M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega
Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería
Conviene comenzar este artículo con una confesión que casi nadie hace en voz alta: la mayoría de las personas que conozco viven persiguiendo una versión del futuro que, cuando finalmente llega, encuentran demasiado ocupadas para disfrutar. Trabajan hoy por la tranquilidad de mañana, sacrifican el descanso de esta semana por el éxito del próximo año y posponen la vida para el momento en que «todo esté resuelto» —un momento que, sospecho que usted ya lo intuye, tiene la costumbre elegante de no llegar nunca—. Mientras tanto, el cuerpo envía facturas que la mente decide no abrir, y la salud mental se erosiona con la discreción de quien no quiere molestar.
Esta serie ha dedicado treinta artículos a examinar cómo la economía digital, la inteligencia artificial y la velocidad contemporánea moldean nuestras decisiones. Hoy, en esta colaboración especial de fin de semana, conviene detenerse en la más importante de todas las decisiones, la que ninguna tecnología puede tomar por nosotros y que, sin embargo, la prisa nos roba sin pedir permiso: la decisión de estar bien. No de parecer exitoso. No de producir más. De estar, sencilla y profundamente, bien.
La salud mental no es un lujo de los que tienen tiempo
Durante demasiado tiempo, la salud mental se trató como una preocupación secundaria, casi un capricho de quien no tenía problemas reales. La evidencia contemporánea ha desmantelado esa idea con datos que ya no admiten discusión. La Organización Mundial de la Salud documentó en su Informe Mundial sobre Salud Mental (2022) que más de mil millones de personas en el mundo viven con algún trastorno mental, y que la depresión y la ansiedad cuestan a la economía global aproximadamente un billón de dólares anuales en productividad perdida. La salud mental no es lo contrario del trabajo. Es la condición que lo hace sostenible.
En México, el panorama tiene una urgencia particular que esta serie ya documentó en su artículo sobre las crisis invisibles de Chihuahua: el estado registró en 2024 la tasa de suicidios más alta del país. Detrás de cada cifra hay una persona que, en algún momento, dejó de poder cargar lo que llevaba. Hablar de salud mental no es, por tanto, un ejercicio de sensibilidad bienintencionada. Es una conversación sobre supervivencia, y merece la seriedad que ese tema impone.
Cuidar la mente no es debilidad. Es el mantenimiento más elemental de la única herramienta con la que enfrentamos absolutamente todo lo demás.
El cuerpo lleva la cuenta que la mente prefiere ignorar
Existe una ilusión persistente en la cultura de la productividad: la idea de que la mente puede operar al máximo mientras el cuerpo se desatiende indefinidamente. La neurociencia ha demostrado, con una contundencia que conviene tomar en serio, que esa separación no existe. El cerebro es un órgano físico, y depende de las mismas condiciones biológicas que cualquier otro: descanso, movimiento, nutrición adecuada y un sistema nervioso que no viva en alerta permanente.
Matthew Walker, neurocientífico de la Universidad de California en Berkeley, documentó en Why We Sleep (2017) que la privación crónica de sueño deteriora la memoria, el juicio, el control emocional y la salud cardiovascular, con efectos comparables a los de la intoxicación alcohólica cuando la deuda de sueño se acumula. John Ratey, profesor de psiquiatría en Harvard, demostró en Spark (2008) que el ejercicio físico regular incrementa la producción de factor neurotrófico derivado del cerebro —una proteína esencial para la formación de nuevas conexiones neuronales— y que el movimiento es uno de los antidepresivos más eficaces y subutilizados que existen. La nutrición, lejos de ser un asunto meramente estético, regula la inflamación sistémica que la investigación vincula crecientemente con la depresión y el deterioro cognitivo. El cuerpo no es el vehículo que transporta a la mente. Es parte de la mente misma.
Una sabiduría de hace más de un siglo que la ciencia vino a confirmar
Resulta intelectualmente notable que muchos de estos principios fueran articulados con coherencia sistemática más de cien años antes de que la neurociencia tuviera las herramientas para verificarlos. A finales del siglo XIX, Ellen G. White —escritora, educadora y reformadora de la salud estadounidense— desarrolló en obras como El Ministerio de Curación (1905) un marco integral de bienestar humano construido sobre principios que entonces eran intuiciones y hoy son consenso científico: el aire puro, la luz solar, la abstinencia de lo nocivo, el descanso adecuado, el ejercicio, una alimentación sencilla, el agua y la confianza serena.
