Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Don Ventura Chavira en su última parte de la entrevista comentaba: “Trataba de ser útil dentro y fuera de la Quinta y con las enseñanzas que mi padre Alvino me había dado de niño, pude aprender algunos otros oficios como carpintería, sabía reparar las monturas de los vaqueros. les hacía las chivarrias, hacía teguas para mis hijos y para otras personas, bueno, de todo; reparaba los postes y curtía muchos cueros, porque en tiempo de secas, se morían muchas vacas y mayormente las que mataba el tren, ya que, se atravesaban en las vías del ferrocarril, por lo cual, tenía que quitarles los cueros y mandarlas en carros grandes a curtirlos en las baquetas y pedía los fustes para hacer las chaparreras.
“Hacía los fustes de todo a todo, con maletines y tapaderas para los carriones de los estribos, toda una montura hacía, solamente para echarlas encima del caballo. Para hacer todo esto, acondicioné una talabartería donde cortaba baquetas y otras cosas. Me acuerdo que cuando nació uno de mis hijos, el pequeño Luis el 19 de agosto de 1930, en eso me llamó el patrón para que fuera a las rancherías de los chinos que estaban muy cerca de la Quinta Carolina a vender algunos animales y comprar productos que ellos hacían. Esta comunidad era auténtica, proveniente del lejano país de China y al parecer habían llegado al sur de Estados Unidos y Baja California a trabajar en la construcción de la vía férrea a finales del siglo XIX y principios del XX, así como en las labores agrícolas en el Valle de Mexicali.
“Para ser más precisos, eran alrededor de tres o cuatro ranchos donde sembraban muchas verduras, tenía fuerte relación de amistad con ellos –decía Ventura- y tanto ellos como nosotros, nos ayudábamos cuando teníamos dificultades en nuestras parcelas; algunas veces, pedían prestadas herramientas agrícolas y se las facilitábamos, además, cuando nosotros necesitábamos implementos, ellos con gusto nos los proveían. Sin duda lo que ahora es un sector lleno de casas, basura y centro comerciales, antes era un verdadero vergel, ya que el agua brotaba casi hacia la superficie, tal era así que muchas veces se le podía extraer de hasta un metro de profundidad.
Todos teníamos noria en nuestras casas y, además, existían algunas muy grandes en los patios de las construcciones del patrón que estaban “armadas a pura cantera” y donde se sacaba agua para uso doméstico, y para regar grandes extensiones de tierra agrícola; de la misma manera, teníamos algunas bombas que nos ayudaban a sacar agua en cantidades importantes para todas las “faenas” de la hacienda. ¡Ah! Y no se diga aquello que nunca se me va olvidar cuando a don Jorge le llevaban un carrito que lo habíamos bautizado como “El Express” y que era jalado en ocasiones por mulas o caballos, sirviendo para llevarle todos los días agua al negocio y residencia que mi patrón tenía en el mero centro de la ciudad de Chihuahua en la calle Aldama No. 1000 y que, era conducido por mi buen amigo Anselmo Vázquez; ese líquido era cargado de las norias de la hacienda en tambos grandes y también en cántaros de leche de 30 litros cada uno.
“Con el tiempo y en la medida que iban creciendo mis hijos, empezaron hacer amistad con niños de las muy queridas familias chinas de la zona, a tal grado que, mis hijos Luis y José ya se juntaban con la “chamacada”. Me acuerdo que entre los amiguitos que vivían en el rancho “El Molino” estaba el pequeño Samuel, Luis, Pancho y otro niño de nombre Fua, que era del rancho “El Pajonal”, además de Cuco y dos Antonios, y muchos otros que hicieron ronda con mis hijos, además, sus padres siempre fueron sencillos, nobles y muy amigables, sin olvidarme los niños Kong y Wong. Todos mis hijos jugaban pacíficamente con todos los pequeños en las diferentes cuadras dentro de la Quinta a diferentes actividades como la quemada, “la trae”, las canicas, el bote volado, a los caballitos y soldaditos, a los policías y ladrones.
