedido. Días después, el periódico Reforma publica una nota en la cual hace un recuento de las muertes en partidos de fútbol llanero. En los últimos 7 años se han registrado 56 personas asesinadas en partidos de esta disciplina. Más que sorpresa, evoca impotencia.
¿Y qué nos pasó en México? ¿En qué momento nos convertimos en un país en el cual te cobran la vida por salir a jugar tu deporte favorito? Aquella actividad que saca a millones de mexicanos de un mal momento y redirecciona sus vidas.
Mientras la población vive estos estragos de violencia, vemos a la cúpula política regodeándose del Mundial. Celebrando, gritándole al mundo entero que tenemos año Mundialista. Con una estrategia de seguridad que jura y promete que vamos bien y mejorando, cuando claramente vemos civiles muertos. Una interrogante que debería de hacerse en la mañanera, es si a los extranjeros se les va a dar el mismo trato que reciben nuestros hermanos mexicanos. Si en caso de ser agredidos, sus victimarios disfrutarán de total impunidad.
No hay forma de que estén invirtiendo miles de millones de pesos en calles, avenidas, aeropuertos, transporte público, para la venida de un evento de fútbol, y sigan matando a aquel que lo juega. Farol de la calle, oscuridad de su casa.
Y como lo mencioné más arriba, y me gustaría hacer énfasis en esto, la niñez. ¿En qué momento la infancia mexicana volverá a tener el privilegio del que gozaron sus padres? El que un niño pueda salir a la calle con sus amigos a jugar, y volver aterrado y cansado a casa, sano y salvo. De las madres de este país, de poder tener la tranquilidad de que a su crío no le va a pasar nada.
No es estar en contra de lo que representa un Mundial; derrama económica, visibilidad internacional, afición y porras. Pero a mí como a muchos, me gustaría vivir un año Mundialista en el cual no tengamos miedo de salir a la calle.
Por último, si nos ponemos reflexivos, de pronto podríamos encontrar paralelismos con las Olimpiadas de Díaz Ordaz.
Por, Patricio Deandar Solis.