White escribió una frase que la psicología contemporánea podría firmar sin cambiar una palabra: que la alegría, el optimismo y la gratitud son, en sí mismos, condiciones de salud, mientras que la ansiedad sostenida y el desaliento deterioran el cuerpo. Lo que ella formuló desde una visión integral del ser humano, Barbara Fredrickson, investigadora de la Universidad de Carolina del Norte, lo confirmó décadas después con evidencia experimental: su teoría de la ampliación y construcción, publicada en American Psychologist (2001), demostró que las emociones positivas no son simplemente agradables, sino que amplían los recursos cognitivos, fortalecen la resiliencia y construyen reservas psicológicas que protegen frente a la adversidad. La convergencia no es casualidad. Es la señal de que ciertos principios del bienestar humano son lo bastante sólidos para resistir la verificación de paradigmas radicalmente distintos.
Lo que un siglo XIX articuló desde la fe, el siglo XXI lo confirma desde el laboratorio: no se puede pensar bien, ni vivir bien, en contra del cuerpo y del espíritu.
El pensamiento crítico como forma de cuidar la mente
Hay una dimensión del bienestar que rara vez se nombra en las conversaciones sobre salud mental y que esta serie ha defendido a lo largo de treinta artículos: el pensamiento crítico es, en sí mismo, una forma de higiene mental. En una época diseñada para mantenernos en estado de alarma permanente —noticias que indignan, comparaciones que duelen, urgencias fabricadas que nos roban la calma—, la capacidad de detenerse, examinar y discernir es lo que separa a quien gobierna su atención de quien es gobernado por ella.
Pensar críticamente no significa solamente evaluar argumentos ajenos. Significa también cuestionar las narrativas que nos imponemos a nosotros mismos: la idea de que valemos por lo que producimos, de que descansar es perder el tiempo, de que la felicidad llegará cuando alcancemos la siguiente meta. Esas creencias, examinadas con honestidad, rara vez sobreviven al escrutinio. Y desmontarlas es uno de los actos más liberadores que una persona puede realizar por su propia salud mental. El pensamiento crítico aplicado hacia adentro es lo que permite distinguir entre las exigencias que de verdad importan y las que solamente hemos heredado sin examinarlas.
Valorar el ahora: la única posesión que realmente tenemos
Existe una trampa temporal en la que casi todos caemos: vivir en un futuro que aún no existe o en un pasado que ya no podemos cambiar, mientras el único momento en que la vida verdaderamente ocurre —el presente— pasa inadvertido. La investigación de Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert, publicada en Science (2010), documentó con más de dos mil participantes que la mente humana pasa casi la mitad del tiempo divagando fuera del presente, y que ese estado de distracción está asociado de manera consistente con menor bienestar. No es lo que hacemos lo que más determina nuestra felicidad cotidiana. Es si estamos presentes mientras lo hacemos.
Valorar el ahora no es una consigna de calendario motivacional. Es una práctica concreta con respaldo científico: la atención plena —estar presente de manera deliberada y sin juicio— ha demostrado, en múltiples estudios revisados por Jon Kabat-Zinn y la literatura posterior sobre reducción de estrés basada en mindfulness, reducir la ansiedad, mejorar la regulación emocional y disminuir los marcadores fisiológicos del estrés crónico. El presente es, literalmente, lo único que poseemos. El pasado es memoria y el futuro es proyección; solo el ahora es real. Vivir despiertos en él no es renunciar a planear el mañana. Es negarse a perder el único día que de verdad tenemos en las manos.
El contentamiento: la riqueza que no depende de adquirir nada
Llegamos así a la palabra que da sentido a todas las anteriores, y que la cultura del consumo ha hecho todo lo posible por sepultar: el contentamiento. No la resignación, que es rendirse ante lo que podría mejorarse. No la complacencia, que es dejar de crecer. El contentamiento es algo más sofisticado y más difícil: la capacidad de estar en paz con lo que se tiene mientras se trabaja por lo que se anhela. Es la diferencia entre disfrutar el camino y sufrirlo esperando un destino que, cuando llega, inmediatamente se desplaza un poco más adelante.
