Condenan a "La Tuta" a 47 años y seis meses de cárcel

El último líder del grupo criminal Los Caballeros Templarios, Servando Gómez Martínez, alias "La Tuta" o "El Profe", fue condenado por un juez federal a 47 años, seis meses de cárcel y 13 mil 50 días de multa por los delitos de delincuencia organizada y contra la salud.

La Fiscalía General de la República (FGR) informó que los elementos de prueba obtenidos por la Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada (FEMDO) permitieron obtener la condena contra Gómez Martínez, preso desde 2015 en el penal de máxima seguridad de El Altiplano, en el Estado de México, tras ser detenido por la extinta Policía Federal en un operativo realizado en la capital de Michoacán.

Investigaciones ministeriales de la FEMDO, ubicaron a "La Tuta" como jefe de "Los Caballeros Templarios", con funciones de dirección y administración, teniendo como principal actividad el tráfico de drogas en diversos estados del país, principalmente en la región de Tierra Caliente de Michoacán.

Se le dictó la pena referida por los delitos de delincuencia organizada (finalidad de cometer delitos contra la salud con funciones de dirección) y contra la salud en la modalidad de fomento para posibilitar la ejecución de delitos de la misma naturaleza.

Tras romper con Carlos Rosales, "El Tísico", y Jesús Méndez Vargas, "El Chango Méndez", Nazario Moreno, alias "El Chayo", y Servando Gómez fundaron Los Caballeros Templarios.

En enero de 2022, un juez del Estado de México concedió un amparo a Gómez Martínez para que recibiera atención siquiátrica y le suministraran medicamentos para el trastorno de ansiedad y dolor de cabeza e insomnio que padece.

"La Tuta" se quejó ante el juez de "discriminación, abuso de autoridad, tortura física y sicológica, tratos crueles e inhumanos, humillantes" por parte de la autoridad penitenciaria.

Con información de Informador.mx

 

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Finalmente, hizo un llamado a no normalizar estos hechos, subrayando que no deben permitirse dentro de la vida pública.


Entre la placa y la copa: cuando la autoridad olvida el uniforme

La información que continúa surgiendo sobre el zafarrancho ocurrido al exterior del bar La 4 vuelve a colocar sobre la mesa un tema que incomoda, pero que no puede ignorarse: el actuar de servidores públicos encargados de la seguridad que, lejos de conducirse con responsabilidad, terminan involucrados en hechos de violencia mientras se encontraban en un entorno de consumo de alcohol.

De acuerdo con los datos que han trascendido, una mujer identificada como Karen resultó lesionada por proyectil de arma de fuego, en un incidente donde fue detenido César, señalado como instructor de la Secretaría de Seguridad Pública estatal, a quien se atribuyen las detonaciones. Además, se ha mencionado que la propia lesionada estaría adscrita al área de Operaciones Estratégicas de la Fiscalía y que también portaba un arma.

Más allá de lo que determinen las investigaciones, el caso exhibe una problemática recurrente: la aparente normalización de que elementos con responsabilidades sensibles frecuenten establecimientos nocturnos portando armas de cargo. No se trata de cuestionar la vida personal de los funcionarios, sino de subrayar la enorme responsabilidad que implica portar un arma bajo el respaldo del Estado.

El uniforme aunque no siempre sea visible representa una investidura permanente. La capacitación, el rango o la pertenencia a áreas estratégicas no son distintivos menores; son una encomienda que exige disciplina incluso fuera del horario laboral. El consumo de alcohol y el manejo de armas es una combinación que, por sí misma, debería encender alertas institucionales.

Este tipo de episodios golpea directamente la confianza ciudadana. 

La percepción pública se deteriora cuando quienes tienen la tarea de proteger terminan protagonizando situaciones de riesgo. 

La exigencia social no es extraordinaria: protocolos claros, supervisión efectiva y consecuencias cuando estos se incumplen.

Si las instituciones buscan credibilidad, deben asumir que la transparencia no es opcional. La sociedad espera investigaciones imparciales, deslinde de responsabilidades y, sobre todo, medidas que eviten que hechos similares se repitan.

Porque cuando la autoridad se involucra en actos que ponen en peligro a terceros, el problema deja de ser individual y se convierte en institucional. Y ahí, el silencio o la tibieza no son opciones.

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