“Era una verdadera convivencia entre niñas y niños con juegos sanos y utilizando al máximo la creatividad, además, para salir de la rutina los niños se iban sin ningún peligro a los cerros cercanos, sólo que tenían que cruzar el río Sacramento que llevaba abundante y cristalina agua casi todo el año y no se diga, los enormes álamos que tenía a lo largo de su cauce, ¡No! era todo un vergel. Ya con mi familia viviendo en la Quinta Carolina, era necesario que mis hijos tuvieran buena educación, preocupación de mi querida Mary y yo, por lo cual, los empecé a mandar a que aprendieran el “a,b,c” allá en la escuela primara llamada Luis Terrazas, Artículo 123, que estaba dentro de la hacienda y que solo tenía hasta 4º año, recordando con cariño a las maestras Justa Valencia; más adelante, nos llevaron a otra escuela allá en Nombre de Dios, cursando los grados 5º y 6º año, y finalmente, mandé a algunos de mis hijos a Chihuahua a que estudiaran la carrera de “Curso Comercial.
“Lamentablemente una de mis hijas murió y las demás hijas al terminar su curso comercial, se dedicaron en Chihuahua como secretarias con especialidad en taquigrafía y mecanografía. Mi hijo Luis, también fue a la escuela comercial y bancaria, estudiando dos años y por decisión de él, ya no quiso seguir en la escuela. En cambio, José si llegó a estudiar y terminar la misma carrera. Después de estos triunfos, prácticamente me habían dejado solo en la hacienda, ya que mis hijos e hijas habían empezado a trabajar en Banrural, en el despacho del licenciado Oscar Ornelas K. y Héctor Ornelas.
“Pasaron los años y el destino de la Quinta empezaría tener un giro muy importante, pues estaba condenada a morir, junto a mis recuerdos. Un detalle importante en lo que se refiere a la “Carolina” es que don Jorge, descuidó mucho sus propiedades por permanecer lejos; entonces él, se iba mucho fuera y prácticamente dejaba la administración a su gente lo que originaba problemas serios debido a que la ciudad de Chihuahua estaba creciendo y las invasiones de terrenos se empezaron a dar por líderes del CDP (Comité de Defensa Popular), encabezados por Rubén Aguilar. Me podía mucho porque también llegaba mi fin en mi querida Quinta, y para 1970, después de 45 años de administrador. Poco a poco la voracidad de Aguilar y sus huestes, aniquilaban lo que en una época fue un lugar de mucha opulencia, convirtiéndola en zona de “guerra” quedando una de las primeras colonias dentro de los terrenos, como lo fue “Nuevo Triunfo y poco a poco los edificios de la Quinta fueron lapidados por las manos destructivas de gente que pedía “tierra”. Aparte de las invasiones que sufrió la enorme propiedad, el vandalismo empezó hacer de las suyas.
“Cansado con muchos años encima, me fui definitivamente a vivir a Chihuahua. Ante todo, creo que el haber vivido en la Quinta Carolina y el haber “echado” raíces muy profundas en ella y terminado mis días como administrador, me hizo ya nunca querer saber más de ella, más y cuando ya estaba siendo invadida. De ahí, para adelante todo fue nostalgia y muchos recursos. Ya todo estaba hecho, solo me quedaba esperar el día de mi partida y llegó en el año de 1984, cuando el Todopoderoso me llamó en medio de un sueño profundo. Ya no pude despertar más a la vida, porque un ser que provenía de una puerta que resplandecía con su luz, me tomó de la mano y me dijo: “Ven y sígueme” y lo seguí, y hoy que he tenido la oportunidad de contar parte de mi vida en medio de mi querida “Carolina”, me voy para no volver jamás. De esta manera cerramos este relato de uno de los hombres de más confianza de la familia Muñoz Terrazas, don Ventura Chavira, quién fuera el último administrador de la olvidada “Quinta Carolina”.
“Don Ventura Chavira y la Quinta Carolina: una vida entre memoria, trabajo e historia, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) o mande un Whatsapp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.
Fuentes: Entrevista con don Luis y don José Chavira, hijos de don Ventura; entrevista con Sergio Chavira (nieto); fotos: Familia Chavira García.