Cuando el desierto cedió: la fundación de Delicias y la huella de Carlos G. Blake A (Segunda parte)

Crónicas de mis Recuerdos
Oscar A, Viramontes Olivas
Facebook: Oscar Vira
violioscar@gmail.com

La ciudad moderna de Delicias que hoy se conoce, nació entonces, de una suma de sacrificios, detrás de cada avenida hubo polvo levantado por la pala; detrás de cada canal, una lucha contra la sequía; detrás de cada lote, una decisión de gobierno; detrás de cada familia asentada, la esperanza de una vida mejor. Los llamados “Vencedores del Desierto” no fueron sólo una expresión literaria, sino el nombre simbólico de quienes aceptaron vivir en un espacio todavía áspero, convencidos de que el agua y el trabajo podrían transformar la región. Las dificultades fueron muchas, había que organizar tierras, construir infraestructura, atraer población, sostener el drenaje, prevenir inundaciones, y garantizar que la colonia no se desmoronara ante la falta de recursos.

El proyecto no era menor, se pretendía crear una ciudad agrícola en una región que debía reinventarse, en ese sentido, Delicias fue una escuela de tenacidad, una lección de ingeniería y un testimonio de fe civil. Su origen, sigue recordando que el progreso no nace del azar, sino de la constancia. Con el paso del tiempo, Carlos G. Blake Arias, quedó inscrito en la memoria del lugar como fundador, pero también, como símbolo de una manera de entender el servicio público. Su nombre, no sobrevive únicamente por haber ocupado un cargo, sino porque supo darle a ese cargo una dimensión histórica; su obra, no se limitó a Delicias, pero Delicias concentró su gesto más visible y más duradero. La casa que habitó, fue en la avenida Agricultura 302, forma parte del mapa sentimental de la ciudad, su memoria, aparece en celebraciones, reseñas locales y relatos que vuelven una y otra vez sobre la misma certeza; sin Blake, Delicias no habría tenido la misma forma; su vida terminó en 1969, pero su presencia sigue viva en la ciudad que ayudó a levantar. Y esa permanencia no es sólo institucional; es afectiva, porque los pueblos también recuerdan con el corazón a quienes les dieron origen. Blake, pertenece a esa categoría rara de hombres que dejan de ser solamente individuos para convertirse en raíz.

La historia de Delicias es, por tanto, una historia de fundación, trabajo, dolor y triunfo; es la historia de una ciudad que surgió en medio de la incertidumbre, impulsada por la política de riego, la visión técnica, y la esperanza de los colonos; es también la historia de un hombre que creyó que el desierto podía rendirse ante la inteligencia humana, y que, junto con otros ingenieros y trabajadores, consiguió hacer visible esa convicción. Carlos G. Blake Arias y Pedro Álvarez, representan dos momentos esenciales del origen, el primero, como el soñador que impulsa; el segundo, como el trazador que ordena. Entre ambos quedó tendido el puente que permitió que Delicias dejara de ser terreno y se convirtiera en ciudad. Y en ese tránsito, marcado por lágrimas, sacrificios, incertidumbre y esperanza, se escribió una de las páginas más significativas del estado de Chihuahua; la ciudad que hoy se admira por su modernidad y su productividad, sigue sosteniéndose sobre la memoria de aquella mañana de 1933, cuando un grupo de hombres decidió que el desierto no tendría la última palabra.

La memoria de una ciudad también se escribe con el pulso de los hombres que la soñaron antes de verla nacer, por eso, al volver la mirada hacia Delicias, no basta con contemplar sus calles amplias, sus avenidas rectas, sus campos fecundos y el movimiento trabajador que la distingue; es necesario también, internarse en la historia íntima de quienes, con voluntad férrea, inteligencia luminosa y una vocación casi heroica, arrancaron vida a un territorio que parecía destinado únicamente al polvo, al silencio y a la intemperie, el ingeniero Carlos Guillermo Blake Arias, un hombre de temple recio, mirada previsora y espíritu creador, cuya existencia quedó enlazada para siempre con el nacimiento y el crecimiento de la hermosa ciudad de Delicias; su relato, contado desde la serenidad de su hogar, no era solamente la evocación de un pasado remoto, sino el testimonio entrañable de una obra colosal levantada con esfuerzo, disciplina y fe en el porvenir; hablar de él, era hablar de un sembrador de horizontes, de un arquitecto de esperanza, de un mexicano cabal que supo convertir la aridez en promesa y la promesa en realidad tangible. En 1930, cuando fue llamado a desempeñarse como subsecretario de Comunicaciones y Obras Públicas durante el gobierno del presidente Pascual Ortiz Rubio, bajo la conducción ministerial del general Juan Andrew Almazán, ya llevaba consigo la experiencia, la visión técnica y el carácter firme, de quien entendía que las obras públicas no eran simples construcciones, sino actos de justicia y progreso.

