
Una reflexión a propósito del Mundial 2026: Ninguna autoridad alcanza donde no llega la conciencia ciudadana.
Osvelia Galván. Familiólogos de Chihuahua, A.C.
Amanecemos de verde, blanco y rojo. Nos ponemos “la verde”, en cada esquina ondean banderas, hay alegría de un país que gana y se emociona al entonar el Himno Nacional. La Selección Mexicana ha ganado todos sus partidos en el Mundial de 2026 y, con cada triunfo, el orgullo colectivo se desborda por las calles. Es un espectáculo hermoso. Y, sin embargo, la emoción y la fiesta mutan: la celebración se vuelve exceso, el exceso se vuelve descontrol y el descontrol ha cobrado ya vidas inocentes. La pregunta, entonces, no es si sabemos festejar. Sabemos, y de sobra. La pregunta es más incómoda: ¿estamos preparados para el éxito?
Octavio Paz lo advirtió hace más de siete décadas. En El laberinto de la soledad describió la fiesta mexicana como una explosión, un paréntesis luminoso en el que el mexicano se abre al exterior y rompe, por unas horas, con la soledad que —según él— lo define. Pero esa apertura tiene un doble filo: la fiesta es también un retorno al desorden primordial, una celebración en la que la alegría puede desbordarse hasta rozar la violencia. En su lectura, celebrar libera; pero libera lo negativo. No es casual, entonces, que nuestras fiestas más luminosas rocen tan seguido la tragedia: en ellas conviven, inseparables, la alegría y el abismo.
El punto de fondo es la madurez. El Dr. José Antonio Lozano Díez, en La conquista de la madurez —escrita junto con Francisco Ugarte Corcuera—, sostiene que la madurez no es un regalo de la edad, sino una conquista: el fruto de decisiones libres, del dominio de los propios impulsos y de la capacidad de posponer la gratificación inmediata en nombre de un bien mayor. Vista así, prepararse para el éxito es, ante todo, un ejercicio de madurez colectiva. Una sociedad madura sabe celebrar sin destruirse; reconoce que la libertad de festejar termina donde empieza la seguridad del otro. Lo que está en juego en las calles de Chihuahua y de todo México no es la capacidad de gozar —esa nos sobra—, sino la de gobernar ese gozo.
Aquí conviene detenerse. El nacionalismo que hoy vibra no es, en sí mismo, el problema; es una energía formidable. La cuestión es hacia dónde la encauzamos. Un pueblo que canta unido su himno demuestra que puede sentir en conjunto; falta demostrar que también puede cuidarse en conjunto. Y ese camino no es automático: exige una decisión y una madurez cívica que no se improvisan en la euforia del gol.
Porque esa misma energía que hoy desborda las calles contrasta, dolorosamente, con nuestra indiferencia ante las tristezas sociales. Nos une un gol, pero nos deja impasibles el dolor del que busca. ¿Y si la multitud que corea el himno fuera también la que acompañara a las madres buscadoras que, pala en mano, rastrean a sus hijos? ¿Y si el fervor que enciende un estadio se transformara en exigencia por los más de cien mil desaparecidos que este país no ha sabido encontrar? Tenemos una seguridad social rebasada, hospitales que no alcanzan, una violencia que se volvió paisaje y una epidemia silenciosa de adicciones que consume a nuestros jóvenes. Ninguna de esas heridas se cura con un campeonato; pero todas podrían empezar a sanar con la misma pasión que hoy le regalamos al futbol. Encauzar la euforia hacia la empatía activa no significa dejar de celebrar: significa que, cuando termine la fiesta, no volvamos a mirar hacia otro lado. Que el mismo país capaz de abrazarse por un triunfo aprenda a abrazar a quien llora, busca, sufre…
Ese sería el verdadero gol: convertir la unidad efímera del festejo en solidaridad permanente.
El politólogo Robert Putnam ofrece una clave. En Bowling Alone documentó cómo el bienestar de una comunidad depende de su “capital social”: las redes de confianza, reciprocidad y cooperación que unen a las personas. Donde ese tejido es fuerte, las sociedades resuelven mejor sus problemas, cuidan más a sus miembros y toleran menos la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. La solidaridad, no es un sentimiento espontáneo: es una infraestructura invisible que se construye con hábitos cotidianos. Celebrar sin capital social es celebrar sobre arena.
Madurar y tejer comunidad exige algo que solemos evitar: mostrarnos vulnerables. Para la Dra. Brené Brown, en Atrévete a liderar, la vulnerabilidad es, al contrario, la cuna del coraje. No hay valentía sin exposición al riesgo, ni liderazgo —ciudadano o institucional— sin la disposición a incomodarse por el bien común. Una sociedad que quiere estar a la altura de su éxito necesita más coraje: el coraje de cuidar, de intervenir cuando alguien se pone en riesgo, de anteponer la empatía al cómodo “no es mi problema”.
La empatía es un valor, es la capacidad de reconocer al otro como un “yo” que también siente, teme y espera. Para Rifkin, la empatía no es debilidad ni sentimentalismo, sino la fuerza civilizatoria más poderosa que tenemos. Una sociedad empática no pregunta solo “¿cómo me divierto?”, sino también “¿a quién podría estar dañando?”. Esa doble pregunta es, quizá, la definición más sencilla de madurez.
¿Qué significa, entonces, prepararse para el éxito? Significa, primero, responder como ciudadanos responsables, acompañar a la autoridad en lo que le corresponde: prevención, no reacción. Operativos, rutas seguras, atención médica cercana y una regulación de los festejos antes de que se conviertan en trampas mortales. La vida de un inocente no puede ser el precio de un triunfo. Significa, sobre todo, asumir nuestra parte de responder solidariamente. Ninguna autoridad alcanza donde no llega la conciencia ciudadana. El éxito deportivo es, para México, un espejo: nos muestra de qué somos capaces cuando queremos algo con toda el alma. Si somos capaces de esa pasión, también lo somos de esa responsabilidad.
Porque el verdadero triunfo no se juega en la cancha. Se juega en la familia, en el trabajo, en la calle, después del silbatazo final, cuando cada uno decide si la alegría será constructiva y pacífica, si cuidará al desconocido que festeja a su lado o lo pondrá en riesgo.
México va ganando. Ojalá gane también fuera de la cancha: ganando en civilidad, en solidaridad activa, en empatía. Ese sí sería un campeonato para siempre. La pregunta sigue abierta, y la respuesta —el gol— depende de cada uno de nosotros. ¿Estamos preparados para el éxito? ¿Y si, sí? ¡Que gane la selección y que VIVA MÉXICO!