
CORTAZAR, Guanajuato.- Madres buscadoras y la Fiscalía de Guanajuato confirmaron la localización de 20 cuerpos en varias fosas en comunidades y zona cerril.
Los trabajos de localización iniciaron en el mes de diciembre y la cifra final se obtuvo en marzo, con los 20 cuerpos de los cuales al menos 14 de ellos ya fueron identificados.
Los principales puntos fueron en la comunidad de la Gavia y Valencia de Fuente, donde incluso se supo en uno de los lugares se localizó lo que pudo ser un horno clandestino, versión que dieron madres buscadoras.
El desglose de los hallazgos indica que en uno de los predios fueron localizados ocho cuerpos; en un segundo predio, uno; en una zona serrana, cinco; y en un cuarto sitio, seis cuerpos más.
El alcalde de Cortazar, Mauricio Estefanía, había adelantado hace unas semanas que llevaban 16 cuerpos, versión que fue cuestionada por la fiscalía; sin embargo, posteriormente confirmaron que la cifra aumentó a 20.
En lo que va del año se han localizado más de 150 cuerpos en varias fosas de varios municipios principalmente Juventino Rosas en donde localizaron una fosa con 43 que ha sido la más cuantiosa en un pozo en desuso y también la más grande del 2025 y 2026.
En otra fosa localizada en la comunidad de Mexicanos en Villagrán a unos kilómetros de Cortazar localizaron ocho cuerpos de los cuales tres, dos hombres y una mujer ya fueron identificados por la fiscalía.
Latinus

La información que continúa surgiendo sobre el zafarrancho ocurrido al exterior del bar La 4 vuelve a colocar sobre la mesa un tema que incomoda, pero que no puede ignorarse: el actuar de servidores públicos encargados de la seguridad que, lejos de conducirse con responsabilidad, terminan involucrados en hechos de violencia mientras se encontraban en un entorno de consumo de alcohol.
De acuerdo con los datos que han trascendido, una mujer identificada como Karen resultó lesionada por proyectil de arma de fuego, en un incidente donde fue detenido César, señalado como instructor de la Secretaría de Seguridad Pública estatal, a quien se atribuyen las detonaciones. Además, se ha mencionado que la propia lesionada estaría adscrita al área de Operaciones Estratégicas de la Fiscalía y que también portaba un arma.
Más allá de lo que determinen las investigaciones, el caso exhibe una problemática recurrente: la aparente normalización de que elementos con responsabilidades sensibles frecuenten establecimientos nocturnos portando armas de cargo. No se trata de cuestionar la vida personal de los funcionarios, sino de subrayar la enorme responsabilidad que implica portar un arma bajo el respaldo del Estado.
El uniforme aunque no siempre sea visible representa una investidura permanente. La capacitación, el rango o la pertenencia a áreas estratégicas no son distintivos menores; son una encomienda que exige disciplina incluso fuera del horario laboral. El consumo de alcohol y el manejo de armas es una combinación que, por sí misma, debería encender alertas institucionales.
Este tipo de episodios golpea directamente la confianza ciudadana.
La percepción pública se deteriora cuando quienes tienen la tarea de proteger terminan protagonizando situaciones de riesgo.
La exigencia social no es extraordinaria: protocolos claros, supervisión efectiva y consecuencias cuando estos se incumplen.
Si las instituciones buscan credibilidad, deben asumir que la transparencia no es opcional. La sociedad espera investigaciones imparciales, deslinde de responsabilidades y, sobre todo, medidas que eviten que hechos similares se repitan.
Porque cuando la autoridad se involucra en actos que ponen en peligro a terceros, el problema deja de ser individual y se convierte en institucional. Y ahí, el silencio o la tibieza no son opciones.

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Más allá de lo que determinen las investigaciones, el caso exhibe una problemática recurrente: la aparente normalización de que elementos con responsabilidades sensibles frecuenten establecimientos nocturnos portando armas de cargo. No se trata de cuestionar la vida personal de los funcionarios, sino de subrayar la enorme responsabilidad que implica portar un arma bajo el respaldo del Estado.
El uniforme aunque no siempre sea visible representa una investidura permanente. La capacitación, el rango o la pertenencia a áreas estratégicas no son distintivos menores; son una encomienda que exige disciplina incluso fuera del horario laboral. El consumo de alcohol y el manejo de armas es una combinación que, por sí misma, debería encender alertas institucionales.
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Porque cuando la autoridad se involucra en actos que ponen en peligro a terceros, el problema deja de ser individual y se convierte en institucional. Y ahí, el silencio o la tibieza no son opciones.
