
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Mis primeras jornadas comenzaron antes del amanecer, aprendí a recorrer los potreros, revisar cercas, conducir el ganado y vigilar las labores de cultivo, el trabajo era duro, pero también profundamente satisfactorio y cuando las lluvias favorecían la tierra, los campos se cubrían de un intenso color verde que parecía desafiar la aridez característica de Chihuahua. Entonces la Quinta se transformaba en un verdadero oasis donde crecían vigorosamente el maíz, el trigo y el frijol, mientras enormes manadas de reses y caballos pastaban con tranquilidad. Aquellos años de abundancia quedaron grabados para siempre en mi memoria como la época más hermosa que conoció la hacienda.
Con el paso del tiempo, fui comprendiendo la compleja organización de aquella enorme propiedad, nada quedaba al azar, existían responsables para cada actividad, unos atendían las siembras, otros cuidaban el ganado, algunos trabajaban en la tienda de raya, y otros se ocupaban del mantenimiento de las construcciones. La capilla reunía a las familias los domingos y en las principales festividades religiosas, fortaleciendo los lazos de una comunidad que compartía alegrías, preocupaciones y esperanzas. Aquella organización explicaba por qué la Quinta Carolina era considerada una de las haciendas mejor administradas del estado de Chihuahua.
Fuera de las jornadas laborales también existían momentos para la convivencia, muy cerca de la hacienda, se encontraba el poblado de “Nombre de Dios”, sitio al que acudíamos durante nuestros días de descanso, allí la vida transcurría con otro ritmo; las familias paseaban por sus calles, los niños corrían entre los árboles, y los comerciantes ofrecían toda clase de mercancías. Con enorme entusiasmo, recibimos la noticia de que en aquellos terrenos sería construido un moderno parque de diversiones conocido como “El Tivoli”, proyecto que despertó el interés de toda la sociedad chihuahuense. Sin embargo, poco tiempo después, comenzaron a llegar los tranvías eléctricos que unían el centro de la ciudad con Nombre de Dios y la Quinta Carolina, facilitando el traslado de cientos de visitantes que buscaban disfrutar de los bailes, los jardines, las pistas de patinaje y las múltiples atracciones del lugar. Para quienes trabajábamos en la hacienda, aquellas tardes representaban un breve respiro después de intensas semanas dedicadas al campo.
Sin embargo, mientras la tranquilidad parecía reinar en los alrededores de la Quinta, el país comenzaba a estremecerse, desde distintas regiones, llegaban noticias inquietantes sobre levantamientos armados y movimientos revolucionarios que poco a poco alteraban el orden establecido. Al principio aquellos rumores parecían lejanos, casi irreales, pero con el paso de los meses empezaron a sentirse cada vez más cerca; las cartas que recibía la familia Terrazas hablaban de puentes incendiados, caminos inseguros y robos cometidos en distintas propiedades. Incluso la tienda de raya de la Quinta Carolina, fue saqueada por delincuentes que aprovecharon la incertidumbre para apoderarse del dinero y las mercancías.
Nadie sabía con certeza quiénes eran los responsables, algunos culpaban a simpatizantes revolucionarios, otros, simplemente, a oportunistas que encontraban en el desorden una ocasión para delinquir. Aquellos acontecimientos modificaron la vida cotidiana de la hacienda, las conversaciones durante las comidas dejaron de girar únicamente alrededor de las cosechas o del ganado, para concentrarse en aquellas procedentes de la capital y de otros puntos del estado. La preocupación comenzó a reflejarse en los rostros de quienes llevábamos años viviendo en aquel lugar, todos comprendíamos que los tiempos de paz podían terminar en cualquier momento.
Con los años llegué a convertirme en administrador de la Quinta Carolina, responsabilidad que asumí con el mismo compromiso que mis padres me enseñaron desde niño. Procuré tratar con justicia a cada trabajador, convencido de que una hacienda no se sostenía únicamente por la riqueza de sus tierras, sino por la dignidad de quienes las cultivaban. Vi crecer a mis hijos entre aquellos campos, los llevé conmigo a las corridas de ganado y los enseñé a respetar el trabajo honrado, del mismo modo, que mi padre lo había hecho conmigo décadas atrás. La Quinta Carolina dejó de ser únicamente mi lugar de trabajo para convertirse en mi verdadero hogar.
Hoy, cuando el paso del tiempo ha transformado aquellos paisajes y muchas de las construcciones originales han desaparecido, cada piedra de la vieja casona continúa hablándome de quienes entregaron allí sus mejores años. La Quinta Carolina, no fue solamente una propiedad de extraordinaria belleza arquitectónica, fue el escenario donde cientos de familias construyeron su porvenir, enfrentaron los desafíos de la Revolución y preservaron una forma de vida que forma parte del patrimonio histórico de Chihuahua. Mientras exista alguien dispuesto a contar estas historias, el recuerdo de aquella hacienda seguirá vivo, porque los edificios pueden envejecer y los campos cambiar de dueño, pero la memoria de quienes los habitaron jamás podrá ser borrada por el paso del tiempo.
Los recuerdos de don Ventura Chavira, último administrador de la antigua Quinta Carolina, adquieren el valor de un testimonio que trasciende la memoria familiar para convertirse en una auténtica crónica de la historia de Chihuahua. Cada una de sus palabras, permite reconstruir una época en la que la vida giraba alrededor del trabajo de la tierra, de la convivencia entre las familias que habitaban la hacienda y de los profundos cambios que marcaron el devenir de una de las propiedades más emblemáticas del estado. Don Ventura recordaba que la grandeza de la Quinta Carolina no solamente se medía por la inmensidad de sus tierras, sino también por la comunidad humana que florecía en su interior.
A unos cuantos metros de la imponente casona principal se levantaban tres largas cuadras de viviendas destinadas a los trabajadores. Cada casa, construida con sólidos muros, contaba con dos amplias habitaciones y una cocina donde diariamente se preparaban los alimentos que sostenían las agotadoras jornadas del campo. En total, eran sesenta viviendas que albergaban a decenas de familias, formando una comunidad unida por el trabajo, la solidaridad y la esperanza de un mejor porvenir. Con el paso de los años, el tiempo fue dejando su inevitable huella, cuando don Ventura evocaba aquellos días, su voz se impregnaba de nostalgia al recordar que únicamente permanecían en pie los vestigios de una de aquellas cuadras y algunas viviendas habitadas todavía por descendientes de los antiguos peones.
Entre ellos se encontraba doña Licha Portillo, familiar cercano del propio don Ventura, y doña Lupe Tapia, quien había alcanzado los ochenta y nueve años de edad y conservaba intactos los recuerdos heredados de su padre, el vaquero Luis Tapia. Para ambos personajes, aquellas modestas casas no representaban simples construcciones de adobe, sino el último vínculo con una forma de vida que poco a poco desaparecía bajo el avance de la ciudad. Al contemplar aquel escenario, don Ventura comprendía que cada piedra, cada árbol y cada sendero, guardaban historias que se negaban a desaparecer. Por ello, solía afirmar que resultaba verdaderamente impresionante intentar reconstruir el origen de aquella inmensa hacienda, pues su pasado se encontraba íntimamente ligado al nacimiento mismo de la ciudad de Chihuahua …Esta Crónica continuará.
“Don Ventura Chavira y la Quinta Carolina: una vida entre memoria, trabajo e historia, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) o mande un Whatsapp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.
Fuentes: Entrevista con don Luis y don José Chavira, hijos de don Ventura; entrevista con Sergio Chavira (nieto); fotos: Familia Chavira García.