Exnovia de Diddy revela el daño que las orgías salvajes le dejaron en su cuerpo

Casandra 'Cassie' Ventura, expareja del rapero estadounidense Sean Combs, conocido artísticamente como P. Diddy, ha revelado las marcas físicas que le dejó una larga orgía en el hotel Intercontinental de Los Ángeles (EE.UU.) en 2016.

Ventura declaró este miércoles durante el segundo día del juicio contra el rapero en el caso federal de tráfico sexual. Según Cassie, en ese encuentro ella acabó con un ojo morado, el labio roto y múltiples moretones en el brazo y las piernas por los golpes que Combs le propinó. Asegura que intentó huir y que él la persiguió por el pasillo del hotel, la tiró violentamente al suelo y la arrastró de vuelta a la habitación.

"Aprendí que podía suponer una escalada en la lucha y ser peor para mí", dijo, señalando que no pudo enfrentarse a Combs. Además, recordó que al día siguiente tenía un importante estreno, por lo que quiso complacerle en todo para que no se pusiera violento.

Los miembros del jurado vieron anteriormente un video que muestra a Diddy, desnudo y con una toalla en la cintura, arrojando a su entonces pareja al suelo y pateándola antes de arrastrarla por el corredor. Ventura aclaró a los miembros del jurado que cuando se defendía, Combs se enfurecía más.

Tras la agresión, Cassie se marchó del lugar. Sin embargo, P. Diddy empezó a enviarle mensajes, llamarla y chantajearla emocionalmente. "Tengo un ojo y el labio hinchado. Estás enfermo por pensar que lo que has hecho está bien, por favor, mantente lejos de mí", le dijo en un momento.

Cassie habló con la Policía, pero no dijo que el agresor había sido su pareja y han tenido que pasar siete años para revelarlo.

"Adicción de ida y vuelta"

Ventura explicó cómo los 'freak offs', que consistían en maratones de sexo con alto consumo de drogas y que podían durar entre 24 y 72 horas, también le provocaron lesiones y enfermedades. Combs la empujaba, le golpeaba en la cabeza y le pateaba.

Ventura reveló que ella era la responsable de contratar 'escorts' para las orgías y de pagarles con dinero de Combs. Además de su rol central en esas orgías en las que a menudo era golpeaba, el rapero la persuadía para que acudiera a clubes de sexo, en ocasiones, forzándola.

Para sobrellevar estas situaciones, la joven admitió que tomaba drogas y alcohol, lo que le generó una "adicción de ida y vuelta" con los opiáceos. Más tarde tuvo que someterse a rehabilitación. La combinación de la actividad sexual forzada y el consumo de drogas y alcohol le provocaban constantes problemas de salud, incluyendo infecciones y herida

Casandra también contó que después de separarse del rapero en 2018, este la violó tras tener una "conversación de cierre". Relató que ambos habían salido a cenar en un restaurante en Malibú (California), donde tuvieron una conversación "amable". En ese momento, ella ya tenía una relación con su actual esposo, Alex Fine. Combs la llevó de regreso a su apartamento, donde abusó de ella.

"Entré, él entró y me violó en el suelo de la sala", relató Ventura ante el tribunal. "Recuerdo llorar y decir que no. Fue rápido, tenía los ojos morados, no era él mismo, era como si alguien te estuviera arrebatando algo", agregó.

Testificó también sobre una agresión en un automóvil que, según ella, ocurrió al principio de su relación y que la dejó "conmocionada" y "enojada". Ventura dijo que había presenciado el momento en que el rapero coqueteaba en un restaurante con otra mujer y cuando regresaron a su auto, la golpeó en un arrebato de ira.

"Me golpeó en un lado de la cabeza y caí al suelo", manifestó. "Me sacudió y me asustó bastante. Así que salí del coche en 'shock', sin entender qué había pasado ni por qué estaba tan enojado", añadió.

Con información de actualidad.rt.com

 

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Más allá de lo que determinen las investigaciones, el caso exhibe una problemática recurrente: la aparente normalización de que elementos con responsabilidades sensibles frecuenten establecimientos nocturnos portando armas de cargo. No se trata de cuestionar la vida personal de los funcionarios, sino de subrayar la enorme responsabilidad que implica portar un arma bajo el respaldo del Estado.

El uniforme aunque no siempre sea visible representa una investidura permanente. La capacitación, el rango o la pertenencia a áreas estratégicas no son distintivos menores; son una encomienda que exige disciplina incluso fuera del horario laboral. El consumo de alcohol y el manejo de armas es una combinación que, por sí misma, debería encender alertas institucionales.

Este tipo de episodios golpea directamente la confianza ciudadana. 

La percepción pública se deteriora cuando quienes tienen la tarea de proteger terminan protagonizando situaciones de riesgo. 

La exigencia social no es extraordinaria: protocolos claros, supervisión efectiva y consecuencias cuando estos se incumplen.

Si las instituciones buscan credibilidad, deben asumir que la transparencia no es opcional. La sociedad espera investigaciones imparciales, deslinde de responsabilidades y, sobre todo, medidas que eviten que hechos similares se repitan.

Porque cuando la autoridad se involucra en actos que ponen en peligro a terceros, el problema deja de ser individual y se convierte en institucional. Y ahí, el silencio o la tibieza no son opciones.

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