La economía moderna depende, en buena medida, de que nunca alcancemos el contentamiento. Esta serie documentó en sus artículos sobre comparación social e industria de la insuficiencia cómo las plataformas digitales se sostienen precisamente sobre la insatisfacción permanente: si usted estuviera contento, compraría menos, compararía menos, deslizaría menos la pantalla. El contentamiento es, en ese sentido, un acto silencioso de resistencia. Tim Kasser, psicólogo que dedicó su carrera a estudiar el materialismo, documentó en The High Price of Materialism (2002) que las personas que organizan su vida alrededor de metas materiales y de estatus reportan consistentemente menor bienestar, más ansiedad y relaciones más pobres que quienes priorizan el crecimiento personal, las relaciones y la contribución a otros. Tener más no nos hace estar mejor a partir de cierto umbral. Querer mejor, en cambio, sí.
Ellen White lo expresó con una sencillez que la investigación moderna no ha mejorado: que un corazón agradecido y alegre es una medicina, y que quien aprende a estar contento con lo que tiene posee una riqueza que ninguna circunstancia externa puede arrebatarle. El contentamiento no se compra. No se descarga. No se alcanza acumulando. Se cultiva, como se cultiva cualquier disciplina valiosa: con atención, con gratitud y con la decisión diaria de mirar lo que se tiene antes que lo que falta.
La persona más rica no es la que más posee, sino la que menos necesita para estar en paz.
Una vida sostenible, no solo una vida productiva
Conviene reunir todo lo anterior en una sola idea práctica, porque la reflexión que no se traduce en vida es solamente entretenimiento intelectual. Estar bien no es un destino que se alcanza un día y se conserva para siempre. Es una práctica cotidiana hecha de decisiones pequeñas y repetidas: dormir lo suficiente aunque la cultura premie el agotamiento; mover el cuerpo aunque el día no deje tiempo evidente; comer de manera que el cuerpo agradezca en lugar de castigar; proteger momentos de silencio en un mundo diseñado para llenarlos de ruido; cultivar relaciones reales en una época de conexiones superficiales; y, sobre todo, practicar la gratitud deliberada por lo que ya existe en lugar de la ansiedad perpetua por lo que todavía falta.
Ninguna de estas prácticas requiere dinero, tecnología ni condiciones extraordinarias. Requieren algo más escaso y más valioso en la economía de la atención: la decisión consciente de priorizar el estar bien por encima del parecer ocupado. Y esa decisión, como casi todo lo que importa, no la puede tomar ningún algoritmo por nosotros.
Al final de esta serie de reflexiones sobre tecnología, economía y velocidad, conviene recordar lo más sencillo y lo más fácil de olvidar: ninguna inteligencia artificial, ninguna inversión, ningún éxito profesional sirve de mucho si quien lo alcanza ha perdido en el camino la salud, la paz y la capacidad de disfrutar el presente. El cuerpo que descuidamos hoy es el que tendremos que habitar mañana. La mente que no cuidamos es la que tomará todas nuestras decisiones futuras. Y el contentamiento que posponemos para cuando «todo esté resuelto» es, en realidad, una habilidad que solo puede practicarse hoy, con lo que hoy tenemos.
Que este sábado, en medio de un mundo que corre, sea una invitación discreta a detenerse. A respirar. A agradecer. A recordar que estar vivo, sano y presente es, examinado con honestidad, un privilegio extraordinario que la prisa nos enseñó a tratar como rutina.
No vivimos para alcanzar un día en que por fin estaremos bien. Estar bien es algo que se decide, se cultiva y se practica hoy, con lo que hoy somos y hoy tenemos. Lo demás, por valioso que parezca, puede esperar. La vida, en cambio, está ocurriendo ahora mismo.
REFERENCIAS
Fredrickson, B. L. (2001). The role of positive emotions in positive psychology: The broaden-and-build theory of positive emotions. American Psychologist, 56(3), 218–226. https://doi.org/10.1037/0003-066X.56.3.218
Kabat-Zinn, J. (2013). Full catastrophe living: Using the wisdom of your body and mind to face stress, pain, and illness (Ed. rev.). Bantam Books.
Kasser, T. (2002). The high price of materialism. MIT Press. https://doi.org/10.7551/mitpress/3501.001.0001
Killingsworth, M. A., & Gilbert, D. T. (2010). A wandering mind is an unhappy mind. Science, 330(6006), 932. https://doi.org/10.1126/science.1192439
Ratey, J. J., & Hagerman, E. (2008). Spark: The revolutionary new science of exercise and the brain. Little, Brown and Company.
Walker, M. (2017). Why we sleep: Unlocking the power of sleep and dreams. Scribner.
White, E. G. (1905). El ministerio de curación. Pacific Press Publishing Association.
World Health Organization. (2022). World mental health report: Transforming mental health for all. WHO. https://www.who.int/publications/i/item/9789240049338