 Permaneció dos años en ese alto encargo, y para 1932, regresó a la Comisión Nacional de Irrigación, donde habría de ocuparse de asuntos relacionados con el río Conchos, una región que poco a poco empezaba a reclamar su futuro con la voz de la tierra sedienta. En aquel tiempo, los trabajos principales estaban en manos de ingenieros norteamericanos que fungían como jefes o capataces; sin embargo, para sorpresa de muchos, Blake Arias, sería nombrado también jefe, convirtiéndose en el primer ingeniero mexicano con tal designación. Ese hecho, en apariencia administrativo, encerraba un profundo significado, era la confirmación de que la capacidad nacional, podía asumir con dignidad y eficacia las obras más exigentes, y de que un mexicano, estaba destinado a conducir uno de los proyectos más trascendentes de la región. Entonces, el canal principal de riego apenas alcanzaba diez kilómetros, partiendo del río Conchos en ciudad Camargo, y la presa “Ojo Caliente” todavía no existía, pues únicamente se encontraba la de “Las Pintas”, cuya edificación había demandado un año entero de trabajo duro, persistente y agotador. Cuando Blake tomó posesión del proyecto en 1932, el canal sería extendido hasta el kilómetro 105 en el río San Pedro, y el 15 de septiembre de ese mismo año, el agua correría por primera vez hasta la Sección Conchos.

Aquella fecha no fue sólo un dato técnico, fue un instante de revelación, una suerte de amanecer sobre la tierra agrietada, el anuncio de que el desierto podía obedecer a la inteligencia humana cuando ésta se unía a la constancia y al propósito común. En ese entonces, Blake Arias vivía en el campamento de irrigación situado en la hacienda de “Las Garzas”, a donde había llegado después de dejar la SCOP. Desde allí, en medio del polvo, del calor abrasador y de los planes que se convertían en trazos sobre planos y mapas, empezó a madurar en su mente la idea que lo inmortalizaría; la fundación de una ciudad moderna, ordenada, funcional y pensada para el porvenir. Al evocar aquel tiempo, el ingeniero se detenía con frecuencia, como si un recuerdo especialmente vivo lo obligara a mirar hacia dentro de sí mismo. Entonces suspiraba, y en ese suspiro parecía resumirse el peso dulce de la memoria; él mismo confesaba que el destino le había preparado la oportunidad de ser un creador en pleno siglo XX y de entrar en los anales de la historia. Esa vocación de fundador no surgió por azar, mucho antes de llegar a estas tierras, durante una comisión en Washington, había observado un mapa de una ciudad planeada con años de anticipación, dotada de todas las características de una urbe moderna. Aquel mapa quedó grabado en su imaginación como una semilla fértil, comprendió entonces que una ciudad no nace solamente del crecimiento espontáneo, sino también, de la voluntad lúcida de ordenar el espacio para el bienestar de los habitantes, y así, cuando se presentó la necesidad de no aprovechar alguna población ya existente para continuar los trabajos del nuevo distrito de riego 005, y ante las restricciones de propiedad y la importancia agrícola que comenzaba a adquirir la región, surgió con fuerza su propuesta más audaz: fundar una nueva ciudad, fundar Delicias…Esta crónica continuará.

“Cuando el desierto cedió: la fundación de Delicias y la huella de Carlos G. Blake A”. forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII, adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) y si está interesado en los libros, mande un WhatsApp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.

 

Fuentes: Maestro Carlos Gallegos Pérez; La Voz de Chihuahua, 17 de abril de 1932; Hemeroteca del El Sol de Torreón-1956; El Heraldo de Chihuahua-1960 y Argelia Silva Leos, Sociedad de Estudios Históricos.

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