
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Cuando fui reportero y redactor en el periódico Norte de Chihuahua en los años 80 a finales de mi carrera universitaria, escuchaba sobre un personaje en Ciudad Juárez, y como alcalde, había emprendido diversos programas comunitarios, uno de ellos, denominado, “Los Barrios de Barrio” que, era la integración de grupos de cholos a la vida productiva, y quien lo llevaba a cabo era, Francisco Barrio Terrazas, uno de los personajes más representativos de la política chihuahuense, y por ese entonces, tuve la oportunidad de entrevistarlo. Barrio, junto con otros personajes del panismo local y estatal como don Luis H. Álvarez, Guillermo Prieto Luján, Carlos Chavira, Ramón Galindo Noriega, entre otros, iniciaron un movimiento transformador democrático en contra de la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional.
La ciudad de Ciudad Juárez ardía en los años ochenta con un fervor íntegro, combativo y febril: “Yo, Francisco Barrio Terrazas, contaba apenas con 33 años, cuando la injusticia del viejo régimen priista me empujó sin tregua a tomar partido. Nací el 25 de noviembre de 1950 en Chihuahua, y crecí con la convicción de que la contabilidad, la docencia y la empresa, podían ser instrumentos de orden y de cambio social; me formé como contador público en la Universidad Autónoma de Chihuahua, y cursé una maestría en administración; enseñé en el Instituto Tecnológico Regional, y me forjé en el mundo empresarial antes de asomarme al ruedo político. Esa formación técnica, y esa disciplina profesional, fueron mi armadura.
“En 1983, me afilié al Partido Acción Nacional y, contra pronósticos y con la rabia y la esperanza de miles, fui postulado como candidato a la presidencia municipal de Ciudad Juárez; la victoria no fue un mero resultado numérico, fue una fractura sonora en la costra de décadas del monopolio priista, un acontecimiento grandioso, rotundo y simbólico que resonó más allá de nuestras fronteras. Ser alcalde en aquel tiempo, significó asumir una responsabilidad ciudadana, un mandato de dignidad para una ciudad industrial, ruda y trabajadora que, exigía limpieza en las cuentas y limpieza en la política, fue mi primer triunfo visible, y el inicio de una lucha democrática que no dejaría sitio para la complacencia; ser alcalde de Juárez, entre 1983 y 1986, fue gobernar en la frontera con el pulso en la garganta; ejecuté proyectos modestos pero esenciales, instalación de alumbrado en avenidas oscuras, modernización administrativa, campañas de servicio público y limpieza, porque sabía que la transformación empieza por lo cotidiano.
“Reorganicé un Ayuntamiento que, por años, había funcionado en piloto automático; priorizamos controles financieros, austeridad responsable, y atención directa a colonias olvidadas; cada obra pública, por pequeña que fuese, llevaba el sello de una ética de servicio decidida, escrupulosa y solemne; en las plazas, y en la Avenida Juárez, los mítines brotaban como pulmones de esperanza; pancartas azules, voces alzadas, y la gente, hombres y mujeres de rostros curtidos por la frontera, depositando su fe en la palabra “alternancia”. Sin embargo, la política en Chihuahua de aquel tiempo, no era sólo una liturgia de promesas, era un combate titánico, pues, cuando al término de mi alcaldía, me lancé en 1986 por la gubernatura, la atmósfera era tensa, enconada y febril. Recorriendo carreteras polvorientas, plazas llenas de polvo, y fábricas con chimeneas que, escupían promesas incumplidas, supe que la contienda tomaría ribetes épicos; el resultado oficial, la entrega de la victoria al candidato priísta, Fernando Baeza Meléndez, pero mi equipo y un servidor, denunciamos un fraude masivo y la respuesta ciudadana fue visceral; se cerraron carreteras, se tomaron puentes internacionales, las plazas retumbaron con consignas de justicia, y la convicción de que habíamos sido despojados, se transformó en resistencia pública.
“Ese 1986 fue un verano de ira democrática que marcó mi historia política con una herida profunda, sangrante y permanente; la rabia por el fraude no fue solo mía, estremeció a toda una sociedad que ya no aceptaba manipulación ni simulación. La protesta fue intensa, organizada y dolorosa, hubo noches de vigilia, choques con granaderos, y un clamor que resonó hasta instancias internacionales. Aquel episodio, me obligó a aprender de la derrota, me enseñó que la lucha por la democracia no admite tregua, y que, el sacrificio personal y colectivo, es la materia prima de cualquier cambio duradero. Me alejé de la política formal unos años, no por derrota moral, sino para recomponer fuerzas y tramar la vuelta con paciencia estratégica.
“Regresé con la misma rabia y una experiencia más templada y en 1992, la perseverancia, el trabajo organizado, y el hartazgo ciudadano, se conjugaron y pude obtener la gubernatura de Chihuahua, convirtiéndome en el primer gobernador, surgido de la oposición en al menos siete décadas; un triunfo monumental, históricamente decisivo y simbólicamente rotundo que, marcó la consolidación de la alternancia en el Estado. Gobernar fue, otra vez, afrontar el reto de traducir promesas en políticas tangibles; impulsé reformas administrativas, promoví una cruzada contra la corrupción desde la fiscalización, y propuse modernizar la gestión pública con prácticas contables y administrativas que conocía desde mis años en la empresa. Gobernar el Estado, no fue cómodo ni romántico; fue un oficio áspero donde se exigía eficacia y rendición de cuentas.
“Pero no se puede dejar de escribir en esta crónica, sin enfrentar la verdad amarga, en Ciudad Juárez, durante los años en que me formé y ejercí influencia, se cometieron atrocidades contra mujeres, violaciones y asesinatos que, dejaron una estela de dolor inconmensurable. La respuesta del gobierno en esos años fue juzgada por muchos como insuficiente; hubo, sin duda, opiniones y frases desafortunadas, que alimentaron la indignación de madres y colectivos que demandaban justicia. En el corazón de la lucha democrática, también hubo sombras que no se pueden ignorar, cuando la política falla con las víctimas, la ciudad no olvida, y el reclamo perdura como una herida abierta. Esa contradicción, logros en la lucha contra la hegemonía, fallas en la protección de las vidas más vulnerables, forma parte de mi legado y lo reconozco con honestidad moral.
“Mi carrera no terminó en la esfera local, Más tarde, en la transición nacional que siguió al cambio de siglo, fui llamado al gobierno federal: en 2000 me nombraron Secretario de la Contraloría y Desarrollo Administrativo en la administración de Vicente Fox, cargo que ocupé hasta 2003, con la misión de combatir la corrupción y fortalecer la transparencia administrativa en la federación —una tarea delicada, imprescindible y cargada de presión política. Ese nombramiento fue la confirmación de que la experiencia regional puede transitar a la arena nacional cuando hay voluntad de transformación. También fui diputado federal y, años después, en 2009, acepté el encargo de representar a México como embajador en Canadá, nombramiento que la Comisión Permanente del Congreso aprobó y que me llevó a portar la voz de mi país en tierras de clima frío pero de diplomacia cálida. Estos episodios consolidaron una trayectoria pública que osciló entre la gestión municipal, el gobierno estatal y la representación internacional. Si alguien escribe mañana la historia completa, espero que no omita la persistencia de miles: los activistas que bloquearon puentes en 1986, las madres que nunca claudicaron en su demanda de verdad, los militantes que soñaron con alternancia, los funcionarios que trataron de modernizar la administración pública y los ciudadanos corrientes que —con votos, con gritos y con sacrificios— abonaron a la transformación.
"Mi vida pública fue, en definitiva, una ciudad hecha persona: complicada, luminosa, conflictiva, herida y orgullosa. Y si algo pido desde la distancia de mi propio legado es que esa ciudad continúe su marcha, vigilante, exigente, implacable con los abusos y generosa con quienes trabajan por la verdad” de esta manera terminaba la entrevista con el ex gobernador, Francisco Barrio Terrazas